Manifestación celebrada el pasado 28 de diciembre en Kabul por un grupo de mujeres. / AFP

El Emirato invisibiliza a las mujeres afganas

El régimen talibán reabre la Universidad pública para impartir una enseñanza «segregada» y en Kabul se empieza a llamar al uso del burka

MIKEL AYESTARAN Corresponsal en Jerusalén

«Si organizáis una protesta será muy peligroso porque puede que un suicida se inmole en medio del grupo y os mate». Así rezaba el mensaje amenazante que recibió en su teléfono una de las organizadoras de la protesta que el 28 de diciembre recorrió las calles de Kabul. Al grito de «¡Justicia, justicia!», un grupo de treinta activistas recorrió el centro de la capital bajo la atenta mirada de unas fuerzas de seguridad. Los derechos y libertades que la mujer afgana ha ganado en las últimas dos décadas se esfuman con cada día que pasan bajo el Emirato reestablecido por los islamistas hace cinco meses.

El régimen anunció ayer la próxima apertura dela Universidad pública, cerrada desde la invasión, que impartirá una enseñanza segregada por sexos. «El Emirato Islámico está intentando poner en marcha un mecanismo que esté en línea con los principios islámicos y los intereses nacionales», explicó el ministro de Educación Superior, Abdulbaqi Haqqani. Pese a la crisis económica y humanitaria, la mujer es la obsesión para los nuevos dirigentes.

La organizadora de la marcha, que prefiere mantener el anonimato, compartió el mensaje con Matiullah Shirzad, director de la agencia afgana Ammaj News, a quien le dijo que «si nos pasa algo, esta es la persona responsable de nuestra muerte». Un equipo de la agencia acudió a cubrir la protesta consciente del peligro ya que son consideradas movilizaciones «ilegales» y «es muy peligroso porque pueden detenerte o matarte», asegura Shirzad.

«Es un milagro que sigan saliendo a la calle, toda una muestra de coraje, pero aquí nada sucede por casualidad y estas movilizaciones también las usan los propios talibanes para intentar mostrar al mundo que no son como en los noventa y por eso las permiten. Pero en cuanto dejemos de mirar hacia allí, seguro que las encierran», opina Ana Ballesteros, investigadora senior asociada al Cidob (Barcelona Center for International Affairs) con amplia experiencia en la región.

Desde que se hicieron con el control de Kabul, los seguidores del amir Hibatullah Akhundzada, máximo líder talibán, han insistido en que el movimiento no es el mismo que ostentó el poder en Afganistán hasta 2001, «pero no hay que dejarse engañar. Son los mismos, ideológicamente no hay cambios y vamos directos al modelo del Emirato de los noventa. Hay que entender también que este Afganistán no es el mismo de entonces y les será más complicado imponer su ideologí», apunta Ballesteros.

Ni deporte ni estudios

Primero llegó la prohibición de hacer deporte, una advertencia en mitad del terremoto político y social que causó la retirada caótica de las fuerzas de Estados Unidos. En su nuevo gobierno interino tampoco incluyeron mujeres. Después los talibanes recuperaron el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. Pasado el verano, las niñas vieron cómo se cerraron las puertas de los centros de educación secundaria.

También se han cerrado las puertas de los ministerios y oficinas públicas para la gran mayoría de funcionarias porque no se considera decoroso que un hombre y una mujer trabajen bajo el mismo techo. Y desde noviembre se prohíbe la aparición de mujeres en películas y series y se ha silenciado su voz en las ondas.

Frozan Azizi jugaba en la selección nacional de fútbol sub-19 y en septiembre mantuvo una entrevista con este medio en Kabul. Fue un encuentro secreto en una pista cubierta a la que acudía a entrenar por su cuenta para burlar la prohibición de hacer deporte. Ahora ha encontrado refugio temporal en Albania desde donde responde de forma triste al teléfono y asegura que «es terrible vivir en un país donde te aplastan las ilusiones y planes por el hecho de ser mujer. Solo puedes aspirar a estar en casa, cocinar, limpiar y tener hijos». Frozan nació y creció en el Afganistán ficticio implantado por EE UU y el resto de países de la OTAN, una nación en la que se invirtieron millones de dólares en programas de género e igualdad y en el que hoy las mujeres se sienten abandonadas.

Si bien todas las primeras decisiones en materia de género fueron dirigidas a la mujer que vive en el medio urbano, después han llegado a las zonas rurales. Desde el 26 de diciembre las mujeres no pueden alejarse más de 72 kilómetros de sus casas sin la compañía de un hombre de la familia. El absurdo ha llegado también a cortar las cabezas de los maniquíes femeninos en las tiendas.

¿Qué será lo próximo? Ana Ballesteros apunta a un endurecimiento del código de vestimenta, la imposición «de manera obligatoria del uso del burka y ya no se autorice salir a la calle con hijab, como hasta ahora». En las últimas 24 horas el centro de Kabul se ha llenado de panfletos para recordar a las mujeres la importancia de cubrirse en público. La imagen es un burka. Un aviso que pronto será orden.