El castillo de los Cruzados, Sidón, Libano. / J.L.M.

Anochece en Líbano: Mahmoud y la tristeza

Estamos en el sur del país, cerca de Tiro, otro histórico puerto fenicio que resistió heroicamente durante meses el asedio del ejército de Alejandro Magno

JOSÉ LUIS MÁRQUEZ

En Líbano se está haciendo de noche desde que llegamos. Hace ya más de un año. La gente culpa a los políticos de este fenómeno. Culpa a su Historia, la de Líbano, la de Oriente Medio. Culpa a toda la Historia, al destino. Los jóvenes, la energía, se están yendo o se quieren ir. A los que se quedan los brazos se les han caído hace tiempo y miran hacia abajo, a un suelo lleno de cristales que casi no les sostiene.

Los que todavía pueden vivir como ricos viajan en enormes coches negros de segunda mano y sueñan su riqueza escondidos detrás de cristales tintados, sin saber cuánto durará su sueño. Los demás, los pobres que ya lo eran, los muchos refugiados sirios o palestinos que malviven en calles o campamentos, y aquellos que se han convertido en pobres de la noche a la mañana, ya no saben soñar, y conviven con la pesadilla de una realidad que no terminan de comprender.

A las muchas personas con las que hablamos estos días, que nos manifiestan ese desánimo, les decimos que levanten la mirada, que se miren al espejo, e intenten convencerse de que ellos son la solución, que no se vayan, que protagonicen la Historia. Esa Historia que, una vez más, les ha estallado violentamente, ahora desde el puerto de Beirut. Caminar por Beirut, después de la tremenda explosión del 4 de agosto de 2020, es observar edificios heridos, pisar cristales que nadie ha recogido todavía después de tantos meses, oír un extraño silencio, sentir un inquietante vacío, el que ha dejado una gente hasta hace muy poco incansable y vibrante, y que ahora se esconde de la Historia, de un destino que nunca quiere favorecerles.

Estamos en Saida (Sidón en español) con Mahmoud, un empresario libanés residente en España, de unos cincuenta años. Tiene muy buen aspecto, la barba perfectamente descuidada y piel de marino. Es suní, como la mayoría de los habitantes de esta ciudad. Mahmoud come sin ganas. Nos encontramos en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Nos lo podemos permitir por la tremenda devaluación de la moneda local, que hace que todo resulte más que asequible para los que hemos podido traer dólares o euros a Líbano. Estamos sentados junto al mar, enfrente del castillo de los cruzados, del siglo XIII. Sidón es una de las antiguas ciudades fenicias por las que pasaron Alejandro Magno, los griegos, los romanos, los cruzados, los turcos, y antes los sumerios, asirios, cananeos y filisteos, entre otros. Mahmoud parece triste. Nos cuenta que está perdido, que ha vuelto a Líbano desde España para poner en orden sus negocios e intentar sacar sus ahorros del banco. Pero los bancos no tienen fondos y sólo están entregando mínimas cantidades mensuales a sus clientes. Se trata de un corralito en toda regla. Los que tenían dólares lo han perdido casi todo.

Nos cuenta que en octubre de 2019 la gente se echó a la calle, sobre todo en Beirut, para protestar por el enorme deterioro de la economía. Parecía que la ola de la primavera árabe llegaba a Líbano. La llamaron «la revolución de octubre», pero en pocos meses se quedó en un episodio de revueltas que no consiguió sus objetivos, ni convencer a la corrupta clase política de la necesidad de reformas reales o de dejar paso a una nueva generación de líderes, ni unir cívicamente a una población diluida en fidelidades religiosas sectarias. La llegada de la pandemia mundial en 2020 terminó de neutralizar el movimiento, que se fue apagando, a la vez que se apagaba el ánimo de los libaneses.

De repente, cuando nos están sirviendo los mezze, se oye un estruendo en el cielo. Mahmoud nos asegura que se trata de aviones militares israelíes que pasan a cierta altura, y que con frecuencia se ven a simple vista. Esta vez sólo los oímos. Cuando el ruido se apaga, Mahmoud nos dice que los israelíes violan el espacio aéreo libanés con frecuencia, sobre todo para hacer fotos y mediciones desde aviones de reconocimiento, pero también para recordarles a los libaneses que están ahí al lado, que se anden con cuidado, que no hagan tonterías, que controlen a Hezbollah y a los palestinos. Lo hacen también para demostrar que pueden entrar y salir cuando quieran, como lo demuestran sus invasiones y bombardeos de la historia reciente. El ejército libanés no tiene ni un solo avión.

Estamos en el sur del país, cerca de Tiro, otro histórico puerto fenicio que resistió heroicamente durante meses el asedio del ejército de Alejandro Magno. Un poco más al sur queda Israel, la Palestina ocupada, según muchos ciudadanos de esta región. Estamos muy cerca de Galilea, la región de los antiguos filisteos (palestinos) que une el norte de Israel y el extremo sur de Líbano. En Galilea transcurrió la vida de Jesús de Nazaret. Es curioso darse cuenta de que todos sus viajes, sermones y milagros tuvieron lugar en esta pequeña área en la que las mayores distancias son de unas pocas decenas de kilómetros.

Después de caminar por la medina de Saida, una de las más antiguas e interesantes del país, de calles estrechas, llenas de pequeños comercios y talleres, y plagadas de motos eléctricas, nos despedimos de Mahmoud. Desde el coche, según nos alejamos, le vemos más triste, más frágil y más necesitado de apoyo. Mientras anochece, volvemos a Beirut, la divertidamente caótica capital de un Líbano ahora apagado y frágil. Un Líbano que nos necesita, pero, sobre todo, que se necesita a sí mismo.