Unos hombres intentan abrirse paso con un martillo en una casa destruida en Los Cayos (Haití). / Reuters/ Vídeo: Atlas

La nueva pesadilla haitiana

Los equipos de rescate y la población se centran en buscar supervivientes entre los «miles» de desaparecidos por un terremoto que deja ya más de 1.297 muertos

MIGUEL PÉREZ

Haití carece todavía de tiempo para llorar. Con 1.297 fallecimientos confirmados este domingo, el país se vuelca ahora en la búsqueda de supervivientes y la asistencia a los heridos causados por el terremoto de 7,2 grados que el sábado reventó el sur de la nación, como si para el destino hubiera sido insuficiente el seísmo que hace una década golpeó de manera parecida Puerto Príncipe y acabó con la vida de 316.000 personas con esa trágica facilidad que aterra en los desastres naturales.

Cuba llegó el mismo sábado a Haití. Desembarcó un grupo de 253 médicos especializados en diversos campos, pero sobre todo en traumatología y cuidados intensivos. Hay miles de heridos. 2.800 se notificaron en la mañana de ayer, pero el número parece quedarse corto. Se prevé que a medida que avance el rastreo saldrán más de debajo de los escombros y del interior de edificios en ruinas.

Los cubanos han montado un hospital de campaña. La red sanitaria nacional no da abasto. En las salas de espera se mezclan los familiares de las víctimas con quienes aguardan a donar sangre. Las filas llegan hasta la calle. No abundan las mascarillas. El miedo al Covid-19 en este marginal rincón del mundo, que empezó la campaña de vacunación en julio gracias al programa de donaciones para Estados sin recursos, ha sido hoy sustituido por el sobrecogimiento del drama.

Una treintena de bomberos se alistó en Ecuador para viajar a Puerto Príncipe. Chile ha desplazado una patrulla de salvamento. Y el resto de gobiernos latinoamericanos, además del español, EE UU y la UE, ha comprometido su ayuda para una situación que las autoridades decretaron ayer en estado de emergencia. El presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, ordenó a su canciller que se pusiera en contacto con el gabinete vecino «para facilitar cualquier ayuda». La sacudida sísmica se notó intensamente en esta parte de La Española, pero no ocasionó daños. El papa Francisco llamó en su misa dominical a mostrar «solidaridad» con los afectados.

«El Gobierno ha decidido esta mañana (por ayer) declarar el estado de emergencia durante un mes tras esta catástrofe», anunció Ariel Henry, el primer ministro y única cabeza visible del Ejecutivo haitiano desde el 20 de julio, tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse por un grupo de mercenarios. El temblor apartó ayer de las portadas de los diarios la investigación del magnicidio, una enrevesada trama cuya motivación aún se desconoce.

Como predijo a los pocos minutos del terremoto, Henry reiteró ayer que la población asiste a una «gran tragedia». «Ahora hay mucha gente bajo los escombros. Especialmente en hoteles y lugares de culto», añadió, antes de instar a todo aquél que esté en condiciones a participar en el rescate de los atrapados. El tiempo es importante. Hace adultos a la muerte y el horror. Si poco después del amanecer, Protección Civil informó de 304 muertes, a primera hora de la tarde superaban las 700.

El movimiento telúrico se produjo sobre las ocho y media de la mañana y sorprendió a numerosas personas aún durmiendo, en misa o en sus hogares preparándose para trabajar o disfrutar de un día de ocio. La tierra se abrió y el cielo se desplomó sobre todos ellos. En Los Cayos, una de las ciudades más castigadas, al menos dos hoteles colapsaron y una iglesia se hundió sobre los feligreses que asistían al culto en Le Anglais. La zona más afectada es el sur, donde fue localizado el epicentro, a diez kilómetros de profundidad en el mar. En ese área se han recogido 600 cadáveres. Y 8.000 viviendas sufren destrozos o se han derrumbado, igual que escuelas, oficinas y negocios. Solo en dos de los diez departamentos, Grand Anse y Nippes, se han contabilizado más de 140 muertes. La capital del primero, Jerémie, con algo más de 134.000 habitantes, está destrozada. Lo mismo sucede conSaint-Louis du Sud, a doce kilómetros del origen del seísmo.

Daños cuantiosos

La nueva pesadilla haitiana promete llenar de desgracia muchas jornadas. El balance definitivo de víctimas del gran terremoto de 2010 –de 7,1 grados, ligeramente inferior a este último– solo pudo conocerse un año después del desastre. Hubo 316.000 muertos y 350.000 heridos, además de 1,5 millones de afectados por la pérdida de sus casas y enseres. Por eso, los haitianos llevan 48 horas desplegando un esfuerzo titánico para encontrar supervivientes. La consigna es impedir que los desaparecidos, que parecen contarse por «miles» según los servicios de emergencia, o los heridos mueran bajo los escombros. Reducir el peso de las listas de la muerte. «Mostremos mucha solidaridad. Actuemos con rapidez», alentó el primer ministro a sus compatriotas.

Las labores de emergencia para trasladar agua potable, comida, medicamentos y otros suministros se desarrollaban ayer entre grandes dificultades. No en vano, se trata del Estado más pobre del hemisferio y adolece de una gran falta de infraestructuras. El ejemplo está en la vacunación contra el coronavirus. Mientras otros gobiernos han dispuesto de varios antivirales a su alcance, el Ejecutivo haitiano rechazó en abril un lote de AstraZeneca ofrecido por la OMS, convencido de que la población renunciaría en masa a dejarse inyectar debido a la polémica sobre sus efectos secundarios, y desde entonces permaneció desasistido. Solo a mediados del mes pasado pudo iniciar la inmunizacion tras una donación de 500.000 dosis por parte de Estados Unidos. Tampoco la larga historia de conflictos políticos y de corrupción han contribuido al desarrollo del país.

La nueva pesadilla haitiana la agitan también las sábanas blancas sobre el suelo de las comunidades devastadas. Los cadáveres aguardan allí ocultos su traslado. En Los Cayos, el triaje de los heridos se realiza ocasionalmente en la calle porque los hospitales han sufrido graves destrozos. Las autoridades todavía no han podido evaluar los primeros daños, pero adelantan que serán «cuantiosos. Habrá que reconstruir muchos lugares, levantar casas, rehacer carreteras y tendidos, y atender a todos los que han perdido sus medios de vida», indican fuentes departamentales a los medios de comunicación.

Entre los fallecidos figura el exalcalde de Los Cayos y antiguo senador Gabriel Fortuné, muerto bajo las ruinas de su hotel. Al parecer, varios empleados y clientes quedaron atrapados con él y un grupo de rescate intentaba ayer llegar hasta ellos, aunque desconocía su suerte.

El epicentro tuvo lugar muy cerca de la costa, y pudo sentirse en nueve países: desde la vecina República Dominicana hasta Jamaica, Puerto Rico y Cuba, donde se han detectado hasta 400 réplicas menores. De una intensidad superior al de 2010, este movimiento resultó menos destructivo al no haberse generado en tierra firme. Tras el primer temblor se han producido nueve réplicas en la propia Haití y ayer la población continuaba bajo el síndrome del terror por un seísmo de 5,9 grados de intensidad. Por si fuera insuficiente, el servicio meteorológicó informó del riesgo de una gran tormenta tropical llamada 'Grace' abatiéndose sobre el Caribe.

«Gracias a Dios y a mi teléfono estoy vivo»

«Es gracias a Dios y también gracias a mi teléfono que estoy vivo, porque pude avisar a la gente de fuera dónde me encontraba». Marcel Francois, un joven de 30 años que residía en una vivienda de dos plantas en Los Cayos, relata así su encuentro con uno de los tres terremotos más graves vividos por Haití desde 1770. Él se encontraba en la casa con su hija de diez meses cuando el suelo tembló en medio de un ruido ensordecedor y las paredes se abatieron sobre ellos sin ninguna dificultad. «Estoy bajo el cemento, ven a salvarme», alertó presa de la angustia por el móvil a su hermano menor, Job, que se había marchado minutos antes de camino al trabajo. Job y los vecinos pasaron más de tres horas desenterrando escombros con sus brazos hasta que pudieron llegar a Marcel.

Rápidamente, el joven que sufría una herida en la cabeza y se encontraba en estado de shock, fue conducido al hospital más próximo. Gritaba para poder regresar a buscar a su pequeña. «Pensé que mi hija estaba muerta. Cuando llegué al hospital estaba llorando, estaba resignado», relata Marcel a la agencia AFP. Milagrosamente, sus familiares y vecinos lograron salvar con vida a su hija una hora más tarde. Sin embargo, no pudieron hacer nada por una inquilina de 27 años que había alquilado una habitación en la planta baja, donde falleció sepultada por varias capas de hormigón.

La historia de Marcel y su hija es de las que animan desde el sábado a los equipos de emergencia y a miles de haitianos a perseverar en la búsqueda de posibles supervivientes en una lucha feroz contra el tiempo. Mientras las retroexcavadoras retirán los grandes bloques de escombro en las localidades devastadas, cientos se personas se aplican a poner el oído o golpear las estructuras a la espera de recibir algún signo vital. Así se ha logrado rescatar a cientos de atrapados en las últimas 48 horas, muchos de ellos heridos que permanecen hospitalizados.

Ahí les esperan médicos y personal sanitario, movilizados por el Gobierno y por organizaciones no gubernamentales. «Nos preocupa la capacidad limitada de atención de las autoridades, quienes tienen las manos llenas con la atención de la pandemia, y ahora los centros hospitalarios se ven inundados de pacientes y heridos», subraya un representante de la ONG World Vision. Médicos Sin Fronteras se ha desplegado también para reforzar la primera línea asistencial en los centros de salud locales, donde se estabiliza a los heridos más graves antes de su traslado a los hospitales, y participar en la recogida de sangre.

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