MARIA PICASSÓ I PIQUER

Perfil

López Obrador, el eterno populista sin mascarilla

El presidente de México, que se ha ganado a Trump con lisonjas y al Chapo Guzmán protegiendo a su hijo, recomienda amuletos contra la Covid-19, disfruta de la comida picante y escribe influido por Tolstói

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

Con su hablar pausado, que puede entonar a una velocidad de dos palabras por minuto en algunas fases de sus discursos, Andrés Manuel López Obrador daba su receta contra una pandemia que ya arrastraba a la muerte a miles de personas en China, Italia y España. Amuletos de bolsillo como «escudo protector». Contra todo mal, el presidente de México recomendó los 'detente', objetos más supersticiosos que mágicos, mientras mostraba los suyos en público. Dueño del escenario, con sus colaboradores celebrando su ocurrencia con audibles risotadas, alzaba una estampa del Sagrado Corazón.

De su manga también extraía un trébol de cuatro hojas y un billete falso. «Son mis guardaespaldas», afirmaba. «Católicos, evangélicos y librepensadores me entregan de todo, y yo lo guardo porque no está de más». Luego recitó: «Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo».

En pocas semanas, su país se convertiría en el cuarto con más muertos por la Covid-19, sólo por detrás de aquellas naciones cuyos gobernantes también apelaban a la demagogia. Como Trump o Bolsonaro, López Obrador no usaba mascarillas ni mantenía distancias de seguridad, y exhortaba a la población, la mitad bajo el umbral de la pobreza y dependiente de un precario sistema de salud, a «salir a comer». «No hay que panicar», dijo.

Y así como convirtió un adjetivo (pánico) en verbo también transformó la evidencia científica en mito. En la base de su discurso está lo místico. El mismo López Obrador se ha comparado a Jesucristo. «Esa identificación con quien había sufrido la persecución de los ricos y poderosos le seguía pareciendo válida», dice el historiador Enrique Krauze, autor del ensayo 'El mesías tropical'. Aunque fue escrito en 2006, «mantiene plena vigencia», asegura el ensayista, que teme una «regresión al poder absoluto, encarnado en una persona de naturaleza imperiosa e intolerante». Esta semana Krauze y otros intelectuales reafirmaron esta crítica en una carta pública. López Obrador les respondió que daban «pena (vergüenza) ajena».

De profesión candidato durante más de doce años, con un presupuesto tan sólido como su aspiración, ha recorrido poblados y ciudades con las palabras «fraude» y «corrupción» en los labios y se convirtió en perfecto antagonista de sus predecesores, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Si López Obrador pudiera ser resumido en una palabra, ésa sería «terquedad», asegura un reputado escritor de Ciudad de México. «Persistencia y tenacidad, se podría decir, pero desde luego la cualidad tiene dos caras: éste es el hombre que insistió sexenio tras sexenio hasta ganar la elección presidencial, en contra de un sistema político puesto una y otra vez contra él, y también es el presidente que no hace caso de consejos que no cuadran con su visión de las cosas. De esto último viene su respuesta errática ante el coronavirus».

Nacido en Tabasco en 1953, López Obrador, que registró como marca su acrónimo AMLO, se declara de izquierdas, pero ejerce la austeridad «peligrosa en una recesión aunque declare buenas intenciones», dice esta fuente. Sus contradicciones comenzaron a aflorar nada más llegar a la 'silla del águila'.

Primero detuvo con toda la fuerza necesaria la migración de las caravanas de empobrecidos centroamericanos, dispuestos a dejarse la vida en el camino a Estados Unidos -y no pocos la dejaron-. Luego mostró su cercanía al Chapo Guzmán, sanguinario narcotraficante que cumple condena en Estados Unidos, al saludar en público a su madre, «una anciana respetable», dijo el presidente, y reconoció que, uno, había intercedido por ella ante las autoridades de Nueva York; y, dos, que había dado la orden de liberar a Ovidio Guzmán, hijo del Chapo, capturado por ser ahora el jefe del cartel de Sinaloa para evitar su extradición. A cambio envió a Estados Unidos a unos 30 narcos de segunda fila.

Sumisión ante Trump

Las contradicciones continúan. Admirador de un prócer independentista que gobernó México durante tres décadas por las buenas y por las malas, López Obrador mostró sin embargo encantadora sumisión ante Trump: «En vez de agravios hemos recibido de usted comprensión y respeto. Usted no nos ha tratado como una colonia». Después se sentó a cenar con el poder económico de su país, encabezado por Carlos Slim. Era la primera vez que López Obrador salía de su territorio desde su elección.

«Yo no tengo enemigos, ni quiero tenerlos; tengo adversarios», dijo en una ocasión este aficionado a la comida picante, que cocina para su mujer, Rocío Beltrán, y sus dos hijos. Su biografía oficial registra 17 libros publicados desde 1986. Tolstói, dice él, es su mayor influencia. En algunas librerías 'online' pueden comprarse algunas de sus obras en formato electrónico, como 'Oye Trump', en el que retaba al mandatario norteamericano hace apenas tres años, y 'La salida', que proclama que con «la honestidad no hará falta aumentar impuestos ni seguir incrementando la deuda pública, y mejorarán las condiciones de vida».

Este hombre de pelo cano que suele despachar en mangas de camisa era un funcionario orgánico de la dictadura del partido único, el PRI. Desde los setenta, en 15 años ocupó cargos de nivel intermedio en organismos públicos variopintos, como una secretaría de promoción estatal, el Instituto Nacional Indigenista o la oficina del consumidor. Cuando se desvinculó del partido hegemónico mexicano, ganó la gobernación del Distrito Federal. Fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), en su camino al poder sufrió un infarto en 2013. Contra las denuncias, este populista eterno en la historia latinoamericana, defensor de Nicolás Maduro y Evo Morales, tiene otra fórmula: «ya, reconcíliense, abrácense».