Cientos de haitianos se agolpan ante la embajada de EE UU en Puerto Príncipe para pedir un visado. / afp

Haití deposita su futuro en el mundo

El Gobierno reclama a EE UU y a la ONU el envío de tropas para garantizar la estabilidad, pero la respuesta ha sido negativa

MERCEDES GALLEGO Nueva York

En la sangrienta historia de Haití quedaban aún algunas líneas rojas que nadie se atrevía a cruzar. La última vez que un presidente fue asesinado ocurrió en 1915 y desató dos décadas de invasión estadounidense. No había apetito para abrir las puertas a otra ocupación extranjera, tres años después de librarse de los cascos azules de la ONU que patrullaron el país durante más de una década. El viernes la historia volvió a repetirse cuando el Departamento de Estado confirmó que el precario Gobierno en pie tras el asesinato del presidente Jovenel Moise le ha pedido el envío de tropas para garantizar la estabilidad. También lo hizo a la ONU. La respuesta ha sido negativa en ambos casos.

Haití cruza así una de las últimas líneas tabúes que le quedaban. El Estado más pobre del hemisferio occidental, marcado por una violencia salvaje que solo el mes pasado hizo huir de sus casas a 13.000 personas según la ONU, se asoma periódicamente al abismo. Y cuando parece que no puede caer más cerca del infierno, siempre ocurre algo tan impactante y estremecedor que obliga al mundo a fijarse de nuevo en un país en el que ha perdido la fe.

A Moise no lo sacaron a palos de la embajada francesa y colgaron su cuerpo descuartizado sobre la verja, como hicieron con Vilbrun Guillane Sam en 1915, pero encontraron su cadáver torturado y con más de una docena de balas. Los atacantes, presuntamente un comando de mercenarios colombianos con dos haitianoamericanos que decían hacer de traductores, rociaron de balas la mansión para abrirse paso hasta sus aposentos, pero extrañamente nadie, absolutamente nadie, aparte de su esposa, resultó herido.

«Si tú eras responsable de la seguridad del presidente, ¿dónde estabas y qué hiciste para evitar su suerte?», cuestionó el fiscal Bedford Claude, que dijo al diario 'Le Nouvelliste' haber pedido una lista de todos los guardaespaldas presentes en la mansión presidencial la noche del asesinato.

Moise tenía muchos enemigos. Desde que el año pasado disolvió el Parlamento gobernaba por decreto. En febrero, cuando sus críticos insistieron en que le tocaba dejar el poder aunque no se cumplían cinco años de su juramento en el cargo hasta el mismo mes que el año que viene, coordinó la detención de veintiún altos cargos, a los que acusó de estar involucrados en un intento de golpe de Estado que incluía su asesinato.

Entre eso y el espectacular repunte de la violencia callejera, había reforzado su seguridad con un ejército privado que incluía mercenarios como los que supuestamente entraron en su mansión la madrugada del miércoles para forzarle a firmar una carta de dimisión, según una de las muchas teorías que circulan para explicar este crimen propio de Agatha Christie.

Demasiados enemigos

A falta de un Ejército con el que perpetrar la clásica asonada latinoamericana contra un presidente bananero -literalmente, porque antes de entrar súbitamente en política se dedicaba a las plantaciones de banana-, la burguesía a la que se había enfrentado con reformas para modernizar el país habría contratado a los veintiséis sicarios colombianos para que le llevaran al Palacio Nacional dónde firmar su dimisión.

Lo que es seguro es que no fue una ejecución sumaria. El eco de las metralletas retumbó en todo el barrio de Pétion-Ville durante más de una hora. En el silencio de la noche, los vecinos pudieron oír a un kilómetro de distancia ráfagas de disparos en intervalos de quince minutos. El juez de paz dijo haber encontrado el cadáver con claros signos de tortura que incluían un ojo sacado y orificios de bala en ambos pezones. Su dormitorio estaba desvalijado y todos los papeles revueltos.

Una patrulla policial en una calle de Puerto Príncipe. / reuters

Con todo, los sicarios escaparon sin mayor dificultad en sus coches a estrenar, sin matrícula. La Policía Nacional, que hace las veces de Ejército en Haití, dice que los persiguió desde la misma escena del crimen y mantuvo con ellos un duro enfrentamiento durante horas. Al parecer, los sicarios tomaron como rehenes a dos de sus agentes, luego liberados. No hay testigos de semejante persecución que dejó a cuatro mercenarios muertos y ningún uniformado herido.

No parece que llegarán muy lejos. Algunos de los perseguidos se refugiaron en la embajada de Taiwán, a poca distancia de la residencia del presidente, donde fueron detenidos. Al menos dos de los colombianos detenidos fueron entregados por una turba que los quería quemar después de haberlos encontrado «hablando español» entre los matojos. Y aunque el Gobierno colombiano ha confirmado que son exmiembros de sus Fuerzas Armadas, no todo el mundo cree que sean los autores del crimen.

«Fue asesinado por sus agentes de seguridad», acusó en una radio local el exsenador haitiano Steven Benoit, sin aportar pruebas. Según su versión, los colombianos se encontraban en el país contratados para otra misión y se convirtieron en cabezas de turco para justificar este brutal asesinato que lanza de nuevo al país al abismo del caos.

Michael Deibert, autor del libro 'Haití no perecerá: Una historia reciente', está tan desconcertado como todos por el asesinato de un presidente al que entrevistó dos veces. Pero de las piezas que menos le cuadran es que un comando tan sofisticado como describe la Policía no tuviera organizada la huida. Estados Unidos todavía no ha confirmado el envío de tropas, pero mandara a sus propios agentes del FBI y del Departamento de Seguridad Nacional para ayudar en la investigación.

Violencia y bandas

Haití es un país mucho más complejo de lo que pinta la narrativa internacional, que solo le pone atención cuando desciende un peldaño más hacia el infierno. Esa es una de las grandes frustraciones de Deibert, que vivió tres años en Puerto Príncipe, no en las acomodadas colinas de Petionville donde se encuentran los restaurantes para extranjeros, sino en Pacot, un barrio del que huyó la clase media por cuestiones de seguridad, donde invitaba a comer a los que hoy son líderes de las bandas callejeras qué aterrorizan al país. «Cualquiera de ellos hubiera dejado las bandas por un trabajo digno», opina. «Nadie crece queriendo ser líder de una banda callejera».

De hecho, los recuerda como gente dulce que sabía comportarse y ni siquiera bebía en exceso. «Gente que daría la vida por ti», describe emocionado. Hay una razón poderosa para que todos los periodistas que visitan el país sin furgonetas blindadas y con el corazón abierto se enamoren de Haití. Más allá de la escalofriante violencia que apenas la semana pasada incluyó la masacre de diecisiete jóvenes, su gente es la más dulce y leal que se pueda encontrar, con un espíritu de resistencia curtido por las atrocidades sufridas desde que los franceses les arrancaba la piel a tiras en las plantaciones, sin el cual no hubieran podido resistir las infinitas pruebas a las que les somete diariamente la vida.

No hay resentimiento en ellos, sino un arraigado espíritu de supervivencia marcado por un desafiante amor por la vida que es su forma de derrotar todas las vicisitudes. Solo quienes han estado en Haití pueden entender esto. Ningún periódico español tiene corresponsal allí. Para hacerse hueco en la actualidad mundial Haití tiene que poner rostro al apocalipsis y aún así el interés solo dura unos días. Cuando algo de esas dimensiones ocurre, como esta semana, se cierra el aeropuerto y la frontera con República Dominicana, la otra mitad de la isla. Periodistas como esta, que hace ocho años que no visita el país, tiene que escribir desde la distancia y recurrir a los estereotipos del horror para mantener la historia en el candelero.

Mañana el mundo se olvidará de Haití y volverá a ser un puñado de estadísticas tan deprimentes que el mundo optará por mirar hacia otro lado. Como suele ocurrir con los países como este, donde el 80% de la población vive con menos de dos dólares diarios, pero la élite gobernante lo hace a caballo entre sus mansiones de Miami o Montreal. Por algo es el decimosegundo país más corrupto del mundo, empatado con Corea del Norte.

Tráfico de armas

Moise también estaba salpicado por escándalos como el de PetroCaribe y acusaciones de tráfico de armas, lo que, según otras teorías, podría haberle enfrentado con los colombianos después de hacer tratos para la compra de arsenales a Turquía durante su viaje a Estambul del mes pasado.

Los posibles interesados en su desaparición son tantos que nadie se atreve a apostar por uno a ciencia cierta, pero sin duda agudiza las luchas intestinas por el poder que libra la oligarquía. Mientras, la covid-19 sigue haciendo estragos en un país de once millones de habitantes hacinados donde el Gobierno no ha puesto ni una sola vacuna y el porcentaje de niños desnutridos creció el año pasado un 61%, según Unicef.

«Nada cambiará. No importa cuántas elecciones o cuantas misiones extranjeras haya», lamenta Deibert, que ve en la impunidad la raíz del problema. «En lugar de enviar a los cascos azules cada diez años, lo que Haití necesita es la creación de un comité similar a la Comisión Internacional contra la Impunidad de Guatemala. Un tribunal respaldado por la ONU que investigue a los individuos involucrados en ilegalidades y haga recomendaciones para erradicar a esos grupos y fortalecer al Gobierno»

Si hay algo por lo que Haití deba ser salvado de esa élite política «involucrada en actividades ilegales durante demasiado tiempo», es el espíritu mayoritario de la población que resume con este poema del periodista haitiano torturado y asesinado Jacques Roche: «Puedes destruir mi hogar, robarme el dinero, la ropa y los zapatos, dejarme desnudo en medio del invierno, pero no podrás destruir mi sueño».

La bandera de Haití, este sábado a media asta en el Palacio Presidencial de Puerto Príncipe. / efe

La viuda de Moise acusa a los rivales políticos del presidente

Si alguien puede arrojar luz en el rompecabezas del magnicidio esa es la primera dama, Martine Moise, que se recupera de sus heridas en un hospital de Miami. Este sábado se pudieron escuchar sus primeras palabras, con las que acusó del asesinato de su marido a «mercenarios» vinculados a los rivales políticos.

«Estoy viva, pero perdí a mi marido», apuntó a través de un audio publicado en redes sociales antes de relatar cómo los sicarios irrumpieron en su vivienda. «Jovenel fue asesinado sin poder decir una sola palabra», denunció, al tiempo que señalo que el asesinato «provino del campo contrario». «Los mercenarios tenían la tarea de asesinar al presidente y su familia por sus proyectos emblemáticos en carreteras, agua potable, referéndum y elecciones», reprochó.

«Los mercenarios asesinaron al presidente, otros mercenarios quieren matar su sueño y su visión de país», afirmó Martine Moise, que recibió hasta tres impactos de bala durante el ataque. Fue atendida en un hospital haitiano para los primeros auxilios y posteriormente fue trasladada a Estados Unidos.