Hernández participó este viernes en un acto religioso acompañado de su madre y su esposa. / Efe

La Colombia que deja Iván Duque

Petro o Hernández heredarán un país sumido en una grave crisis humanitaria y un 'genocidio' de líderes sociales y ambientales

DAGOBERTO ESCORCIA

¿Qué Colombia encontrará el nuevo presidente que saldrá elegido este domingo? ¿Qué legado deja Iván Duque, presidente saliente, al próximo mandatario? Un reciente informe realizado por 500 organizaciones no gubernamentales, defensoras de los Derechos humanos, califica la situación de hambre y guerra. A un día de la celebración de las elecciones, los ciudadanos se han quedado con las ganas de ver a los dos candidatos a dirigir el país los próximos cuatro años debatir sobre este y otros temas de máximo interés. Gustavo Petro, el hombre que a sus 62 años y después de perder las pasadas elecciones, aspira a convertirse en el primer presidente de izquierda en Colombia, lleva años hablando de una Colombia dividida en dos. Sueña con ejecutar un cambio por la vida. Rodolfo Hernández (77 años), sorprendente candidato, que representa un populismo descomedido, en el que la verdad, la mentira y las correcciones del discurso parecen abrazarse constantemente. Su lema de campaña ha sido acabar con la corrupción política. Hernández no quiso debatir con Petro.

El pasado 23 de mayo, Iván Duque concedía una entrevista a la BBC en la que la frase más impactante era: «Si yo pudiera presentarme, estaría en la pelea y sería reelecto». El optimismo del presidente choca frontalmente con la tasa de impopularidad con la que acaba su mandato cifrada en un 70%. Es una verdad que el Gobierno de Duque pasará a la historia por muchas razones, pero habrá que decir que casi todas son negativas. Para Daniel Samper Ospina, youtuber, periodista y escritor, «Duque deja una Colombia hastiada del uribismo. El gran resumen de la obra de Iván Duque es que enterró al uribismo que fue el movimiento que lo llevó al poder. Fue un hijo ideológico de Álvaro Uribe, y cuatro años después deja a una Colombia que ha elegido como candidatos a dos opciones de cambio. Esa metáfora habla mucho de la Colombia que deja Duque a su sucesor». Álvaro Uribe, líder del Centro Democrático y hombre que presidió el país entre el 2002 y 2010, no pudo evitar que en la primera vuelta de las elecciones los colombianos dieran la espalda a su candidato y a su partido. Los resultados anuncian el fin del uribismo, pero en esta tierra ya se sabe que los muertos siempre reviven de una forma u otra.

Definida esa primera conclusión, la segunda es más importante y el doble de dolorosa: Colombia vive la más grave crisis humanitaria, concluye el informe de las ONG, y este quizás es el problema más urgente que tendrá que afrontar el nuevo presidente de Colombia. Pese a que los números de Duque hablan de que durante su mandato logró la tasa más baja de homicidios de los últimos 40 años y también la más baja de secuestros, la auténtica realidad es que su Gobierno cuenta con 865 líderes sociales y ambientales asesinados, lo que es calificado como «un genocidio vigente, continuado e impune».

En el corazón de esta estadística late el proceso de paz, firmado por el Gobierno de Juan Manuel Santos, y que Iván Duque, en lugar de apoyarlo, implantarlo y desarrollarlo optó por hacerlo trizas obedeciendo siempre las ideas de Uribe. Pero no solo aumentaron los asesinatos de los líderes rurales. También se vio incrementada la pobreza y la desigualdad. Casi 13 millones de personas padecen hambre y no llegan a consumir las tres comidas al día, y más de la tercera parte de los municipios del país sufren el terror de las nuevas estructuras armadas que han surgido para el control del narcotráfico.

Para Eduardo Pizarro, sociólogo, catedrático, periodista y cronista del conflicto de Colombia, el Gobierno de Duque deja una sensación ambigua: «Hay una combinación macroeconómica favorable sorprendentemente y una situación social desfavorable. La inversión extranjera ha aumentado un 8%, hay una caída del déficit fiscal, pero los indicadores sociales son desastrosos. Y hoy en día teneos dos candidatos que uno representa el populismo de izquierda, y el otro el populismo de derecha. Los dos reflejan la angustia social que vive el país. Este contraste entre la pobreza, desigualdad y desempleo se expresan en la demanda de un cambio, en la ruptura con la tradición política. Aquí, en Colombia, hoy en día hay una revolución política».

El gran hándicap de Duque es que no ha sabido ser un estadista, opinan otros analistas. Hay la teoría que no ha sabido manejar las relaciones internacionales, y, sobre todo, que ha erosionado los órganos de control y vigilancia de gobierno. En dos palabras, ha debilitado la democracia. En este sentido, un informe del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), realizado el paso mes sostiene que el 55,6% de jóvenes mayores de 18 años consideran a Colombia un país medianamente democrático. El 25,4% lo consideran democrático, y hay un 19,1 que creen que no lo es. Toda una verdad que duele. Pero en realidad la democracia en Colombia ha estado «secuestrada» por políticos y partidos que han incumplido sus propuestas, al mismo tiempo que han alimentado la corrupción.

LA CLAVE:

  • Una legislatura negativa. El presidente saliente abandona el cargo con la tasa de impopularidad cifrada en un 70%

Marco Tulio Marenco, catedrático de Economía de la Universidad del Atlántico, destaca «el crecimiento de Colombia por encima del 6%, una de las economías más sólidas si se compara con los países vecinos. Por otro lado está la deuda pública. Aquí Duque ha hecho un buen esfuerzo con respecto al PIB, la bajó del 50% aproximadamente, lo que permitirá al gobierno entrante tener un margen de maniobra importante especialmente para las calificadoras. En lo negativo hay que destacar la tasa de desempleo que está en dos dígitos, alta todavía, la inflación es preocupante tendencia a nivel mundial se ha sentido bastante el incremento de los precios en la canasta familiar básica. En términos generales la situación no es muy halagüeña porque la ciudadanía todavía siente los efectos de la pandemia».

Acabar de apoyar el proceso de paz será una de las tareas más importantes del nuevo Gobierno. Duque no lo apoyó. Restó impulso y legitimidad, y la paz era y es una necesidad nacional.