Crónica

Reikiavik en el salón del trono

Algunas de las rivalidades más aceradas de la historia se han librado en los escenarios más insospechados y con los actores menos pensados. Fue en Reikiavik, capital de Islandia, donde la Guerra Fría elevó la tensión del conflicto geopolítico entre Estados Unidos y la Unión Soviética a otro nivel. Con un tablero de ajedrez en el centro de la mesa, y con la genialidad de Bobby Fischer y Boris Spassky como armas de cada país. Ese hecho es hoy cultura popular, por ejemplo, en el magnífico texto teatral de Juan Mayorga.

El salón del trono de la Delegación del Gobierno en Las Palmas de Gran Canaria fundó una nueva batalla. En los despachos aledaños se fueron gestando las aspiraciones de Enrique Hernández Bento de liderar el PP canario; en su sala principal escenificó ayer Asier Antona su primera victoria, el descabello del anterior delegado y el nombramiento, con apoyo absoluto de la dirección estatal, de una personalidad más afín a sus dictados.

Pero la partida sigue en marcha. Ambos contendientes, como Fischer y Spassky, se mantienen arrogantes y convencidos de llegar al triunfo final. Moviendo piezas, enseñando colmillo.

Así se personó Bento en el salón. Caído sobre la silla, mirada tensa al frente. Gesto inamovible al final de cada alocución. Sabiéndose la foto más buscada por los gráficos que se golpeaban entre ellos para disparar en un espacio incómodo y tenso. Así se personó Antona. Serio, pero eufórico. Extendiendo su mano a toda autoridad presente. Frotándose las manos como hacían Fischer y Spassky antes de sacar del tablero a su rival. Convencido de que es él quién tiene el mando.

Las cartas quedaron sobre la mesa, dos hombres rivalizando por obtener el poder mayestático que en esa casa-partido tuvo en su día José Manuel Soria. Obviando aquello que cantaba Julio Jaramillo. «Piensa que en el fondo de la fosa, llevaremos la misma vestidura».