Alguien tendrá que agradecer la sinceridad al presidente de Repsol. Lo ocurrido en Canarias cuando su empresa inició las prospecciones petroleras le pareció tercermundista, pero eso fue hace tiempo. Las protestas alentadas sin disimulo por el Gobierno canario de entonces hoy no volverían a repetirse. Con su expresión, el directivo ha resumido una visión de Canarias que va creciendo en el exterior. El ejercicio anima ese ritual parlamentario de prosa autogobernante y complaciente que mañana inician sus señorías. ¿Está Canarias en contra del progreso? Esa es la cuestión.

La experiencia de aquellas maniobras demuestra que todo fue un exabrupto. Los instigadores de tal campaña política están fuera de toda sospecha; Coalición Canaria, ya desprendida de excesos paisajísticos, conserva en minoría un gobierno más protegido que algunos espacios naturales. Al presidente que tejió aquella red de colorido ecologista lo esconden los suyos avergonzados. El ministro que aceleró los trámites se ausentó en función de las circunstancias, dedicado ahora a asuntos muy particulares, como pronto se verá. Y antes de que termine esta semana, los dos partidos que mayor tensión social han provocado en las Islas en las últimas décadas celebrarán su nueva alianza, hasta ahora de tapadillo. Lo que han tenido que sufrir para llegar a esto. Todo por Canarias, por su gente. Recuerden que las personas son lo primero.

No haya progreso sin petróleo, dicen los petroleros. Y de eso, por ahora, aquí no queda, como demostraron las perforaciones del desquiciado. Así que la energía hay que ponerla en otras cosas, lo van a explicar en breve los líderes locales. El retrato de la Canarias actual está lejos de aquellos días de pancartas y cometas. El sol ya produce beneficios, aunque el empleo sea precario y rudo. Los socios de entonces se lanzan a la cabeza los trastos de la Sanidad, pero sólo de la pública, que la privada está para arreglar los desajustes del sector.