Peligra la herencia de los canarios de Luisiana

04/09/2005

La impronta canaria en América no se borra en Cuba, Uruguay o Venezuela. En Estados Unidos, la presencia de nuestros antepasados se remonta al siglo XVIII. Y aunque hoy todavía perdura, el paso del huracán 'Katrina' amenaza con borrar las primeras huellas de los canarios, aquellas que dejaron los pies de los fundadores de San Bernardo en Luisiana.

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Fue en 1778 cuando los primeros isleños llegaron al sudeste de Estados Unidos. En aquella época, el Imperio español quería contener la presión de la colonización inglesa al este del río Misisipi y la mejor manera era promocionar asentamientos estables.

Ya antes, los isleños habían jugado el mismo papel: en 1731 fundaron lo que hoy se conoce como San Antonio de Texas.

«El Rey les daba 90 reales, 45 antes del viaje y otros 45 al llegar», explicaba ayer José Miguel Dumpiérrez, el abogado que posibilitó el hermanamiento entre Ingenio, Agüimes y San Bernardo, «además les daban herramientas, viviendas y terrenos».

«Tenían que ser hombres jóvenes con familia para colonizar y proteger el territorio», prosiguió.

En aquella época, San Bernardo era conocida como La Concepción. Los isleños continuaron llegando a Luisiana hasta 1783, asentándose en terrenos pantanosos donde se dedicaron a la caza y la pesca, pero también a la agricultura y la ganadería, tarea esta última en la que destacaron los tinerfeños.

San Bernardo no fue el único asentamiento de canarios -también estuvieron en Galveztown, Valenzuela y Barataria- pero sí fue el principal. Desde allí, los isleños aprovisionaban el mercado de Nueva Orleans de ajos, cebollas, judías, papas y aves de corral.

San Bernardo, destrozado en la actualidad por Katrina, se asentó gracias a dos oleadas de inmigrantes canarios. Los primeros llegaron en 1779 en lo que se conoció como «la primera población» y procedían de diversas islas. Los segundos se establecieron en 1783. En este caso, «la segunda población» estuvo protagonizada por gomeros por lo que el lugar fue conocido como Benchijigua.

Guerra

Los planes de la Corona española se cumplieron. Pronto hubo una guerra y los canarios fueron llamados a defender sus tierras. Participaron en las tres batallas principales (Baton Rouge, Mobile y Pensacola), según explica la web de Los Isleños Heritage & Cultural Society (www.losislenos.org), integrados en el tercer regimiento de la milicia de Luisiana. En 1814 sufrieron grandes bajas frente a un ejército inglés mejor pertrechado. «Muchos no tenían armas de fuego y algunos incluso iban desarmados», explican los descendientes de los canarios en su web.

Tras la Guerra de Secesión americana (1861-1865), los isleños empiezan a quedar aislados del entorno, manteniendo sus costumbres y su lengua y dedicándose al negocio de las pieles, una industria que alcanzó una prosperidad casi ilimitada en el siglo XX. A partir de los años 20 de la anterior centuria, la mejora de la red de carreteras en EEUU empezó a romper el relativo aislamiento de la comunidad isleña, que sufrió un golpe definitivo en los años 50, cuando el Gobierno federal norteamericano impone la escolarización obligatoria en inglés. La pérdida del dialecto canario no supuso, en ningún caso, la renuncia a su historia. Las décimas, las isas y las folías siguen sonando en el corazón de EEUU. Y el respeto a las raíces, también perdura. Ahora el huracán Katrina amenaza aquel legado. Su historia es la nuestra. Y su pervivencia depende también de nosotros.

Vidriera para la historia

El edificio de los juzgados tiene una vidriera con el escudo de Canarias en la que se recoge la historia de los emigrantes canarios que recalaron en Luisiana (Estados Unidos). Esto es una muestra del orgullo de isleños que todavía mantienen los norteamericanos en sus edificios públicos. De hecho, pervive el inmueble del Cabildo y todavía hay banderas canarias en el salón de plenos del Ayuntamiento de San Bernardo. La comunidad isleña se ha empeñado en no perder sus raíces históricas y en estrechar lazos con el Archipiélago.

El lamento de María Curbelo

El autor del libro Crónicas Canarias en Texas, Armando Curbelo Fuentes, expone en esta obra el lamento de una lanzaroteña, María Curbelo Perdomo, en 1800, por el peligro que corría el legado canario en Estados Unidos. Sus palabras recogen el espíritu de lo que hoy sienten los isleños de EEUU y los de aquí: «(...) la ciudad que fundamos con tanto interés y esfuerzo las familias canarias, poco a poco va perdiendo su identidad original (...) esta gran obra canaria en América debe pasar a la posteridad (...) se perderá en el tiempo lo que han hecho los canarios y yo (...) escribo este diario como testimonio de reconocimiento a mis compañeros para que las futuras generaciones, de aquí y allá, sepan de verdad lo que hemos hecho unos humildes canarios que vinimos de tan lejos a estas tierras de promisión».

Este sentimiento es el mismo de los canarios de las Islas, sobre todo ahora tras el paso del huracán Katrina. Y a esa sensación de frustración se añade la de abandono. El abogado José Miguel Dumpiérrez asegura que «el Gobierno canario no se ha preocupado por ellos; ha ofrecido mucho y hecho poco por una gente que sí está haciendo mucho por Canarias y por su historia».

De la misma opinión son los presidentes de Los Cabuqueros, Miguel Medina, y del colectivo cultural Princesa Dácil, Juan Carlos Lorenzo, quienes consideran «lamentable el hecho de que el Gobierno de canarias no haya enviado ni un funcionario en las actuales circunstancias».

La historia no es nueva

Dumpiérrez recuerda que Lorenzo Olarte prometió a la comunidad canaria en San Bernardo un balcón canario que fue colocado en un stand durante los juegos olímpicos de Atlanta, en 1996, «y todavía están esperando».

«Ellos estuvieron aislados», prosiguió Dumpiérrez, «no sólo de EEUU sino también del Gobierno de Canarias; no es sólo mandarles libros».

Ante esta situación, Miguel Medina y Juan Carlos Lorenzo anunciaron su intención de organizar un acto de recaudación de fondos en el auditorio Alfredo Kraus para los damnificados por el huracán. Además informaron de que seguirán los pasos dados hasta ahora encaminados a formalizar el hermanamiento de Las Palmas de Gran Canaria y Arucas con San Bernardo, tal y como ya hicieran los municipios grancanarios de Ingenio y Agüimes.

Un dialecto al borde de la extinción

 

El dialecto canario «ya no tiene futuro en Estados Unidos aunque quedan el orgullo, el honor y las raíces». Quien así se manifiesta es el catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y líder del Grupo de Investigaciones Filológicas en Canarias, Maximiano Trapero. Profundo conocedor del canario de Luisiana, Trapero explica que el dialecto «se quedó aislado y estancado, no evolucionó porque fue sacado de su hábitat natural». Cuenta que algunos de los pocos ancianos que todavía hablan como los antiguos canarios le dijeron que cuando eran niños y sólo sabían hablar en español, sus profesores les pegaban en la escuela por utilizar el lenguaje castellano. También refieren lo mismo otros miembros de la comunidad de isleños como Calvin Melerine, quien recordaba a la delegación canaria que visitó San Bernardo hace varios años que cuando él era pequeño, en clase, lo amarraban por hablar español y sus compañeros se reían de él.