Morir sin derecho a intimidad

16/02/2015
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Cruzar la puerta automática del servicio de Urgencias del Hospital Insular solo constata la aterradora percepción que se tiene al desembarcar en la explanada de entrada. Trabajadores desbordados por la afluencia de pacientes, situaciones difíciles de gestionar por la falta de material y familiares desesperados por la tardanza en atención e información.

Este periódico rebasó esa frontera un día cualquiera de la semana pasada. La primera impresión es de saturación. Más de 80 personas aguardan en la sala de espera para acompañantes. Parecen muchas, en horario vespertino de un día laboral. «Esto no es nada, para los que trabajamos aquí esta es una jornada tranquila», cuenta uno de los profesionales del servicio.

Enseguida se establece una empatía necesaria por compartir desesperación. Una «jornada tranquila» en Urgencias tiene una media de cuatro horas de espera para ser atendidos. Aunque el día en cuestión hay gente que llegó a las 08.00 horas y todavía no había observada por un médico a las 20.00. «Llevé un paciente en silla de ruedas a oftalmología, estuvimos esperando más de una hora pero el médico estaba tan liado que ni apareció y me tuve que traer al paciente de vuelta», expone un trabajador.

El vigilante de seguridad acude a la sala para hablar voz en grito: «Por favor, no vayan a pedir información o a intentar a entrar por la puerta donde pasan los enfermos. Por ahí no se les puede dejar pasar». Eso es el resultado de tres encontronazos en una hora; familiares desesperados por la falta de información en la sala de espera de los acompañantes que tratan de acceder por el lugar prohibido.

Pero la verdadera miseria del sistema se comprueba al cruzar el telón y caminar entre las verdes cortinas. Para empezar no existe la intimidad del enfermo. En el mismo box conviven dos personas. Muchas de ellas en estado terminal, con sus familiares velando y esperando el desenlace en apenas centímetros y junto a otro paciente.

«Que convivan dos enfermos en el mismo espacio ya ni nos choca. Cuando tenemos los famosos picos no hay ni espacio y los tenemos que apelotonar en los pasillos. Es patético», se duele un profesional de uniforme blanco.

Pero lo de la falta de intimidad va más allá. Cuatro pacientes esperan en la puerta del despacho del médico de servicio. A su lado, colocados en el pasillo, tres personas mayores en un estado muy débil en cama y enchufados a los aparatos. «Ya no se trata de que tengan que compartir espacio bajo la misma cortina o que los tengamos que colocar a la vista de todo el público. Es que no hay ni un solo box de aislamiento para enfermedades contagiosas. Si viene alguien en esas circunstancias lo tenemos que poner junto al resto de enfermos, con el riesgo altísimo de contagio que eso supone», explican.

En medio de eso, dos trabajadores se enfrascan en una discusión porque no quedan sillas de ruedas disponibles para trasladar a los enfermos que lo necesitan. «Y esto en un día normal, en el que no nos vemos desbordados», cuenta un enfermero entristecido.

No hay espacio para los enfermos ni para el material. Los vasos de agua de los pacientes se colocan sobre los componentes electrónicos a los que están enchufados los aparatos de respiración. Una situación tan incómoda como peligrosa.