"Mis compañeros pescaban cabrillas y yo pescaba metáforas"

04/05/2012

Puerto Cabras, 1924. Es el encabezamiento de las cartas escritas por Miguel de Unamuno desde Fuerteventura durante los escasos meses de su confinamiento. Estas epístolas forman parte de unas 300 recopiladas por Colette y Jean-Claude Rabaté y editadas por la Universidad de Salamanca.

Rabia y agradecimiento rezuman las cartas escritas por Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) desde el Puerto Cabras de 1924, durante los cuatro meses de su confinamiento. Rabia por el devenir político de la España convulsa que lo envió a Fuerteventura. Agradecimiento a una Isla y sus gentes que le acogieron.


Colette y Jean-Claude Rabaté recopilan, coincidiendo con el 75 aniversario de la muerte del escritor y filósofo vasco, las más de 300 cartas redactadas durante los años «de ausencia de España» como los denominan. Entre esas epístolas publicadas por la Universidad de Salamanca bajo el título Cartas del destierro. Entre el odio y el amor (1924-1930), se encuentran las escritas durante su confinamiento en la Isla.

Desde el Puerto Cabras de 1924, se dirige a su mujer Concha  y le cuenta: «seguimos aquí nuestra vida tranquila y apacible en compañía de estos buenos amigos». Para luego relatarle que «hemos dado varios paseos por el mar, que está espléndido (..). Me voy haciendo más marinero. Mis compañeros pescaban cabrillas y yo pescaba metáforas. Esto es un verdadero sanatorio».


Sin olvidarse de atacar a Miguel Primo de Rivera, responsable de su confinamiento y al que llama en su cartas El Ganso Real, al rey Alfonso XIII y al general Severiano Martínez Anido (El Cerdo Epiléptico), Unamuno se hace eco de la vida cotidiana de la Maxorata, paupérrima y sencilla. «Las mejores fotos son a base del camello, el elemento más decorativo que hay aquí, mucho más decorativo que Primo de Rivera y, desde luego, mucho más inteligente».


Aquí no para su comparación con Primo de Rivera. «Es curioso ver por estas anchas calles a los camellos fuchidos. Llaman fuchirse el camello cuando se arrodilla y así se tiende en el suelo, a la voz de: ¡fuche, fuche, camello! Acaso cuando recibas seta ya El Ganso Real se habrá fuchido. Sin que eso le sirva».

 En su libro, que se presenta el martes en la Universidad de Salamanca, Colette y Jean-Claude Rabat comentan que en una carta de 1926 a su amigo y traductor francés Jean Cassou, Miguel de Unamuno no vacila en escribir «¿qué son todas mis cartas sino autobiográficas?», y bien es verdad que las que escribe durante los casi seis  años de su destierro «no pueden sino darle la razón».


Los autores de Cartas del destierro. Entre el odio y el amor (1924-1930) destacan que los cuatro meses de confinamiento en Fuerteventura  transcurrieron como «un paréntesis feliz a pesar del aislamiento» y que  «traducen el descubrimiento fascinante del mar, del sol, el contacto con la naturaleza y unos habitantes  acogedores que dejan una impronta indeleble en la mente del desterrado». En cambio, en las cartas del otro destierro, del francés, la luz se apaga. «La estancia de más o menos un año en París, una capital que le causa casi tanta repulsión como el Madrid de sus años de estudiante, es una especie de forja para afianzar la fama internacional del escritor, empeñado en dar a conocer su obra por las traducciones y en encontrar otras formas de escritura».


Será por eso que en una misiva desde Puerto Cabras, Unamuno se despide de su mujer con  un «ánimo, que esto va bien! Mucho mejor de lo que yo esperaba. A todos un fuerte abrazo y otro para ti de tu: Miguel».