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Entre la pura ficción y la realidad descarnada

Entre la pura ficción y la realidad descarnada

Domingo, 20 de noviembre 2016, 21:40

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Los argentinos están rascados porque no cuentan entre sus deidades con un Nobel de Literatura patrio. No le perdonan a la academia sueca que ninguneara a su compatriota Jorge Luis Borges.

Pero ese baldón histórico ha sido subsanado por los cineastas Gastón Duprat y Mariano Cohn, quienes han concedido el anhelado premio a un escritor, Daniel Mantovani, que transita entre la ficción y la realidad, y que ya cuenta en su haber con El ilustre ciudadano, un libro editado por Reservoir Books dentro de su colección dedicada a los premios Nobel.

El volumen salió al mercado al tiempo que se estrenaba la película del mismo título que relata el regreso del laureado escritor a su única fuente de inspiración, su patria chica, después de cuarenta años de ausencia.

El literato, encarnado por el actor Óscar Martínez, vuelve reconvertido en un símbolo de la valía de este pueblo argentino que parece darle la espalda al progreso y a la civilización, justamente la razón por la que el antihéroe de este relato huyó de allí en su juventud.

Recurriendo al esperpento, los directores nos presentan el choque entre dos formas de ver la vida; en un lado del ring se sitúa el espíritu crítico, inquieto y rebelde del escritor, en el otro, el carácter sumiso, chovinista y cateto de los habitantes del pueblo, interpretados por un brillante elenco de secundarios, que se percatan de que han sido objeto de su feroz reprobación en su obra.

Este antagonismo sale a relucir en un rosario de situaciones rocambolescas propiciadas por la agenda de actos convocada para agasajar al ilustre hijo del pueblo.

Divertida y ácida, la película adquiere un tono trágico, porque tampoco el protagonista está libre de pecado. Su vanidad y su actitud de superioridad son lo único que parece darle sentido a una vida marcada por la repulsión hacia la fallida condición humana.

En definitiva, El ciudadano ilustre es una entretenida sátira que no deja títere con cabeza y que, a su vez, lanza reflexiones acerca de la creación, sobre todo la literaria, y su capacidad de cuestionar el mundo.

Se trata de un ejemplo de metaliteratura en el cine, que se convierte en un espejo de la realidad y que, además, se materiliza en literatura como si se tratara de un infinito juego de espejos entre lo real y lo ficticio para que el espectador se pueda perder con mucho placer.

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