Iósif Stalin trabaja en su escritorio en 1939. / r. c.

Tenedores para un imperio

El periodista polaco Witold Szablowski viaja a las cocinas soviéticas para descubrir qué comían los dirigentes de la URSS en el libro 'Rusia desde la cocina'

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁN Madrid

Cuando uno pasa mucho tiempo fuera de casa, echa de menos su patria chica. La comida es uno de esos suspiros de añoranza. A Iósif Vissariónovich Dzhugashvili le ocurría exactamente eso. Aunque vivía como un rey en un palacio gigantesco, había decidido ser igual que los funcionarios que trabajaban para él y comer su mismo menú: sopa de col con carne, en invierno; sopa de col en verano. De segundo, trigo sarraceno con mantequilla y un poco de carne. De postre, gelatinas o compotas. 

Con tanta repetición culinaria, era normal que Iósif estuviera un poco mustio. Echaba de menos los platos de su Georgia natal. Así que la llegada de su hermanastro Alexander Egnatashvili con tomates, pimientos picantes o medallones de solomillo de casa fue una alegría para Stalin, sobrenombre que adoptó el dirigente en uno de sus exilios siberianos.

El dictador soviético descubrió el poder de la comida tanto para asesinar en masa, mató a unos dos millones de ucranianos en la gran hambruna entre 1932 y 1933, como para anonadar a otros dirigentes. En 1945, durante la conferencia de Yalta, impresionó al británico Winston Churchill y al estadounidense Franklin Roosevelt con pavo al membrillo, caviar por doquier, carne de caza o gelatina de esturión. Una forma de ablandar a sus aliados en nombre de la URSS.

 

Stalin aprendió del poder de la comida tanto para matar a dos millones de ucranianos como para agasajar a sus invitados

«Rusia es un país que basa su potencia con el cuchillo, el cazo, el tenedor y el hambre», apunta Witold Szablowski, periodista polaco y autor de 'Rusia desde la cocina' (Oberon), donde repasa los últimos cien años del país más grande del mundo a través de los fogones. «Pude terminarlo solo porque nadie en el país de Vladímir Putin podía imaginar que a través de la cocina fuera posible mostrar tan claramente los mecanismos del poder», indica el autor en el prólogo del ensayo.

Un aparato represor que escondió la historia de Shura Vorobiova. Trabajaba como cocinera en un sanatorio en Gorki transformado en residencia para Lenin. Se convirtió en su chef, algo mal visto y que se ocultó al pueblo porque el padre de la URSS no podía tener personal de servicio. A pesar de contar con los manjares de Shura, el líder soviético se decantaba muchas veces por ingerir huevos con leche cruda. Una alimentación que no favorecía nada a sus problemas estomacales. «Tanto lo que comía el secretario general del Partido Comunista como lo que comía un ciudadano de a pie era un hecho político», incide el autor.

Viajes

Szablowski se trasladó a varias antiguas repúblicas soviéticas para recabar información y hablar con los cocineros que todavía estaban vivos o sus familias. También se encontró con negativas. Por ejemplo, los descendientes de Iván Jaritónov no quisieron contarle las vivencias del cocinero del último zar de Rusia. Una lealtad que le costó la vida. Jaritónov fue asesinado junto a la familia real en Ekaterimburgo y enterrado en la misma fosa común. Cuando se exhumaron los restos de Nicolás II, sus huesos estaban mezclados con su jefe de cocina, el primer ruso que ocupaba ese puesto. 

El zar, por cierto, se contentaba con dos huevos duros a pesar de los menús gigantescos que se le preparaban en una cocina con 150 personas en sus mejores tiempos. Inimaginable la cantidad de comida que se podía tirar a la basura cada día.

En la primera imagen, Churchill, Roosevelt y Stalin posan en Yalta; los Romanov, la última familia real rusa y el autor del libro, Witold Szablowski R / r. c. / oberon

Szablowski, que entró con anterioridad las cocinas de los tiranos en 'Cómo alimentar a un dictador', ha buscado a los cocineros menos famosos como Polina Ivánovna. Es el nombre ficticio de la cocinera que dio estofado de jabalí al ruso Borís Yeltsin, al ucraniano Leonid Kravchuk y al bielorruso Stanislav Shushkévich cuando se reunieron para pactar entre los tres la defunción de la URSS con el Tratado de Belavezha el 8 de diciembre de 1991. Se lamenta de no haberlos envenenado por haber acabado con «nuestra madre» (la URSS).

Pero el libro también es un repaso a la heroicidad de una panadera en el bloqueo de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial o de las quince cocineras que dieron de comer al personal que intentó apagar el desastre de Chernóbil. La mayoría ha muerto. También hay lugar para Maria Kritínina y su famoso borsch que tomó Yuri Gagarin antes de viajar al espacio desde Baikonuir (actual Kazajistán) o para Spiridón Putin, abuelo del actual presidente ruso.

El inquilino del Kremlin apenas le conoció, pero no dudó en ensalzar su figura como cocinero de Rasputín, el famoso consejero del zar, y de los líderes soviéticos posteriores (Lenin y Stalin). Szablowski está convencido de que la historia es falsa. El abuelo de Putin sí que era cocinero y trabajó en varios sanatorios, entre ellos uno destinado para los líderes de la URSS. «Eso es todo», recalca el escritor que no descarta que en alguna ocasión y de forma excepcional cocinara un manjar a los máximos dirigentes del país.