Kamala Harris, Vicepesidenta electa de EE UU / REUTERS

Harris refuta los intentos de dejar a 20 millones sin seguro durante la pandemia

Biden dice que Trump «es una vergüenza»

MERCEDES GALLEGO

«¡GANAREMOS!», amaneció Trump en Twitter. La semana pasada quería detener el conteo de votos, pero pasado el punto en el que le beneficiaba ayer instruía a sus seguidores a tener paciencia porque «los resultados comenzarán a llegar la semana que viene». Se refería a los resultados certificados que enviará cada estado a la junta electoral central, sin que eso cambie los que ya exponen públicamente.

Joe Biden no se lo discutía. La actitud del mandatario sólo le provoca «vergüenza ajena», admitió con tranquilidad. «No le ayudará en su legado», advirtió. El demócrata ha elegido comportarse con la solemnidad del cargo para el que ha sido elegido y pasearla cada día por las pantallas de televisión, que le prestan una atención nunca soñada durante la campaña.

A la hora en la que Trump despedía el lunes al secretario de Defensa, él recibía la felicitación telefónica del primer ministro canadiense Justin Trudeau, que junto con Gran Bretaña, Francia, Alemania e Irlanda han decidido aceptar su victoria. «Les he dicho que EEUU está de vuelta», celebró. Con ello el mundo regresa al viejo orden mundial que Trump puso del revés y quedan señalados los gobernantes autoritarios que se alinearon con él y ahora le dan la oportunidad de mantenerse en el poder. De entre ellos destacan el presidente ruso Vladimir Putin, el norcoreano Kim Jong un, el filipino Rodrigo Duterte, el israelí Benjamin Netanyahu, el príncipe saudí Monhammed bin Salama, el turco Recep Tayyip Erdogan, y, para decepción de muchos, el mexicano Andrés Manuel López Obrador.

Ayer, poco después de que el secretario de Estado Mike Pompeo asegurase que habrá una transición pacífica «a un segundo mandato de Trump», Biden elegía centrarse en la vista del tribunal Supremo para anular la reforma sanitaria de Obama, celebrada esa misma mañana. Y, de camino, responder por primera vez desde que fue elegido a las preguntas de la prensa, a la que aseguró graciosamente que «solo hay un presidente en cada momento» y él no lo será hasta el 20 de enero.

Hace cuatro años Obama y Biden ya habían invitado a Donald Trump y a Mike Pence a sus respectivas oficinas para tomarse una foto amistosa y darles un recorrido privado por las tareas de gobierno. Esta vez Biden no ha recibido ni una llamada de cortesía de su rival, que además ha dado órdenes de bloquearle la ayuda económica y práctica para organizar la transición de gobierno.

Con 47 años de experiencia en el Congreso, Biden no necesita los consejos de sus antecesores, aunque admite que «sería útil tener acceso a los briefings de inteligencia». Tampoco piensa tomar acciones legales para forzar la mano de Trump, porque cree que la ristra de demandas caerán por su propio peso al basarse en acusaciones infundadas. Acepta que sus antiguos colegas del Senado le nieguen el saludo porque «el presidente ha intimidado a todo el partido republicano», pero está convencido de que trabajarán con él para resolver los asuntos del país cuando llegue el momento.

El más acuciante, ayer, los intentos de varios estados republicanos enarbolados por el gobierno de Texas de dejar sin seguro a 20 millones de estadounidenses en medio de la pandemia. Con ello caería también la cláusula que obliga a los seguros a aceptar a todos los pacientes sin importar su historial médico, lo que podría afectar a otros cien millones de personas.

Ese argumento le correspondió hacerlo a la vicepresidenta electa Kamala Harris, que por su experiencia como fiscal general de California era la más adecuada para dar el alegato. Tras hacer historia al convertirse en la primera mujer vicepresidenta del país, Harris se ha convertido en adalid de las mujeres y las minorías. Ambos grupos serían los más damnificados por un potencial desmantelamiento de lo que queda de Obamacare, porque «los embarazos volverían a considerarse como una enfermedad preexistente», se anularía la cobertura obligatoria de anticonceptivos y se descuidaría a los negros e hispanos, que sufren tres veces más de Covid-19 y tienen dos veces más posibilidades de morir de él.

Por las preguntas y comentarios de los jueces durante la audiencia oral, al menos dos conservadores no parecen inclinados a desmantelar una ley que el Congreso ha dejado en pie, pese a robarle sus principales pilares. Eso permitirá a Biden hacer buena su promesa de «protegerla y expandirla» para ampliar su cobertura a los millones de estadounidenses que aún no tienen seguro médico o pagan por él un 30% de su sueldo, solo para tener que declarase en bancarrota cuando estos les abandonan en medio de una enfermedad grave. Biden tiene una doble responsabilidad moral de solucionar el problema que ayudó a generar con una reforma a medias y también una segunda oportunidad de la que disponen pocos en la historia.