Illa, Aragonès y Borràs, los favoritos para presidir Cataluña

El candidato socialista y los dos cabeza de lista independentistas se juegan en estas elecciones ser el próximo responsable de la Generalitat

CRISTIAN REINO

Uno de estos tres candidatos es el favorito para ser el próximo presidente de la Generalitat catalana. Salvador Illa (PSC), Pere Aragonès (Esquerra Republicana) y Laura Borràs (Junts per Catalunya) gobernarán Cataluña tras estas elecciones, salvo sorpresa mayúscula.

PSC

Salvador Illa, el ministro al frente de la pandemia

MIKEL CASAL

De los 365 días que Salvador Illa cumplió al frente de Sanidad, 347 estuvieron marcados a sangre y fuego por un coronavirus que se convirtió en crisis nacional cuando un turista en un hotel de La Gomera dio positivo. Solo habían pasado 18 días desde que el político del PSC llegara a la sede del Paseo del Prado. El mismo Illa, en su Twitter, recordó que aquel lunes 13 de enero él tomó el relevo de María Luisa Carcedo con la idea de «escuchar y resolver los retos del Sistema Nacional de Salud», pero que sin embargo la pandemia le puso a gestionar el «mayor reto en 100 años» al que se ha enfrentado España.

Para hacer frente a ese desafío Illa tuvo que reinventar sobre la marcha un ministerio 'florero' que hasta Podemos rechazó por considerar «vacío» de contenido y con poca visibilidad y menos competencias, tal y como le llegó a recriminar en varias ocasiones Pablo Iglesias a Pedro Sánchez en las negociaciones que desembocaron finalmente en el Gobierno de coalición.

Illa, un filósofo con la única experiencia 'profesional' de su paso por la política catalana y que apenas conocía a Pedro Sánchez, el sábado 14 de marzo de 2020, solo dos meses y un día después de su toma de posesión, se convirtió 'de facto' en la segunda autoridad con más poder del país, después del presidente del Gobierno, cuando el decreto del estado de alarma le convirtió en el 'mando único' contra la pandemia.

Entonces, cuando se hurtó todo el poder real de decisión a las autonomías sobre las medidas sanitarias para enfrentar con más contundencia la pandemia, él y su equipopasaron a ser una suerte de 'Césares' que decidieron durante 99 días sobre la vida diaria de los 47 millones de españoles.

Aquel ministro que había sido llamado al Gobierno para 'aburrirse' escuchando debates de poco calado con las autonomías en un Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud venido a menos por las transferencias a las comunidades, de la noche a la mañana decía quién tenía derecho a salir a la calle, cuánto tiempo e, incluso, dónde. Su poder pasó a ser omnímodo, aunque por entonces él siempre se refugió en que hacía lo que le decían sus «expertos», aunque todavía hoy no se sabe bien del todo quién le asesoró en cada uno de los momentos más críticos.

A principios de mayo de 2020, Illa volvió a reinventar a contrarreloj su ministerio y sus competencias y, todavía con la sartén por el mango porque el estado de alarma no acabó hasta el 21 de junio, sacó de la chistera el concepto de «cogobernanza», que el Gobierno todavía hoy no ha abandonado. Empezaba la desescalada en la que las autonomías podían hacer propuestas para relajar las medidas, pero al final la última palabra siempre la tenía Salvador Illa y sus «expertos» porque las seis prórrogas del estado de alarma le siguieron dando el poder hasta el día que llegó el verano.

Desembarcó el calor y decayó la alarma, pero Illa no desapareció. Si acaso se echó un poco a un lado. La situación epidemiológica estaba tranquila, pero el poder del CCAES ya se había asentado. Las comunidades aunque habían recuperado sus competencias, de facto, habían terminado por aceptar casi sin rechistar la autoridad del departamento de Fernando Simón.

Pero pasó el verano, el virus volvió a escalar y Salvador Illa, que durante algunas semanas cedió el protagonismo total a Simón, volvió a ponerse al frente. Y de qué manera. Dicen que a principios de octubre, dentro del Consejo de Ministros, fue de los que con más vehemencia defendió imponer por la fuerza a Isabel Díaz Ayuso un estado de alarma para forzarla a cerrar en el Puente del Pilar perimetralmente las mayores ciudades de la Comunidad de Madrid.

También a finales de octubre fue una de las voces que con mayor fuerza defendió la aprobación del actual estado de alarma (el del 25 de octubre) para permitir los confinamientos de todo tipo, excepto los domiciliarios. Su propuesta de 'estado de alarma a la carta' triunfó en el Consejo de Ministros. Confiesan sus más cercanos que por si él hubiera sido también hubiera dado luz verde a que las autonomías pudieran encerrar en casa a sus ciudadanos –tal y como defendieron la mayoría de los epidemiólogos de Sanidad- pero esa guerra sí que la perdió frente a Pedro Sánchez y los 'ministros económicos' que siguen sosteniendo, todavía hoy, que un confinamiento como en del marzo y abril sería insoportable para el país.

En este tercer estado de alarma –revelan en Sanidad- Salvador Illa se encontraba especialmente «cómodo». Su estrategia forzó a las autonomías a mojarse y a endurecer las medidas sin la necesidad de que el Gobierno central tuviese que intervenir ni desgastarse. Y todo ello, manteniendo el control porque la espada de Damocles de imponer un 'estado de alarma a la madrileña' a cualquier autonomía díscola está siempre ahí durante esta tercerca ola

Illa cumplió un año al frente de Sanidad con las maletas hechas para marcharse de vuelta a Cataluña a luchar por la Generalitat. Dicen sus colaboradores que no le disgustaba «ni mucho menos» seguir al frente de Sanidad.

Esquerra Republicana

Pere Aragonès, un independentista pragmático

MARIA PICASSÓ I PIQUER

Hay vivencias de la infancia que marcan la personalidad. Pere Aragonès (Pineda de Mar, Barcelona, 1982) recuerda que cuando de pequeño jugaba con sus amigos a fútbol, se ponía de árbitro. Intentaba poner orden. Ahora, años después, aspira a encabezar la Generalitat para «reconstruir» la Cataluña golpeada por la pandemia y dividida por diez años de 'procés'. 

Aragonès se define como un «hombre de partido». Es de la nueva hornada de jóvenes dirigentes de Esquerra, que dio el salto procedente de la cantera de las juventudes de ERC. Esquerra Republicana tiene casi 90 años. Es el partido catalán más antiguo. Nació en la Segunda República. Y ha dado cuatro presidentes de la Generalitat. Francesc Macià, Lluís Companys (fusilado por el franquismo en 1940), Josep Irla (presidente en el exilio) y Josep Tarradellas, el dirigente que presidió la Generalitat tras su restitución en 1977 hasta las primeras elecciones autonómicas. Pere Aragonès es heredero de todos ellos, también de Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat entre 2015 y 2017. Los republicanos siempre recuerdan a Macià y Companys, que declararon la independencia durante la Segunda República, pero nunca citan en sus mítines a Tarradellas, cuyo legado conciliador tiene más adeptos entre los políticos de Madrid. Más de cuarenta años después, Esquerra vuelve a tener a tiro la presidencia de la Generalitat. Aragonès tiene además la experiencia de estos últimos meses, tras la inhabilitación de Quim Torra, en que ha ejercido de presidente en funciones, eso sí, de forma provisional e interina. 

Aunque no tiene tanto carisma como Junqueras ni su oratoria sea tan emocional, el exvicepresidente confió en él para dar el sorpasso definitivo a sus adversarios postconvergentes en las elecciones. El dirigente republicano fue mano derecha del exvicepresidente durante la legislatura de la declaración de independencia (2015-2017). Sin embargo, a diferencia de los otros dos más estrechos colaboradores de Junqueras en la vicepresidencia y en la Consejería de Economía, como Lluís Salvador o Josep Maria Jové, no fue imputado por el 1-O, cuya organización recaía en el equipo de Junqueras. El vicepresidente del Govern en sustitución de la presidencia de la Generalitat y conseller de Economía y Hacienda, según la denominación del cargo pactado entre JxCat y ERC, tiene una explicación a ello. «Yo no me impliqué en la organización», dijo meses atrás durante la presentación de su biografía, escrita por la periodista Magda Gregori. Junqueras le protegió de las consecuencias penales, con vistas a coger las riendas del partido (y de la Generalitat) en el futuro. Tanto él como Elsa Artadi (JxCat) fueron de los pocos dirigentes secesionistas que se quedaron en la administración catalana tras la aplicación del 155. E incluso recibieron elogios por su voluntad de colaboración por los hombres de negro enviados por el Gobierno durante la intervención de la autonomía. 

El otro acontecimiento que le marcó a Pere Aragonès, con 10 años, fue la llamada operación Garzón, en 1992, contra 45 presuntos miembros de Terra Lliure. A partir de ahí se hizo independentista. Su familia, de clase media, era convergente. Y el confesó que habría seguido la tradición familiar. Defensor de posiciones «pragmáticas», asegura que ya era independentista cuando en Cataluña «solo lo éramos cuatro». «Seny, prudencia, orden y pragmatismo» son los rasgos que le definen. Pragmatismo quiere decir, a su juicio, que el independentismo es suficiente para ganar un referéndum, pero no lo es tanto como para forzar al Estado a que le permita celebrar uno. La cifra que sitúa en el horizonte es el 70-80% de apoyo. Por tanto, su apuesta independentista es a largo plazo.

Tiene experiencia en la negociación con diferentes gobiernos centrales. Acudía junto a Junqueras como secretario de Economía a las convocatorias de Cristóbal Montoro del consejo de política fiscal y financiera y mantiene una interlocución fluida con el presidente Pedro Sánchez y con la vicepresidenta Carmen Calvo. De las interminables reuniones con Montoro en el CFF le queda no solo una visión de cómo funciona el Estado, sino que se atreve, entre los más íntimos, a hacer imitaciones del exministro de Hacienda. Cree en el diálogo con Madrid, pero «sin renuncias» y durante la campaña aseguró que la próxima legislatura será la del referéndum. Es decir, sin dilación, si es elegido presidente de la Generalitat tratará de reactivar la mesa de diálogo con el Gobierno en aras de empezar a abordar la exigencia de un referéndum y la cuestión de los presos. El independentismo reclama una amnistía, pero la resolución sobre las peticiones de indultos están desde hace meses en la mesa del ministro de Justicia. Sobre sus espaldas puede recaer después de las elecciones la responsabilidad de intentar enderezar la política catalana tras ocho años de 'procés'. En el último mitin de la campaña, mostró orgullo por unas siglas que no tienen ningún caso de corrupción en 90 años y no ha tenido que cambiarse de nombre, afirmó en claro ataque a sus socios convergentes. Advirtió de que la campaña no acabará nunca, mientras Cataluña no alcance la libertad y se conjuró para liderar un «cambio», a pesar de ser miembro del Govern, que debe hacerse, dijo, desde la izquierda. Y a Illa, que aboga por pasar página del procés, le avisó que los republicanos no son de pasar página, sino que son los de escribir páginas de la historia de Cataluña  

Le hubiera gustado ser 'pagés' (agricultor), pero acabó de abogado y máster en historia económica. Ejerció de abogado pero desde muy joven pertenece a ERC. Y hay dos fotos que le persiguen. Una, como dirigente de las juventudes de Esquerra, sosteniendo un cartel en el que defendía sin ambages el 'España nos roba', del que reniegan ahora los republicanos, pues lo consideran propio del nacionalismo excluyente. La otra foto que le recuerda el independentismo más radical para acusarle de haberse vendido a los poderes económicos es la que aparece saliendo de una iglesia, en una boda de una hija de un directivo financiero catalán, junto a Florentino Pérez, José Luis Rodríguez Zapatero o Artur Mas.

Junts per Catalunya

Laura Borràs, hija del 1-O

IVÁN MATA

En uno de los debates de la campaña, Laura Borràs tuvo un lapsus. Dijo que era la primera candidata de la historia a la presidencia de la Generalitat. Àngels Chacon, Jéssica Albiach y Dolors Sabater, que estaban en el plató, le saltaron a la yugular. «Nosotras también somos candidatas a la presidencia», le espetaron. Quería decir, aclaró, que ella era la primera candidata com opciones reales de llegar a la presidencia. El subconsciente le jugó una mala pasada. Si gana y es elegida, será la primera presidenta de la Generalitat de Cataluña. La primera de una lista que según los independentistas tiene 131 miembros y que se remonta al siglo XIV, pero que los historiadores sin sesgo nacionalista reducen a diez, desde Francesc Macià hasta Quim Torra, en casi un siglo. 

En cualquier caso, Laura Borràs (Barcelona, 5 de octubre de 1970) no lo tendrá fácil para llegar a ser la primera presidenta catalana de la historia. Primero tiene que ganar las elecciones. Pero aún venciendo en las urnas, aún tendrá que pasar otra criba. Porque tanto la CUP como ERC han dejado caer en campaña que no estarían muy por la labor de votar a favor de su investidura. Los anticapitalistas lo dijeron de manera explícita, aunque luego se desdijeron, y los republicanos lo dejaron entrever. La razón que esgrimen es su condición de imputada por corrupción. El Supremo la investiga, como diputada del Congreso que aún es, por haber adjudicado presuntamente a dedo una serie de contratos a un amigo por valor de casi 260.000 euros durante su etapa como directora de la Institución de las Letras catalanas. Fue el cargo que ocupó antes de que Quim Torra la reclutara como consejera de Cultura, desde donde se convirtió en cabeza de lista por JxCat en las generales, donde fue ampliamente derrotada por el candidato de ERC, Gabriel Rufián, con quien choca muy a menudo desde la tribuna del Parlamento español. Borràs tiene una causa penal abierta por presuntos delitos de prevaricación, fraude a la Administración, malversación de caudales públicos y falsedad documental, por los que se enfrenta a una pena de una docena de años de cárcel. Durante la campaña no ha querido hablar del asunto e incluso se ha molestado cuando en las entrevistas los periodistas le preguntaban por su imputación.

Si es presidenta de la Generalitat se propone reanudar el 'procés' y situar a la política catalana en octubre de 2017. Apuesta por la vía unilateral, rechaza la mesa de diálogo pactada entre el Gobierno y la Generalitat y carga contra ERC por facilitar la gobernabilidad española. Durante la campaña prometió reactivar la declaración unilateral de independencia si el secesionismo supera el 50% de los votos. Primero dijo que sería casi al día siguiente de las elecciones, aunque luego rebajó su alcance y señaló que lo haría cuando se den las condiciones para poder sostener esa DUI. Al final, su posición no ha quedado muy clara, pues otro día expresó que con la mayoría absoluta de escaños ya valdría para impulsar otra DUI y en otra ocasión dudó y no quiso llegar tan lejos. Arrasó en las primarias de JxCat para elegir candidato a la presidencia de la Generalitat, a pesar de que forma parte del sector independiente de la formación, los que no proceden de otros partidos. Va como número 2 de la lista, pues el número 1 se lo reservaron a Puigdemont, aunque no puede ser investido. Demostró mucho tirón y carisma entre las bases más hiperventiladas del nacionalismo. Apuesta por ello por la «confrontación» y no apunta, no obstante, a que sería una presidenta tutelada desde Waterloo, como era Torra. Borràs lleva poco tiempo en la primera línea. Salió del anonimato el 21 de abril de 2017. Ese día, como directora de la Institución de las Letras Catalanas recibió el encargo de leer un manifiesto, en nombre del Govern, de sus consejeros y de todos sus altos cargos, en el que la Generalitat se comprometía a organizar, convocar y celebrar el referéndum del 1-O. Ese día, el 1-O, «nació políticamente», según dejó escrito en un libro. «Soy hija del 1-O», afirmó.    

Como filóloga, Borràs, que se autodefine de izquierdas, a pesar de liderar una formación que es heredera de la tradición del centro derecha nacionalista, tiene una plaza de profesora en la universidad, donde enseña literatura. Todos sus discursos tienen referencias literarias. Como en el caso de Quim Torra, quien más apostó por ella como candidata a la presidencia de la Generalitat, frente a la opinión de Carles Puigdemont, que no consiguió imponer a a uno de sus peones más estrechos, Borràs podría ser inhabilitada a los meses de su investidura. Si el caso penal sigue adelante, en este caso pasaría al TSJC, cuando renuncie a su acta de diputada en el Congreso para tomar cargo de su escaños como parlamentaria autonómica, podría ser condenada y apartada del cargo. Es el temor que tienen en ERC, ya que el siguiente en la lista es Joan Canadell, acusado por algunos partidos, como los comunes o Ciudadanos, de ser un xenófobo por llamar colonos a los catalanes nacidos en el resto de España. Esta acusación también se le suele hacer a Laura Borràs, como firmante del manifiesto Koiné, un documento suscrito por académicos y filólogos de la órbita nacionalista que aboga por que el catalán sea la única lengua oficial de Cataluña y que calificaba a los catalanes de origen del resto de España como «instrumentos involuntarios de colonización lingüística» por parte del franquismo.

A Borràs no le importa que le tilden de 'pija', aunque sí le molestó que quien le hiciera esta crítica fuera Gabriel Rufián desde la tribuna del parlamento por su «bolso de Michael Kors» y «sus chaquetas de 1.000 euros». El bolso era un regalo de su marido, cirujano, y de su hija, aclaró.