Los Ferrari de Carlos Sainz y Charles Leclerc, en Hungría. / CHRISTIAN BRUNA / efe

Análisis

Ferrari, obligado a la recuperación en septiembre

El desastre del GP de Hungría culmina una primera mitad de año en la Scuderia en la que han pasado de ser grandes favoritos a verse fuera de las quinielas con diez pruebas por disputar

DAVID SÁNCHEZ DE CASTRO

Max Verstappen ya puede ir haciéndole hueco en la vitrina de trofeos al de campeón del mundo de 2022, porque lo tiene a huevo. Tiene la friolera de 80 puntos de ventaja, que son más de tres carreras de margen, sobre el que parecía que iba a arrasar este año pero que ya está tan lejos que necesita un milagro digno de ser estudiado en la Santa Sede en caso de lograrlo.

Charles Leclerc fue el gran perdedor del GP de Hungría, si se atiene a la relación expectativas-resultados. Salió tercero, llegó a ponerse líder destacado, no tuvo ningún fallo destacable en su conducción… y aún así finalizó sexto y puede dar gracias. Detrás de este resultado están todos los problemas que lleva sufriendo Ferrari ya no desde este año, sino de un tiempo a esta parte, y el gran perjudicado es Leclerc, al que le tocará seguir sufriendo la ineptitud generalizada de los responsables de la escuadra.

A nadie que haya seguido la Fórmula 1 le puede sorprender que Ferrari parezca una banda de mecánicos recién salidos de una escuela de FP venidos a más cuando tienen que gestionar una carrera. Se hace muy complicado entender cómo puede suponer un aumento de la presión sanguínea cada entrada en boxes de sus pilotos, no solo por el momento que por pura estadística será el erróneo, sino porque los procesos no están conseguidos. Carlos Sainz es el que más ha sufrido en este aspecto: en Hungría no funcionaron ninguna de sus dos paradas porque la desincronización de los mecánicos para poner las ruedas era absoluta.

La sensación de que este año han regalado el título está muy presente. Lo visto en Hungría es el último ejemplo y los dos pilotos están obligados a seguir asumiendo el discurso oficial, aunque son muy conscientes de que mienten. «No teníamos ritmo», decía Sainz después de la carrera, una afirmación que como mucho es una verdad a medias: Verstappen, que salía décimo, tenía más que ellos, pero podían haber paliado ese déficit con una gestión estratégica ya no buena sino simplemente decente. Se explica muy mal que obligaran al español a rodar 23 vueltas con los neumáticos blandos o que montaran los duros que no funcionaban nada (Alpine lo había demostrado unos instantes antes) en el coche de su principal candidato a la victoria, el citado Leclerc.

¿Rodarán cabezas?

Pocos entornos más complejos de gestionar que el de Ferrari. Desde hace ya meses hay muchas miradas puestas en Mattia Binotto, que ha salvado el cuello más veces de las que muchos apostaban desde que le colocaron al frente de la Scuderia.

Ahora se pide acción y toma de decisiones. Quizá no inmediatamente bajo el argumento de la paz interna en el equipo, que queda aún mucha temporada y deben empezar a rematar el proyecto de 2023, pero sí a medio plazo. Muchos dedos señalan al español Iñaki Rueda, máximo responsable de estrategia de Ferrari, que lleva muchos más fallos que aciertos en lo que va de temporada. En la Scuderia nunca les ha temblado el pulso para cambiar este puesto: el caso de Chrys Dyer fue muy sonado, ya que duró en su asiento apenas unas horas después del infausto GP de Abu Dabi de 2010 en el que hicieron perder el Mundial a Fernando Alonso.

De momento, las decisiones se aplazan y Binotto cierra filas con su director de estrategia. «La estrategia depende de un equipo de personas, no solo de Iñaki. No se han cometido tantos errores durante el año, así que el equipo tiene todo el apoyo», afirmó el dirigente italiano a 'Sky F1'. Si no se identifica el problema difícilmente se podrá hallar la solución.

El descanso veraniego servirá para que las aguas se calmen… o se estanquen y pudran. Los que más lo agradecerán serán los propios pilotos, que soltarán un poco de la presión acumulada, y los propios trabajadores llanos de Ferrari, que son señalados por culpa de las decisiones que se toman desde el muro. Como en tantas otras profesiones, normalmente los de las corbatas son los últimos en asumir las consecuencias de un mal trabajo y los primeros en ponerse las medallas cuando se gana.