Ray Zapata con su medalla de plata en suelo./ AFP

Ray Zapata con su medalla de plata en suelo. / AFP

Tokio 2020 | Gimnasia artística Ray Zapata, plata en suelo

Roza el oro, que se lleva el israelí Artem Dolgopyat, pero suma la sexta presea española en Tokio

PABLO M. DÍEZ Enviado especial a Tokio

El español Ray Zapata ha logrado este domingo la medalla de plata en la final de suelo de los Juegos Olímpicos de Tokio, por detrás del israelí Artem Dolgopyat y por delante del chino Xiao Ruoteng. Igualado a puntos con el ganador, Zapata se ha quedado a solo una décima del oro en el desempate. Con la misma puntuación en la ejecución (8,433) y una penalización de 0,1, Dolgopyat ha resultado primero porque los jueces han valorado su dificultad en 6,600 y la de Zapata en 6,500. Una decisión que ha provocado cierta controversia y que ha sido incluso reclamada sin éxito por el entrenador de Ray Zapata, Benjamín Bango.

«No quiero dramatizar porque estoy muy feliz, pero llevaba tiempo avisándolo. Para conseguir una medalla de estas, ya veis la calidad que debo tener. Sin embargo, otros no tienen que esforzarse tanto para ganar. Yo tengo que hacer un ejercicio perfecto para conseguir una medalla de oro. En mi carrera, solo he conseguido una. Para ganar el oro, tenía que ser un ejercicio perfecto. Pero perfecto no existe», analizó Zapata su actuación ante los periodistas en la zona mixta.

Como se vio en el júbilo de los periodistas israelíes en el Pabellón Ariake, la medalla de oro de Dolgopyat supone un evento histórico porque es la segunda de este color que consigue el país. La primera, en Atenas 2004, fue para el windsurfista Gal Friedman, y en estos Juegos ya llevaba dos metales, pero de bronce.

Ajeno a tales sutilezas político-deportivas, Zapata ha preferido celebrar su plata como se merece: dedicándosela a su hija Olympia, nacida en mayo, y a todos los que le han apoyado durante este año tan duro por las dificultades para entrenar por el coronavirus. Además, envió un recadito a quienes, según denunció, «no querían que siguiera compitiendo y entorpecían mi carrera. A ellos también se lo dedico».

Zapata, que salió en segundo lugar tras el ruso Nikita Nagornyy, prefirió no arriesgar al ver la floja de actuación de este, que fue penalizado por varios errores y se mostró vacilante. De hecho, prefirió no hacer el 'Zapata II', el salto de su creación con el que obtuvo también la plata en el Campeonato del Mundo celebrado en junio en Doha. «Tenía varios ejercicios que podía haber hecho y hemos optado por asegurar», justificó Zapata, quien se mostró poderoso con sus piruetas en el calentamiento. Al término de su actuación, en la que estuvo majestuoso pese a no haber clavado su primer aterrizaje, se fundió en un abrazo con su entrenador y liberó la tensión con un grito de satisfacción. En ese momento ya sabía que acariciaba las medallas, pero le quedaba por delante la emoción del suspense porque faltaban por competir todavía seis rivales más. Al término de la final, con la medalla de plata sobre el cuello, no podía contener las lágrimas en el podio.

Ray Zapata, nacido en la República Dominicana en 1993 y nacionalizado español, se saca así la espina que tenía clavada desde Río, cuando se quedó a las puertas de clasificarse para la final. Tras haber mordido las medallas de oro, plata y bronce en campeonatos mundiales y europeos, por fin ha saboreado la gloria olímpica con un magnífico ejercicio que bien podía haberle dado la victoria.

Zapata, que llegó de niño desde Santo Domingo a Lanzarote, descubrió la gimnasia muy tarde, cuando ya tenía diez años, el doble de la edad con que se suele empezar en este deporte. Supliendo las carencias técnicas que arrastraba con su fuerza bruta y con la creatividad de sus saltos, se ha consagrado como una gran figura de la gimnasia artística tras su admirado Gervasio Deferr, bicampeón de salto en Sídney 2000 y Atenas 2004 y plata en suelo en Pekín 2008. «Me enamoré de la gimnasia artística viendo competir a Deferr por televisión y supe que mi sueño era venir a unos Juegos Olímpicos», contaba Zapata en los días previos a los Juegos. Gracias a Deferr, quien apostó junto a Víctor Cano por su admisión en el Centro de Alto Rendimiento de San Cugat pese a que ya era «demasiado mayor», su sueño se ha cumplido en Tokio.