José Mourinho se dirige a saludar a Manuel Pellegrini tras la derrota sufrida por la Roma ante el Betis. / EFE

Opinión

La venganza de Pellegrini: devuelve la humillación a Mourinho, por partida doble

El fútbol es pródigo en una de las más antiguas prácticas humanas, la revancha

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

El Eurobetis dio la campanada en Roma y le endosó un 1-2 al equipo de Mourinho en partido de Europa League. Los jugadores béticos alegraron el día a los cerca de 5.000 aficionados desplazados a Italia, pero muy especialmente tuvieron en mente a su míster. Estando Mourinho por medio, a nadie extraña que en un partido de fútbol estén en juego algo más que tres puntos. Porque los cordiales saludos iniciales entre los dos entrenadores no ocultaban la herida abierta que Mourinho dejó hace años cuando despreció a Pellegrini.

En marzo de 2011, un periodista preguntó a Mourinho si tenía miedo de correr la misma suerte que su antecesor en el cargo, Manuel Pellegrini. Mou contestó sin miramientos: «Si el Madrid me echa no voy a entrenar al Málaga, iré a un club grande en Inglaterra o en Italia, no al Málaga». Allí había recalado el técnico chileno, lo que el 'Special One' consideraba un paso atrás, impropio de su talla.

El siempre educado y paciente Pellegrini se la guardó durante más de once años. Y así, en una entrevista concedida a 'La Gazzetta dello Sport' el día anterior al Roma-Betis, elogió a Mou por su madurez: había comprendido que la valentía y el éxito no se miden solo por lo que se logra en la élite, sino también por el arrojo de encarar retos nuevos y obtener resultados ajustados a las posibilidades: «Ahora Mourinho también vive de desafíos, como llevar a la Roma a la Champions o ganar la Conference League».

Pellegrini no se mordió la lengua esta vez. Recalcó que Mourinho había salido mal de los últimos clubes donde había liderado proyectos que no dieron los frutos esperados. Y, tirando de ironía, celebró que, más de una década después, Mou se hubiera dado cuenta de que, eligiendo entrenar a la Roma, el técnico luso demostraba madurez (tal vez la que no tenía cuando se permitía despreciar a su colega de profesión).

El fútbol es un contexto privilegiado donde jugadores y entrenadores escenifican algunos de los valores más elementales, que el pueblo ha resumido en breves aforismos: 'Donde las dan, las toman' u 'Ojo por ojo y diente por diente'. En el Gran Teatro del Fútbol, como en la vida, los ultrajes se pagan, tarde o temprano. Es más: la restauración del equilibrio exige resarcirse con una humillación del mismo calibre.

Es una regla no escrita pero antiquísima y universal. En algunas tribus africanas rige la conocida como 'venganza de sangre'. Si un individuo es asesinado, los líderes de la tribu del asesino se encargan del castigo: le entregan o le ejecutan ellos mismos. Obran de este modo siguiendo una cosmovisión basada en la reciprocidad y el orden: solo una muerte equivalente puede restaurar el equilibrio.

Como sustituto civilizado de nuestros impulsos más arcaicos, el fútbol exhibe formas de 'vendetta' más elegantes, sin que la sangre llegue al río. Pellegrini vio a su equipo preparado, lo motivó convenientemente y decidió que había llegado el momento. En la previa devolvió la pulla a su ofensor y en el partido su equipo remontó un gol en contra y anotó dos tantos que Mourinho debió experimentar como dos bofetadas del 'Ingeniero'.

Debemos agradecer a Mourinho su aportación al espectáculo del fútbol. Como ha dejado tantos muertos en el armario, cada equipo que se enfrenta a él parece tener cuentas pendientes. En el siglo XVII, los extranjeros que visitaban la Península Ibérica decían que la costumbre más difundida por aquí era «echar pullas y chufletas» y que no había ibérico que no devolviera un agravio de singulares maneras. Los españoles llevamos a América nuestra concepción del honor y las formas en que nuestras disputas debían zanjarse: esperando tu momento para atestar el golpe reparador, con una mezcla de lengua afilada y bofetón simbólico. Nada de puños.

Claro que igual el entrenador chileno aprendió esto en suelo ibérico, tal vez en Málaga. «Dios compensa», le oí decir hace años, aludiendo a cómo no habría tenido la oportunidad de entrenar al mejor Málaga de su historia, si no le hubieran dado la patada en Madrid. No sé si existe la justicia divina, pero la terrenal se cumplió el jueves en el Estadio Olímpico de Roma. Lo siento, Mou: 'Occhio per occhio, dente per dente'.