Celebración entre Sergio Ramos y Lucas Vázquez. / Reuters

Real Madrid

El ¿penúltimo? rugido de la vieja guardia

Zidane reflotó al Real Madrid tirando de sus pretorianos en un año que abrió conquistando la Supercopa de España y en el que aumentó su aureola con la Liga del coronavirus

Óscar Bellot
ÓSCAR BELLOT Madrid

Dicen que los viejos rockeros nunca mueren. Lo mismo podría aplicarse a los pretorianos de Zinedine Zidane, que volvieron a rugir cuando muchos habían escrito ya su epitafio. Exprimiendo al máximo el caudal futbolístico de veteranos fajados en mil y una noches de gloria, el marsellés reflotó al Real Madrid en el año más extraño que se recuerda, demostrando que el gen competitivo de los Carvajal, Sergio Ramos, Varane, Casemiro, Modric, Kroos o Benzema no se ve afectado por el paso del tiempo ni por su ingesta de títulos.

Dos más fueron al buche de la celebérrima vieja guardia del Real Madrid en este 2020 que ahora termina y que los blancos abrieron conquistando en las lejanas tierras saudíes la Supercopa de España. El Valencia, en unas semifinales que registraron un gol olímpico de Kroos, y el Atlético, en una final resuelta en la tanda de penaltis, sucumbieron en el camino de los blancos hacia el título de un torneo que estrenaba formato y que puso fin a trece meses de sequía. Apenas un Mundial de Clubes cayó en las vitrinas del Santiago Bernabéu mientras Zidane permaneció alejado del banquillo. Once meses después de su retorno, los blancos volvían a levantar un trofeo. No sería el último del curso.

El 16 de julio el Alfredo Di Stéfano vivía una noche de fiesta. El estadio del Castilla, refugio de emergencia por mor de la pandemia y las obras en el Santiago Bernabéu, coronaba al Real Madrid como campeón de una Liga insólita que se detuvo en marzo y renació en junio. Con un desgarrador vacío en las gradas, los blancos, que se habían despedido del coliseo de La Castellana derrotando al Barça en el clásico del 1 de marzo antes de ponerse de nuevo el campeonato cuesta arriba con una paupérrima actuación en el Benito Villamarín una semana después, sumaron frente al Villarreal su décima victoria en otros tantos partidos tras el parón y abrocharon el título que Zidane había fijado como prioritario, incluso por delante de la Champions. «Es uno de los mejores días que he vivido como profesional», valoró el patrón del barco, del que Sergio Ramos aseguró que todo lo que toca es «mano de santo» y al que Florentino Pérez describió como «una bendición» para la entidad de Concha Espina.

La lluvia de parabienes no era sino el fiel reflejo de la comunión de la plantilla con un técnico acostumbrado a partirse la cara por sus pupilos, aun en los tiempos más convulsos. Y viceversa. Porque el núcleo duro del vestuario siempre ha respondido cuando el francés estaba al borde del cadalso. No en vano, el año ha sido pródigo también en escenarios tempestuosos.

Un equipo ciclotímico

El 'harakiri' en el Villamarín bien pudiera haber abierto una crisis de no detenerse el balón por el maldito patógeno que mantiene en jaque al mundo. Los jugadores del Real Madrid aprovecharon aquellos oscuros meses para resetear la mente y regresar con ánimos renovados. Escasos de pólvora, hicieron de la solvencia defensiva el pilar de su resurrección. Pero el cambio de temporada agrietó el muro y devolvió a un equipo ciclotímico, capaz de asaltar el Camp Nou, San Siro o el Sánchez-Pizjuán a la par de claudicaba en Valdebebas frente al Shakhtar, el Cádiz o el Alavés.

La devaluación de un banquillo que fue capital para el histórico doblete de la campaña 16-17 con figuras del calibre de Morata, Asensio, James o Isco, por entonces pletórico, dejó a Zidane sin plan B, pese a que el francés se agarró a las rotaciones como fórmula para intentar que nadie se quedase descolgado. Su empeño en recuperar a Marcelo o Isco se topó de bruces con la realidad. El salto entre los titulares y los suplentes es abismal. Ya no hay veinte o veintidós futbolistas a los que recurrir en cualquier momento sin que se note el cambio de cromos. Quince o dieciséis, a lo sumo. Máxime cuando las lesiones se ceban con Hazard, que ha pasado mucho más tiempo en la enfermería que sobre el verde desde que aterrizó en Chamartín con pompa galáctica.

Así, tras invertir 303 millones de euros en fichajes en el verano de 2019, de los que apenas están rentando los 48 desembolsados por Mendy más los 45 por Rodrygo en clave de futuro, y mantener intacta la caja de caudales en la siguiente ventana estival por la reducción de ingresos derivada de la pandemia, Zidane vuelve a aferrarse a su guardia de corps, mientras el club hace cálculos con las renovaciones de Sergio Ramos, Modric y Lucas Vázquez. Para el técnico no hay dudas de que aún les queda algún que otro rugido.