Dieciseisavos / Vuelta

Un Granada celestial puede con todo

Los rojiblancos estarán en los octavos de final de la Liga Europa en un partido sufrido, con cuatro lesionados, en el que el gol de Montoro fue determinante

RAFA LAMELAS

Un Granada celestial pudo con un sinfín de elementos adversos para llegar al edén de los octavos de final de la Europa League. Como si los dioses romanos juguetearan con su destino, terribles, o el mismísimo Maradona redivivo se enfundara la camiseta y fuera el primero de los tifosos empujando, el equipo pareció enfrentarse a las auténticas doce pruebas de Hércules. Un gol tempranero, cuatro lesionados (uno, Machís, sin ni siquiera empezar el choque) y un sinfín de azotes del Nápoles no erosionaron la moral rojiblanca. Montoro utilizó la cabeza para algo más que cartografiar cada parcela del campo y su tanto compensó el esfuerzo, pues obligaba a los locales a completar al menos cuatro dianas. A cada baja, los nazaríes se obligaron a amueblarse de nuevo, frente a un contrincante que hostigaba sin cesar, ilustre, pero que no pudo con este cuadro admirable, que se merece cada lágrima de emoción y de alegría.

La clasificación no pudo ser más angustiosa, pese a lo bien que pintaba todo tras la celebración del valenciano. El peso de tantas disputas acumuladas cayó a plomo sobre las piernas frente a un contrincante envalentonado, que quería hacer brillar su heráldica. No contaba con la resistencia de los de Diego Martínez, el amor por su profesión, el respeto a la institución que defienden como tigres. El orgullo de unos aficionados ausentes de cuerpo, pero no de espíritu. El granadinismo se frota los ojos ante este conjunto de leyenda.

2 Nápoles

Meret; Di Lorenzo, Maksimovic (Ghoulam, m. 46), Koulibaly, Rrahmani, Elmas (Mertens, m. 59); Babayoko, Fabián Ruiz, Zielinski; Insigne y Politano.

1 Granada

Rui Silva; Foulquier, Domingos Duarte, Germán (Yangel Herrera, m. 55), Carlos Neva (Nehuén, m. 46); Yan Eteki, Gonalons (Víctor Díaz, m. 45+2), Montoro (Vallejo, m. 83); Kenedy, Antonio Puertas y Jorge Molina (Soldado, m. 84).

  • goles: 1-0, m. 3: Zielinski; 1-1, m. 25: Montoro; 2-1, m. 59: Fabián Ruiz.

  • árbitro: Daniel Siebert (Alemania): Amonestó a los locales Politano (m. 36), Maksimovic, (m. 40), Insigne (m. 40), Bakayoko (m. 88) y Koulibaly (m. 90); y a los visitantes Kenedy (m. 36), Montoro (m. 38; acarrea suspensión), Domingos Duarte (m. 40), Germán (m. 55; acarrea suspensión), Yangel Herrera (m. 62; acarrea suspensión) y Foulquier (m. 90).

  • incidencias: Partido de vuelta de los dieciseisavos de final de la UEFA Europa League, disputado en el estadio Diego Armando Maradona, sin público en las gradas.

Los sobresaltos comenzaron muy pronto, en el mismo calentamiento. Darwin Machís, el reflejo de la ilusión en la rueda de prensa previa, se lastimó durante la preparación y, hundido, tuvo que ser sustituido de sopetón por Antonio Puertas, sin ni siquiera empezar. Los compañeros trataron de animarlo mientras se iba cariacontecido al interior del estadio.

Ya la alineación estaba condicionada por la fatiga arrastrada. Eteki se introdujo como contención en el centro del campo porque Yangel Herrera no estaba para salir de inicio, mientras que Roberto Soldado no apareció en ataque, sino Jorge Molina, guardado el valenciano como bala en la recámara. Puertas arrancó en la izquierda y su ánimo sacó a los suyos del atolladero con el que arrancó todo.

El Nápoles penalizó la primera pérdida en la medular, una intercepción tras un mal pase de Eteki que se llevó Bakayoko, habilitando a Zielinski, que se fue volando hacia el área, hasta disparar sin que le achicaran bien el espacio en la frontal. Recortó a Germán y Domingos con la derecha y colocó la pelota con la zurda, impecable.

Un mazazo de los que derruyen murallas. Respondió el Granada con una falta al área de Kenedy en la que hubo una mala peinada local, un intento de disparo de Molina y un desvío con el flequillo de Puertas, en fuera de juego. Pero el Nápoles tenía los ojos inyectados en sangre y progresaba en ataque como si estuviera famélico. Politano enroscó un tiro desde la derecha que silbó cerca de la meta.

El Granada necesitaba buscar las cuerdas, el sonido de la campana, refrescarse en la esquina. Estaba descentrado, sin posesión, ordenado en el ecuador del campo pero sin atosigar a unos italianos incisivos. Rui fallaba en el saque con los pies y casi todos parecían aturdidos. Pero Puertas, motivado ante esta oportunidad inesperada bajo los focos, fue una presión con decisión y forzó a Meret a enviar el balón fuera. Pasaba el cuarto de hora y llegó el viraje.

De otra intervención del almeriense con apertura a Kenedy, el Granada forzó el primer córner con un envío de rabona. Recuperaban tono los rojiblancos, maduraban mejor las acciones y así se cocinó el gol de Montoro. Kenedy probó de lejos y recogió el rechazo, con si tuviera una caña de pescar. Abrió para Foulquier, que colocó el tobillo como los elegidos. De repente apareció en el área Montoro, como si hubiera mutado en Yangel Herrera. Brincó, giró el cuello y la pelota experimentó una parábola bellísima que se introdujo muy ajustada en la red.

El valenciano salió tocándose el escudo del pecho, orgulloso como nunca, buscando en la grada al maltrecho Machís, para hacerlo partícipe de la fiesta. La diana obligaba al Nápoles a la proeza de hacer tres tantos más para pasar. La recomposición parecía plena.

Pero la épica acompaña al Granada como si fuera su divisa. Esa eterna lucha de una temporada inabarcable que llegaba a su partido 40. Los cuerpos de algunos dejaron de responder. La mente pedía más, pero los músculos gritaban basta. El Granada se replegaba como un ovillo y Montoro se giraba como si fuera un bailarín. Zielinski le dio una tarascada que el árbitro no castigó. Luego sí llegaría un rosario de tarjetas.

El soplo de confianza se percibía en cada trazada. Los pases iban donde debían y los córners torturaban a los italianos, aún sonados. Insigne asumía el peso del brazalete intentando revolver en el flanco rival. Eteki atropelló a un contrario cerca de la corona y el capitano se lució con un chut que rozó Rui y escupió el larguero.

Chocaron frentes Politano y Kenedy tras un rifirrafe junto a la bandera y Siebert fue salomónico en el reparto de tarjetas. En el saque, un envío cerrado que despejó Germán. El colegiado alemán le cogió el gusto a mirarse el bolsillo en un apercibimiento a Montoro, muy excesivo. Hubo varias trifulcas ansiosas que 'amarillearon' a Maksimovic, Insigne y Domingos Duarte.

Para contribuir al lío, Gonalons se echó la mano al isquiosural derecho y pidió el relevo sin remedio. Yangel Herrera no se sintió en condiciones de salir, previa consulta de Diego Martínez y los rojiblancos se quedaron con diez durante un rato, en el que Politano anotó, pero en fuera de juego.

Victor Díaz apareció, pero el equipo no terminó de recomponerse porque también cayó el incombustible Carlos Neva. En ese nuevo lapso con uno menos, Maksimovic casi empalma un balón en una falta pasada. Diego Martínez decidió aguantar así y no quemar otra ventana de cambios. Jorge Molina llegó a afrontar una subida con tiro ante Meret, mientras que Germán se quedó mareado tras un topazo con Politano.

Nehuén ya sí ingresó tras el descanso, con una nueva estructura. Rui tuvo que sacar los tentáculos en un mano a mano con Elmas. Justo después fue Germán el que se tendió, también diezmado. Ya sí saltó Herrera, para que volviera la zaga de cuatro y se sumara un pivote.

Las piezas no se habían engrasado e irrumpió un paisano, Fabián Ruiz, para recortar diferencia tras un extraordinario pase de Insigne. Gattuso invocó ya a Mertens y el Granada se dispuso a sufrir. Insigne probó y Mertens casi mete una vaselina (aunque estaba en fuera de juego) y luego un testarazo.

Le convenía ritmo al Nápoles y pausa al Granada, que boqueaba. Se anuló un remate de Bakayoko por falta previa a Víctor Díaz. Fabián siguió probando, pero el que casi se saca un conejo de la chistera fue Kenedy, de intento directo desde el banderín.

Vallejo taponó por Montoro y Soldado encontró minutos para presionar y dañar. Se entró en un tramo complejo, de pugnas durísimas. Si Siebert había dado cinco minutos en el acto inicial, agregó siete para concluir. Rui emprendió un vuelo milagro para manotear un cabeceo de Bakayoko, siempre de guardia cuando vienen peor dadas. Qué barraquera cuando cedió el telón en su arco, profesionalísimo, pero humano.

La angustia parecía infinita, pero el germano detuvo al fin la contienda y liberó a los héroes nazaríes tras su derroche de facultades. Si no se creen, vean el sorteo este viernes. Este equipo se gana una ovación eterna. Desafía con arrojo a Júpiter, a Maradona y al que sea.