Un tanque de la era soviética, que celebra la victoria del Ejército Rojo frente a la Alemania nazi. / afp

El viaje del Real Madrid a la no del todo desaparecida Unión Soviética

El equipo madrileño deberá jugar este miércoles contra el FC Sheriff en su estadio de Tiráspol (Moldavia) en un partido decisivo de la Champions League

RAFAEL M. MAÑUECO Corresponsal en Moscú

Aparte del equipo que les metió sorpresivamente dos uno el pasado mes de septiembre, ¿Qué se van a encontrar el Real Madrid y los hinchas que le acompañen este miércoles en Tiráspol, la capital de la autoproclamada república independiente de Transnistria? Esta estrecha y alargada franja de territorio empotrada entre el río Dniéster y Ucrania es uno de esos «agujeros negros» creados por Rusia para hacer la vida imposible a las antiguas repúblicas soviéticas que pretenden por su cuenta acercarse a Occidente e ignorar los intereses de Moscú.

Transnistria, que con una superficie de 4.163 kilómetros cuadrados no llega al tamaño de las islas Baleares, no es el único «parque temático» existente en el inmenso espacio exsoviético que permite con nitidez recordar cómo era la URSS, su anodina arquitectura y destartaladas ciudades.

Muy pocos equipos europeos de la talla del Real Madrid han tenido que jugar en uno de esos vestigios vivientes del comunismo. Y es que Tiráspol es una ciudad atípica. Es la capital de un estado inconcluso, no reconocido por ningún país miembro de la ONU. Entre marzo y julio de 1992, libró una guerra contra el resto del país (Moldavia) al que formalmente pertenece. Las unidades del 14 Cuerpo de Ejército ruso siguen hoy día allí acantonadas. Las llaman «tropas de paz» y su despliegue en Transnistria, hace ya casi 30 años, formó parte de los acuerdos alcanzados entre Tiráspol y Chisinau, patrocinados por Moscú, para poner fin a las hostilidades.

Pero después de aquella contienda llegaron malos tiempos. Rusia, el país que les apadrina y da apoyo, estaba casi en la ruina. Pero las penalidades no hicieron sino forjar el temple de los transnistrienses, que se reafirmaron todavía más en su exclusividad. Ellos no son de etnia rumana como los moldavos, sino eslavos, rusos y ucranianos.

En situación tan crítica, floreció todo tipo de contrabando, desde cigarrillos y bebidas alcohólicas hasta armas y, más tarde, teléfonos móviles. Las mafias locales dirigían todos esos negocios y exacerbaron la corrupción al conchabarse con políticos y funcionarios. Los lugareños se justifican aduciendo que había que sobrevivir de alguna manera.

Todo aquel entramado requería un gran dispositivo de seguridad para velar por los intereses de las incipientes nuevas empresas y de las ya existentes desde la época comunista que habían sido privatizadas. Así que un grupo de antiguos policías soviéticos capitaneados por Víctor Gushán crearon la empresa de seguridad Sheriff. Enseguida se convirtió en el lobby hegemónico.

Consiguió, con métodos brutales, poner a raya a todas las mafias y grupos criminales. Y así, empezaron privatizar y controlar otros muchos negocios como la factoría textil Tiratex o las destilarías Kvint. La palabra «Sheriff» forma parte del léxico de la población moldava desde hace tiempo. Este holding, cuyo nombre es completamente extraño para los países de la Europa del Este, existe desde 1993, y hoy es el principal monopolista de esta república no reconocida.

Controla casi todas las esferas de la economía: supermercados, gasolineras, estaciones de servicio, casinos, la telefonía móvil, un banco, un canal de televisión, la producción textil, siderúrgica, eléctrica, vinícola y de caviar. La exministra de Exteriores de Transnistria, Nina Shevchuk, sostiene que al enclave le llaman «la república del Sheriff» porque, según asegura, «interviene incluso en la elaboración de leyes y determina la cuantía máxima de los impuestos», del que es el principal contribuyente. El actual líder de Transnistria, Vadim Krasnoselski, por su parte, afirma que Gushán «crea muchos empleos e invierte en la economía».

A Gushán rara vez se le ve en público, rehúye las entrevistas con la prensa y su fortuna, según distintas estimaciones, se calcula en 2.000 millones de euros. Este peculiar empresario no tolera la competencia, no sólo en los negocios y en la política, tampoco en el fútbol. En 1997, sobre la base del modesto equipo «Tiras» de Transnistria creó el FC Sheriff. Dos temporadas después, jugó ya en la División Nacional de Moldavia, el equivalente a la Primera División y en la tercera ganó la liga de Moldavia. Desde entonces, el club de Tiráspol solamente en dos ocasiones no obtuvo la medalla de oro, en 2011 y 2015.

El éxito se debía siempre, como no podía ser de otra manera, a las generosas inyecciones de dinero de Gushán. El equipo tiene un presupuesto entre cinco y diez veces superior al el de otros conjuntos de Moldavia, según los comentaristas deportivos de Chisinau, la capital moldava. Así que el FC Sheriff no es sólo el club más poderoso de Moldavia sino también el que cuenta con las mejores infraestructuras. Su estadio en Tiráspol, que también se llama «Sheriff», tiene capacidad para 13.500 espectadores mientras que el más grande de Chisinau, el Zimbru, sólo tiene aforo para 10.500.

Por Tiráspol pasaron equipos como el Marsella, Fenerbahce, Twente, Copenhague o el Lokomotiv de Moscú. Todos ellos fueron rivales del FC Sheriff en la fase de grupos de la Europa League, a la que el combinado de Transnistria accedió en cuatro ocasiones. En 2017, se convirtió en el tercero del grupo, por delante del Lokomotiv de Moscú. En 2020, superó cuatro rondas de la clasificación de la Liga de Campeones, eliminando al albanés Teuta, al armenio Alashkert, al Estrella Roja de Belgrado y al Dinamo de Zagreb.

Ahora compite en la fase de grupos de la Liga de Campeones frente al Real Madrid, el Inter de Milán y el Shakhtar de Donetsk. Ha ganado ya al equipo blanco en Madrid, al Shakhtar en casa y perdido los dos jugados con el Inter, con lo que ocupa el tercer lugar en la tabla del grupo D. Su partido con el Real Madrid en Tiráspol es decisivo.

Los merengues se van a encontrar con una realidad paralela a tan solo 200 kilómetros de la frontera exterior oriental de la Unión Europea, que discurre entre Rumanía y Moldavia, y a más de 600 kilómetros en línea recta de Rusia. Los indicadores en las carreteras están en cirílico mientras que al otro lado del río están en caracteres latinos. Al llegar a Transnistria hay que someterse un control de pasaportes como si se pasara a otro país. El enclave llegó a tener medio millón de habitantes, pero debido a los bajos salarios de quienes no se encuentran bajo el paraguas protector de Gushán, la población joven está emigrando a Rusia, Rumanía y a otros países de la Unión Europea.

Se estima que ahora viven en el enclave algo más de 300.000 personas. Son de religión ortodoxa y prefieren utilizar el ruso en lugar del moldavo como principal lengua. La bandera de Transnistria es igual que la soviética, roja con la hoz y el martillo, con la única diferencia de que luce una franja central de color verde. La impronta soviética forma parte de la cultura y la idiosincrasia de estas gentes y se enorgullecen de ello sin reparos.