Thibaut Courtois besa el trofeo de la Liga de Campeones en el Stade de France. / EP

Thibaut Courtois, el portero más español

El espigado belga se siente como en casa y da muestras de hablar, pensar y sentir como un ibérico

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

«Hoy nadie me podía quitar las ganas de una Champions. Por mis muertos que iba a ganar una». Después de nueve paradas -tres de ellas apoteósicas-, Courtois atendía al micrófono del periodista de Champions para mostrar su lado más espontáneo. Porque lo de «por mis muertos» es un juego del lenguaje que dice mucho más de lo que parece. Entre otras cosas, es un indicio de que Courtois se halla plenamente integrado en el ruedo ibérico y piensa y siente como un autóctono.

Hay futbolistas, como Kroos, que van del entrenamiento a casa y que jamás dirán una frase en español con sujeto y predicado. Pero otros prefieren hacer vida y fundirse con el entorno. En los años 90, el búlgaro Ludo Penev hablaba con más fluidez que muchos colegas españoles. Cuando se le preguntó cómo había conseguido llegar a expresarse con un correcto castellano, dijo que la clave estaba en no quedarse en casa. Y efectivamente, el delantero tenía fama de conocer todas las discotecas de las ciudades donde jugó: Valencia, Madrid, Vigo y Compostela.

El uso de términos y giros lingüísticos del habla coloquial denota que uno no vive en una burbuja, que interactúa con personas de carne y hueso, y que, además, emula las maneras de estar en el mundo de los que te rodean. El filósofo más genial del siglo XX -Ludwig Wittgenstein- consideraba que el lenguaje no solo servía para describir la realidad, sino que actuaba de filtro a través del cual experimentamos la vida: «Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo». Los finlandeses tienen 40 formas para referirse a la nieve y así están más preparados para realizar distinciones que para ellos tienen relevancia. Nosotros vemos nieve, pero ellos dirán que es «viti» (nieve menuda recién caída), «loska» (nieve húmeda) o «ahto» (hielo derretido y vuelto a congelar).

El «por mis muertos» de Courtois demuestra que el guardameta piensa y siente en clave ibérica. Esto no es baladí. Ancelotti afirma que la diferencia entre los jugadores del Madrid y los que ha entrenado en otros equipos es que los merengues son madridistas, es decir, que quien viene al club blanco acaba adoptando lo que los antropólogos llamaríamos una determinada «cultura del fútbol». En las mismas declaraciones en que Courtois utilizaba el castizo juego del lenguaje mortuorio, el belga hablaba de que después de «tantos años y tanto trabajo», había llegado «al club de su vida». Para algunos, esto son palabras vacías, como cuando uno se besa el escudo del club que le paga, en el primer gol que mete.

Courtois jugó dos años en el Genk, tres en el Atlético de Madrid, cuatro en el Chelsea y la temporada que viene cumplirá su quinto año en el Real Madrid. En todos los clubs ha sido un gran profesional, pero solo ahora experimenta realmente que se identifica con un club, una historia, unos valores. Uno puede viajar durante toda una vida y, por alguna razón, halla finalmente un lugar donde se encuentra en casa.

Alguna vez alguien tendrá que explicar por qué es tan habitual que los futbolistas que llegan al Madrid den la mejor versión de sí mismos. Acaso porque el rendimiento aumenta cuando uno acaba creyéndose aquel mantra de que el Madrid es el mejor equipo del mundo. Pero para que ello ocurra, uno debe fusionarse con el ecosistema circundante.

Thibaut Courtois tiene nombre belga y dos metros de estatura de belga. Pero en el cara a cara, parece más español que otros: gasta bromas, utiliza expresiones y reflexiona con argumentos vernáculos, como si hubiera nacido en la esquina del Bernabéu. Dice que cuando ganas 1-0, «los paradones lucen más»; que no es precisamente «cojo con los pies», que en el fútbol «es normal que te den palos» y que cuando falla el portero, «te meten en la nevera». Incluso, como hace mi hijo, empieza sus frases con la coletilla de esta época: «En plan…».

Los antropólogos pretendemos captar el punto de vista de los indígenas que estudiamos, algo así como ver lo que ellos ven para narrarlo después. La próxima vez que me toque ausentarme de casa, en investigación antropológica, me acordaré de Courtois e intentaré -como él- impregnarme de la cultura local hasta el punto de hablar, pensar y sentir como un nativo más. Por mis muertos.