Mikel Oyarzabal, antes de romperse el cruzado anterior con la Real Sociedad. / AFP

¿Se lesionan los futbolistas más o menos que antes?

El terreno de juego ya no es un campo de batalla, pero se fuerza el físico del jugador hasta el límite para rentabilizar su productividad

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

El seleccionador nacional ha tenido que llamar a Hugo Guillamón para sustituir a Diego Llorente, que se lesionó el pasado viernes con el Leeds United. No hay una convocatoria en la que Luis Enrique no tenga que hacer encajes de bolillos ante bajas de última hora. Algunas lesiones son de corta duración, pero otras, como la de Mikel Oyarzabal, amenazan con que el jugador se pierda el Mundial. No extraña que, desde la Eurocopa de junio, hasta 25 jugadores diferentes hayan sido titulares con la selección. Bien para suplir las bajas, bien para prevenirlas (como en la ausencia deliberada de Busquets), la consigna es rotar.

España tiene desde luego suficientes jugadores en la élite. Si se rompe Ansu Fati, Luis Enrique llama a Raúl de Tomás. Mayores problemas tienen los clubes. Para luchar por los títulos se requiere una plantilla amplia, con suplentes de lujo que no desmerezcan a los titulares, algo que solo se pueden permitir los clubs más ricos. El banquillo del Madrid —con Bale, Hazard, Jovic, Isco, Ceballos, Camavinga o Marco Asensio— vale más millones que varios equipos de la Liga juntos.

Las frecuentes lesiones perjudican a los equipos con menos presupuesto, que tienen que recurrir a canteranos. Asolado por las bajas, el Sevilla se plantó en su partido contra el West Ham con seis jugadores del filial. Perdió 2-0 y quedó eliminado. Las plantillas menos numerosas y competitivas no resisten la acumulación de partidos. En los últimos 45 días, el Betis disputó 14 encuentros en Liga, Copa y Europa League. En su último choque contra el Celta no pudo pasar del 0-0. Seis jugadores estaban en la enfermería.

Un estudio, llevado a cabo por la UEFA, analizó las lesiones de 49 equipos de 20 países entre el año 2000 y el 2019. La buena noticia es que el número de lesiones descendió un 3% por temporada, de forma sostenida. El porcentaje de recaídas bajó aún más: el 5% anual. Esto contradice la opinión generalizada de que los jugadores se lesionan ahora más que antes.

Sin duda, el fútbol de hace unas décadas era más duro y peligroso: las agresiones alevosas son hoy más castigadas y los árbitros protegen especialmente a las estrellas. Poli Rincón, que ha sido operado hasta en 18 ocasiones, recuerda como le partieron el esternón y el colegiado no pitó nada. Cada época tiene su violencia admitida. El modelo de hombría de la época de Poli —la furia española— estaba acorde con un deporte en que campaban a sus anchas los «tipos duros» que marcaban a Maradona.

Influye que haya cambiado el estilo de juego. El tiquitaca ha aupado al jugador virtuoso que crea, frente al guerrero que destruye, el cual no goza de prestigio. El menor número de lesiones de hoy tiene que ver también con que los clubes se gastan mucho dinero tanto en preparadores físicos como en profesionales de la medicina que realizan un seguimiento individual a cada jugador para que su cuerpo aguante las exigencias.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. La citada investigación de la UEFA concluyó que las lesiones de ligamentos efectivamente descendieron, pero no así las musculares, que permanecieron invariables a pesar de los mayores cuidados profesionales. También aumentó la gravedad de las lesiones de ligamento en los entrenamientos. Los estudios demuestran que, en cada partido, los jugadores corren más kilómetros y realizan mayores esfuerzos de alta velocidad. Además, se ha incrementado el número de encuentros. Hay un trasfondo económico detrás: no solo ha crecido la competitividad, sino que, a más encuentros televisados, más dinero se mueve. Cuando se acumulan los minutos disputados, la plantilla prácticamente no entrena: solo hay sesiones de recuperación para que el jugador vuelva a la batalla en menos de 72 horas.

El futbolista no encarna ya al macho testosterónico que se parte la cara como si acudiera a una pelea de barrio, sino la máquina hiperproductiva, rentable y minuciosamente preparada para forzar el cuerpo hasta el extremo y exprimirle, so pretexto de que el jugador gana mucho dinero y hay mucho más en juego. No sé qué es mejor.