«Con tres años vio canastas y me dijo que quería jugar al baloncesto»

06/08/2019

Santi Aldama, hijo del que fuera olímpico en Barcelona 92 y jugador del Granca a finales de los noventa, además de ser sobrino de Santi Toledo, también baloncestista que hizo carrera, polariza hoy elogios y bendiciones del panorama continental tras su soberbio Europeo sub-18. Su padre recuerda cómo empezó todo

Santiago Aldama es la nueva sensación del baloncesto nacional después del colosal Europeo sub-18 que ha culminado con la selección española en Grecia. Flamante campeón continental y elegido MVP del torneo, Santi, como le conocen en su círculo familiar y de amigos, apenas ha podido dormir desde la final del domingo ante Turquía, en la que sus 23 puntos contribuyeron de una manera decisiva al triunfo por 57-53. «Él siempre ha sido muy tranquilo, pero todo lo que le ha venido pasando en los últimos días, con el broche de ganar el campeonato y, encima, ser designado como el jugador más valioso, es normal que le haya alterado un poco», razona su padre, del mismo nombre y que hizo carrera profesional en el deporte de la canasta, olímpico en Barcelona 92 y con prolífica trayectoria en la ACB, incluyendo dos años de militancia en el Gran Canaria (1995-97).

La eclosión de su hijo no le ha pillado por sorpresa porque, como recuerda, «desde los tres años» empezó a engancharse al baloncesto. «Nunca me vio jugar porque, cuando me retiré, él era muy pequeño. A su tío Santi Toledo sí que pudo disfrutarlo en las canchas y, de hecho, acudir a sus partidos era lo que más le gustaba. Todo partió de las veces en que íbamos a buscar a su primo al Canterbury. Vio canastas por todas partes y me dijo que quería ir a ese colegio y jugar allí», rememora.

A partir de entonces, la apuesta de el Canterbury ( «donde, gracias a grandes entrenadores, como por ejemplo Santi López, el baloncesto no ha parado de crecer») resultó incondicional y decisiva para la formación integral de la hoy estrella emergente. «Queríamos un centro de educación bilingüe para él y, desde la etapa prescolar, ha estado allí completando sus estudios, con el añadido de poder disfrutar al máximo de su gran pasión, del baloncesto. Participar en los campeonatos de Canarias y de España siendo infantil, cadete y júnior, en ocasiones compitiendo con rivales que le sacaban uno o dos años, incluso con equipaciones que le quedaban enormes, como cuando fui invitado a la Minicopa por el Granca, con 14 años, le han moldeado hasta llegar a lo que se ha visto».

«Nunca me gustó atosigarlo con consejos. He pasado por lo que él, jugando desde joven, y sé que a veces el exceso de instrucciones o de información puede ser contraproducente. Muchas veces, al acabar sus encuentros, quería darle mi punto de vista en muchas cosas, lo que entendía que podía perfeccionar o mejorar. Y, al final, al montarnos en el coche y mirarle a los ojos, terminaba felicitándole por todo y animándole a que siguiera disfrutando. He preferido que se curta con sus compañeros y entrenadores, que no pierda la naturalidad ni se pueda sentir condicionado en ningún aspecto», abunda el padre de la estrella en ciernes.

Y, precisamente, desde la mesura y la coherencia, desde su familia han querido guiar sus pasos dentro y fuera de la cancha. El hecho de que Santi nunca haya cambiado de club hasta ahora, pese a que desde edad cadete le han bombardeado con todo tipo de propuestas («por fortuna, tenía mucho y bueno donde elegir si hubiese querido salir de casa») se explica por la importancia que le han dado siempre a su educación más allá del balón. «Creímos, y ha sido un acierto, que en ningún lugar iba a estar mejor que en el Canterbury, con su entorno, compañeros, profesores y amigos. Cuando le pusimos la balanza de ventajas e inconvientes de irse, el optó por no hacerlo y, por suerte, ha ido cumpliendo etapas de la mejor manera».

Con todo, y tras cumplir los 18 años en enero, su salto es inaplazable. Estados Unidos le espera.

La felicidad resumida en una imagen: la que muestra a Santi

Aldama.

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