Con Gil, uno de sus pupilos. / Vídeo de Juan Carlos alonso

Con 89 años y se sube al ring todos los días

Agustín Reyes desafía a los tiempos y mantiene la actividad como entrenador de boxeo en el gimnasio que lleva su nombre

IGNACIO S. ACEDO Las Palmas de Gran Canaria.

No falla ni una tarde, con puntualidad exquisita y modales impecables, al ring del gimnasio que lleva su nombre, en el polideportivo Juan Beltrán Sierra de Cruz de Piedra. Tener una instalación en su homenaje ya da cuenta de la figura de Agustín Reyes (Las Palmas de Gran Canaria, 1931), entrenador de una prestancia y longevidad sin igual. Con 89 años, camino ya de los 90 que hará en diciembre «si Dios quiere», sigue siendo un ejemplo de pasión y dedicación por una disciplina, el boxeo, que, como admite, «lo ha sido todo» en su vida. Y el secreto para que desafíe al tiempo y mantenga una vitalidad y actividad asombrosa a estas alturas de su existencia, él lo resume con exquisita sencillez: «Hacer lo que a uno le gusta es lo mejor que te puede pasar y yo tengo ese privilegio». Agustín no duda en ponerse las manoplas, corregir posiciones a los aprendices, pedirles, si procede, más intensidad y vivir en primera persona los entrenamientos que allí se desarrollan. Sin ir más lejos, Zeus de Armas, aspirante oficial al campeonato de España del peso ligero, es un asiduo al gimnasio en el que este maestro insigne continúa ejerciendo su ascendente. «Es un fenómeno, un ejemplo para nosotros, que lo respetamos y queremos mucho por todo lo que nos aporta», significa Zeus cuando se refiere a Agustín y en representación del resto de compañeros que también disfrutan de la sapiencia única de un preparador que acumula más de medio siglo en el gremio.

«A mí me dan energías y ganas de seguir para adelante estos ratos con los chicos, tratando de ayudarles y poniendo mis conocimientos a su disposición. Me siento muy bien y, lo más importante, muy útil. Hay algún achaque propio de la edad, pero lo veo con normalidad. Nunca me dio pereza venir a ver los entrenamientos y menos ahora. Es mi mejor momento del día. Mi buen amigo Palenke también tiene sus años y sigue al pie del cañón en Lanzarote. La clave es la ilusión, no perderla nunca y levantarse cada mañana con muchas ganas de desarrollarte», enfatiza.

Agustín nació en la calle León y Castillo y se aficionó el boxeo por la cercanía a su casa de Educación y Descanso, un centro de actividad física y que fue cuna de grandes campeones en numerosos deportes. «Nunca boxeé, pero sí me llamó la atención la posibilidad de asistir al púgil, de orientarle en todo desde la esquina. Empecé en 1961 como ayudante de Pablo Guerra y, ya en 1966, obtuve la titulación nacional para desarrollar esta actividad de manera reglada por la federación. No he parado desde entonces». Lo dice con una naturalidad tan personal que cuesta dimensionar su legado por extensión y sello de calidad.

«He tenido el privilegio de compartir grandes momentos con figuras increíbles que dieron a nuestro boxeo un prestigio enorme. Si me pongo a dar nombres no acabo... Pero hay que reconocerle al boxeo todo lo que le ha dado a Canarias, con grandísimas leyendas. García Gancho, Cesáreo Barrera, Lelo Suárez... La lista es interminable y no quiero dejarme ninguno atrás. Yo tuve una debilidad especial por Santiago Suárez Monzón. En general podemos estar muy orgullosos de la cantera que siempre hemos tenido y ahí está para la historia para que todos puedan certificarlo», detalla.

Fiel a su manual de toda la vida, son dos los consejos que graba a fuego a los boxeadores que adiestra. Y los repite de carrerilla porque, como admite, habrán sido «miles de veces» las que los ha trasladado con solemnidad: «Fuera del ring, que se cuiden. Y dentro, que se cubran». Así entiende Agustín la manera de vivir el boxeo, «desde la disciplina, deportividad y honestidad». «Luego -prosigue- se podrá ganar o perder, pero un boxeador es boxeador las 24 horas del día y debe comportarse como tal esté donde esté», recalca.

Su visión del pugilismo canario actual es «positiva» porque, como apunta, «siguen saliendo chavales con condiciones y buen futuro», aunque es testigo de que los tiempos han cambiado («hay muchas cosas que mejorar») y la pandemia «tampoco ha ayudado mucho».

«A ver si poco a poco se recobra la normalidad perdida y todo vuelve a su sitio. No está siendo fácil. Pero aunque haya que utilizar mascarilla y tomar medidas, a mí, mientras el cuerpo aguante, nadie me va a quitar de seguir viniendo al gimnasio. Ya fue una sorpresa muy bonita e inesperada que, desde el ayuntamiento de la ciudad, le pusieran mi nombre hace unos años. Y mi mejor manera de agradecerlo es aportar mi granito de arena al deporte y a la juventud», concluye rodeado de sacos, combas, guantes, vendas y otros utensilios que han compuesto siempre su entorno. Su felicidad.