García Márquez y Mercedes Barcha, el día en que se anunció la concesión del Premio Nobel. / R. GARCÍA BARCHA

La vida desmemoriada de García Márquez contada por su hijo

El director de cine Rodrigo García narra los últimos días de su padre, aquejado por una demencia senil y un cáncer terminal

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Una de las cosas que García Márquez más odiaba de la muerte era el hecho de que nunca podría escribir sobre la suya. Su hijo Rodrigo, director de cine y también profesional de la escritura, más de guiones que de relatos, se ha encargado de hacerlo. 'Gabo y Mercedes: una despedida' (Literatura Random House) es el resultado de ese empeño, el de dar cuenta de los últimos días de su padre, cuando el cáncer linfático drenaba la salud de uno de los mayores escritores en lengua española.

En este bello, breve y triste libro, Rodrigo García toma el testigo y se encarga de narrar las horas postreras de Gabo. Aunque el autor de 'Cien años de soledad' hubiera querido, al final era incapaz de redactar ni una frase porque ya su memoria andaba extraviada. Es curioso hablar de la muerte de García Márquez cuando resulta que está más vivo que nunca. Netflix va a llevar al cine, con el metraje que haga falta y rodada en Colombia, 'Cien años de soledad', la monumental obra del prosista nacido en Aracataca, germen de Macondo. Y también será trasladada al celuloide una de las obras que más trabajo costó al autor caribeño, 'Noticia de un secuestro', una obra maestra del periodismo literario que produce Amazon Prime.

La vida está llena de paradojas. La enfermedad y agonía del escritor suscitó tal expectación que los periodistas se agolpaban a la entrada de su casa de Ciudad de México. Hasta el documento de alta hospitalaria fue reproducido por la prensa. Su esposa Mercedes Barcha era muy consciente del circo mediático que se iba a montar cuando se supiera de la defunción del maestro. Pero los caprichos del destino hicieron que García Márquez muriera un Jueves Santo de 2014, uno de los días más difíciles para encontrar un periodista.

La familia pasó horas con los brazos cruzados, sin saber qué hacer. No había nadie para dar la primicia más importante del año porque las redacciones estaban desiertas. Por fin una amiga, conocida periodista de la radio, publicó el fallecimiento en las redes sociales y entonces sí, los teléfonos de la casa familiar empezaron a timbrar al unísono. Rodrigo García no ha escrito el libro en su lengua materna, sino en inglés, el idioma en el que crea sus guiones. «Me permitía trabajar con soltura y mayor velocidad», dice el cineasta, que prefirió que una traductora volcara al castellano el manuscrito. Rehacer el libro y alumbrarlo por segunda vez en otra lengua hubiera sido demasiado doloroso.

Propuesta de matrimonio

De su padre recuerda que, como buen hijo de la tradición oral, amaba la conversación, el cuento y la anécdota. «En todo el Caribe es más importante contar bien una historia que contar la verdad. Eso estaba muy presente siempre en nuestra casa», aduce Rodrigo García por videoconferencia.

En el libro es omnipresente la figura de Mercedes Barcha, quien nunca ejerció de viuda de García Márquez ni estuvo eclipsada por la fama del marido. No fue una mujer sumisa, cuando quería exhibía un carácter impetuoso, duro y sensible a la vez. Se conocieron cuando él tenía 14 años y ella 10. Gabo ya apuntaba maneras: él le pidió en broma que se casaran y ella corrió a casa llorando. Murió en agosto de 2020 y a ella dedica su hijo unas sentidas páginas. ¿Cómo hubiera reaccionado de saber que su hijo iba a revelar unas cuantas intimidades de la familia? Seguramente se hubiera quejado: «¡Qué chismoso!». Celosa de su privacidad, Mercedes Barcha nunca hubiera consentido que se publicaran estas memorias. «No somos figuras públicas», decía su madre. «Yo sabía que no publicaría estas memorias mientras ella pudiera leerlas».

Gabo murió tranquilo, sin la ansiedad y los trastornos que padecen algunos enfermos de alzhéimer. Fue antes, cuando su memoria se desmigaba como serrín y era consciente de su deterioro cognitivo, cuando empezó a preocuparse. Hizo algo que nunca había hecho: releer su propia obra. Se extrañaba del retrato que salía en las solapas, sin reconocerse del todo. Cuando la enfermedad progresó, solo identificaba a su chófer, su secretaria y su mujer. Sus hijos Gonzalo y Rodrigo le resultaban ajenos. «Esta no es mi casa. Me quiero ir a la casa. A la de mi papá», rogaba el escritor.

Criado hasta los ocho años con su abuelo, que inspiró el personaje del coronel Aureliano Buendía, García Márquez suplicaba en realidad regresar a la residencia no de su padre, sino a la de su abuelo. El día que mató en la ficción al coronel Buendía se quedó tan abatido que llamó a su mujer y ambos se quedaron en silencio, como si guardaran duelo.

Los herederos de García Márquez no piensan entregar a la imprenta ningún manuscrito inédito de Gabo. Hay un proyecto de novela que no llegó a cuajar («no funciona», confesaba el escritor), que no verá la luz por deseo de su autor.