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José María Pou, este jueves, en el Teatro Cuyás de la capital grancanaria. ALEJANDRO QUEVEDO-TEATRO CUYÁS

José María Pou: «El personaje de Andrés lo creé a partir de mis propios miedos»

El actor catalán, que cumple 80 años en noviembre, protagoniza 'El padre', este viernes y sábado, en un Teatro Cuyás que roza el lleno

Victoriano Suárez Álamo

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 17 de mayo 2024, 02:00

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Cuando José María Pou (Mollet del Vallès, 19 de noviembre de 1944) iba a comenzar con los ensayos de 'El padre', montaje con el que este viernes y sábado, a partir de las 19.30 horas, regresa al escenario del Teatro Cuyás de la capital grancanaria, sufría un episodio de vértigo Ménière, derivado de unos problemas internos de oído. Perdía el equilibrio, se quedaba mareado y tenía que estar todo el día tumbado y casi sin saber dónde se encontraba.

«Así empecé los ensayos. En un estado de enorme confusión muy parecido al de Adrián, mi personaje en 'El padre'. Incluso hubo que suspender ensayos, porque no podía. Debo decir que es de los personajes que he ensayado durante menos tiempo por esas molestias. Estaba en un estado de salud muy delicado y me preocupaba mucho, pero al mismo tiempo, mientras iba memorizando el texto y lo iba haciendo en escena, yo estaba muerto de miedo. Por eso ensayé y creé este personaje a partir de mis propios miedos», reconoce el actor sobre este proyecto que desde lo estrenó, primero en catalán y después en castellano, solo le ha generado satisfacciones y el reconocimiento del público y la crítica.

Emociones desde el público

Hasta tal punto que en su dilatada trayectoria teatral, «pocas veces hemos recibido tantas oleadas de emoción por parte del público durante cada función». «Todo el reparto estamos convencidos de que gran parte de lo que hacemos nos viene dado por el público, de la emoción que nos transmite, con unos silencios como pocas veces se viven en el teatro», subraya José María Pou.

El actor tiene claro qué motiva esta reacción ante las funciones que dan vida a este texto del francés Florian Zeller. «La función no solo trata de lo que le sucede al protagonista. Creo que lo que más conmueve al público es precisamente la otra parte. Lo que ocurre con las personas que tienen que cuidar de las personas que padecen alzhéimer. En este caso, se resume casi todo en la hija, que tiene un problema enorme sobre qué hacer con su padre. El grave problema de los cuidadores es también protagonista de esta función», apunta sobre una obra en la que comparte escenario con los intérpretes Cecilia Solaguren, Elvira Cuadrupani, Jorge Kent, Alberto Iglesias y Laura Crube.

Evidentemente, en el patio de butacas del Cuyás, tal y como ha pasado en las otras plazas en las que se ha representado 'El padre', este fin de semana se darán cita muchos espectadores que cuidan o han cuidado de familiares en las mismas circunstancias del protagonista de este montaje que dirige José María Mestre. Buena parte de ellos, subraya Pou, le han esperado al salir de los teatros no solo para felicitarle. «Podría contar muchas anécdotas al respecto. Pero pocas veces me han esperado para cogernos a los actores de las manos y decirnos: 'gracias, gracias, gracias'. Gente que quiere acariciarme la mejilla, en una identificación de actor y personaje. En Madrid terminamos el 28 de abril, cuando salí de la última representación, se abalanzó sobre mí una señora de unos 40 años. De tal manera que me hizo trastabillar, hasta casi caerme, me abrazó fuertemente y empezó a besarme por las mejillas, el cuello, las orejas y por todas partes mientras me decía: '¡papá, papá, papá!'. Otras personas que estaban allí tuvieron que separarla de mí con enorme fuerza porque no había manera de que se soltara», rememora.

El poder del teatro

El legendario actor, que reconoce que no hay nada que le guste más que hablar de lo que le gusta, narra otro episodio vivido tras un pase de 'El padre', porque considera que no solo describe lo que entraña este texto protagonizado por una persona mayor que comienza a darse cuenta de que padece alzhéimer, sino que es un reflejo del poder del teatro. «Ocurrió en Barcelona. Al mes y medio de estrenar, un domingo por la tarde, en la puerta del Teatro Romea me esperaba un grupo de veinte personas para darme las gracias, pedirme autógrafos y demás... pero yo veía que allí, separada unos metros, había señora de unos 50 años, muy elegante, que podía haber sido un cargo importante de una empresa, una mujer libre y emporedara. Comprendí que esperaba a que se fuera el grupo para hablar conmigo en privado. Así fue y me agarró del brazo y me dijo que lo primero que quería decirme es que no estaba loca, que estaba en sus cabales. Me dijo que me iba a contar lo que le acababa de pasar, que era que hacía seis meses que tuvo que ingresar a su madre en una residencia. No tenía otra posibilidad, que pensaba que era lo mejor para su madre, pero no para ella. A partir de las once de la mañana del día en el que allí la dejó, me dijo, supo que era la peor hija del mundo y que comenzó a seguir con su vida sabiendo, que era la peor hija del mundo. Así cada mañana. Aún así, decidió ver esta función y tras verla, me comentó, que había comprendido que no era la única hija mala del mundo, porque había notado que de las quinientas personas que tenía alrededor en el patio de butacas, un 80% estaban llorando o agarradas a sus parejas como ella hubiese hecho si no hubiese ido sola a la función. Así entendió lo que padece la hija de la función y que lo que esta mujer sufre, lo sufre muchísima gente. Me dijo que quería darme las gracias porque, textualmente, 'hoy, ustedes con esta función me han liberado de mi complejo de culpa y quiero que sepa que si entra en el teatro, en la fila seis, butaca número dos, donde me senté, se encontrará la mochila de culpabilidad que hoy he dejado en el teatro y sin la que me voy a mi casa'. Es un ejemplo brutal de lo que puede ayudar una función teatral», explicó este jueves, visiblemente conmovido.

Lucha por la dignidad

Sobre su personaje, Pou destaca que es un hombre que «lucha enormemente para conservar su dignidad» cuando empieza a ser consciente de que el alzhéimer ha tocado, sin vuelta atrás, a su puerta. Para lograr que Andrés sea creíble, el actor subraya que apostó por «vivir todas sus emociones a flor de piel», ya que considera que «la principal obligación de un actor es dar una visión personal del personaje». Por ello, señala, «el Andrés que verá el público es mío». Y es que hay que recordar que este mismo montaje lo protagonizó hace unos años Héctor Alterio, dentro de una gira nacional que también pasó por el Teatro Cuyás.

José María Pou, durante la rueda de prensa en el Cuyás.
José María Pou, durante la rueda de prensa en el Cuyás. Efe

Antes de que Alterio lo encarnase, desde la productora Focus se lo habían propuesto a Pou, pero el actor consideró que no era el momento adecuado para encarnarlo. Tras varias negativas y una vez Anthony Hopkins logró en 2020 el Óscar de Hollywood por encarnar la versión cinematográfica de 'El padre', dirigida por el propio Florian Zeller, Pou aceptó la sugerencia de Focus de volver a leer la obra para protagonizarla. «Me emocionó como pocas veces me ha emocionado un texto. No llevaba ni 15 minutos leyéndola cuando me puse a llorar y entré en 'shock', aunque ya la había leído antes y la había visto representada en Londres, Nueva York y París. La razón es la pandemia, que abrió una herida grande que aún está cicatrizando. Nos hizo más sensible hacia la realidad de las personas mayores, hacia los ancianos, sus enfermedades, sus cuidadores y familiares», puntualiza.

Más conceptual e inmersivo

José María Pou señala que la versión cinematográfica de 'El padre' se caracteriza por «su realismo», algo que considera primordial en el séptimo arte. El montaje con el que regresa ahora al Cuyás, apunta, se diferencia del que protagonizó hace unos años Héctor Alterio, en que es aún «menos realista y mucho más conceptual».

«Busca meter al espectador en el cerebro del protagonista. La escenografía es una caja gris, apenas sin muebles», avanza. A eso se suma la capacidad de Florian Zeller para «romper y retorcer las leyes de la dramaturgia», para crear un montaje, a modo de «puzle», que es capaz de desorientar al espectador. «La obra no sigue un orden cronológico. El público se siente como el protagonista, perdido a veces, con sus mismas sensaciones. A los diez minutos, se preguntará qué está pasando y vivirá en primera persona lo mismo que experimenta mi personaje cuando la memoria comienza a fallarle», reconoce quien considera el Cuyás como una escala clave en todas sus giras.

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