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El fotógrafo posa delante de la instantánea que le valió el Pulitzer: Iryna Kalinina, la embarazada víctima del bombardeo, no sobrevivió. Juan Carlos Alonso

Evgeniy Maloletka | Fotoperiodista ucraniano

«La propaganda refuerza nuestro papel para combatirla con la verdad»

El recién oscarizado por el documental '20 días en Mariupol' aterriza en el archipiélago para seguir acercando la realidad del conflicto de Ucrania a través de su cámara

Ingrid Ortiz

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 15 de marzo 2024

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El lunes por la tarde se encontraba en la meca del cine, el Dolby Theatre de Los Ángeles, recogiendo el Oscar a mejor documental por '20 días en Mariúpol' y hace solo dos días que aterrizó en Gran Canaria. Como esta, en la vida de Evgeniy Maloletka confluyen algunas contradicciones: la de no desear el reconocimiento por un trabajo que muestra el horror de una guerra, la ruso-ucraniana, pero a la vez valerse de ese altavoz para reclamar atención internacional, la correr hacia las entrañas del conflicto cuando todos huían del él o la de tomar distancia emocional para retratar una realidad que ha conmocionado al mundo entero. Después de una década documentando esta «infame historia» en su país natal, siente que, «por desgracia», le quedan muchos capítulos que escribir.

–¿Qué es lo primero que piensa cuando escucha que la academia ha recortado ese Oscar histórico a Ucrania en la versión reducida que envía a las televisiones internacionales?

–Han dicho que ha sido por una cuestión de tiempo. No es mi decisión sino la de los productores y los distribuidores, así que no puedo influir en ello. En realidad, lo más importante es que la gente vea la película. Es un poco contradictorio con el mensaje que se lanza, pero quizás incluso por eso llame más la atención.

'Crónica visual de la infamia'

'Crónica visual de la infamia'
  • Exposición La muestra, comisariada por Leandro Betancor y con la participación de Vadym Syroyezhko, director de Casa Ucrania, puede visitarse en la Biblioteca Insular de Las Palmas de Gran Canaria hasta el 22 de marzo.

–¿Hemos olvidado ya que esta guerra sigue existiendo?

–No lo creo y, precisamente, la prueba es que hayamos ganado este premio. Nuestro trabajo ahora, aunque no estemos en la primera línea, está fuera en conferencias, exposiciones... es algo continuo y que sigue siendo difícil. Mi familia y yo, por ejemplo, no podemos volver a casa porque mi ciudad natal, Berdiansk, cerca de Mariúpol, está ocupada. Mis padres son refugiados. La guerra toca a cada familia ucraniana.

–En este contexto se libra otra batalla contra la desinformación y las noticias falsas. ¿Debemos temer el refinamiento de la manipulación mediática con las nuevas tecnologías?

–Ese problema siempre está ahí porque la propaganda funciona, pero a veces no se trata de lo que publicas sino de la interpretación. Creo que en ese sentido se refuerza aún más nuestro papel de contar los hechos, no de comentarlos, aunque algunos utilicen esas mismas imágenes para escribir una historia completamente distinta.

–Usted mismo ha sido víctima de ello, ¿cómo ha manejado esa situación?

–Fui acusado de ser un informador terrorista y se publicaron muchas informaciones en mí contra intentando deslegitimar mi trabajo cuando no era verdad. Llevamos muchos años trabajando y sabemos cómo operar en ese campo: con quién hablar, qué permisos necesitamos... La propaganda se combate con la verdad. Ellos crean para su propia burbuja. A veces hay que difundir la palabra para que estalle, pero también creo en que la gente es inteligente y comprueba los hechos en fuentes fiables para no estar a merced de la manipulación.

Varias de las instantáneas capturadas por Maloletka que pueden verse en la exposición 'Crónica visual de la infamia'. Juan Carlos Alonso
Imagen principal - Varias de las instantáneas capturadas por Maloletka que pueden verse en la exposición 'Crónica visual de la infamia'.
Imagen secundaria 1 - Varias de las instantáneas capturadas por Maloletka que pueden verse en la exposición 'Crónica visual de la infamia'.
Imagen secundaria 2 - Varias de las instantáneas capturadas por Maloletka que pueden verse en la exposición 'Crónica visual de la infamia'.

–¿Cómo se ha enfrentado al eterno debate ético de todo periodista sobre qué contar y cómo?

–Ese debate está muy presente cuando trabajas con imágenes porque hay material muy sensible. En determinado casos se vuelve difícil porque en cierta forma tienes en tus manos la responsabilidad de prevenir la futura escalada de un conflicto o el potencial peligro que puede sufrir una comunidad. Por ejemplo, hay que tener cuidado con mostrar la posición de los soldados, nombres, comprobar testimonios varias veces con distintas fuentes... y a la vez mostrar la crudeza y todas las aristas de esa situación.

–«Sus caras siempre están contigo, pero terminas acostumbrándote a todo». Es lo que declara un doctor mostrando los cuerpos de las víctimas en el hospital de Mariúpol, incluyendo el de un bebé de pocos días. ¿Es difícil armarse esa coraza?

–Cuando estás ahí sólo piensas en sobrevivir. En la seguridad, la comida, el agua (a veces teníamos que derretir nieve). Trato de no ponerme emocional con esto porque no ayuda a hacer el trabajo. Es importante tomar distancia para contar y no sucumbir a lo que sientes. De no ser por eso, no se podrían tomar estas fotografías.

–El documental mostraba también esa necesidad de los propios ucranianos de que los periodistas mostraran esa devastación.

–Para ellos era muy importante que mostrásemos ciertas cosas, pero aún así no era suficiente. El mismo día en que retratamos el bombardeo del hospital materno infantil donde aparece Iryna, en otro barrio hubo otro ataque aéreo en un refugio y murieron 50 personas. Rusia comete crímenes de guerra por todos lados pero no siempre hay quien los cuente o bien es difícil conseguir la información porque la gente tiene miedo de hablar o no encuentras cómo contrastarla.

–Cuando la oscuridad del conflicto lo ocupa todo ¿es posible captar también el afecto y la solidaridad de la gente?

–Creo que ahora la comunidad que vive en esa atmósfera está cansada de la guerra y se ha vuelto dura. La ciudad siente que la gente quiere hacer algo pero al mismo tiempo no quiere sentir el apoyo. No tenemos suficiente hoy en día y es un poco lo que intenamos conseguir: la energía para continuar.

–Transmitir todo ese material se dificultaba por la falta de conexiones pero podría no haber visto nunca la luz. ¿Qué cree que hubiera pasado si lo hubieran interceptado?

–Obviamente no hubiera sido un buen argumento para mantenernos vivos. Con nosotros había en Mariúpol un periodista lituano con el que no interactuamos mucho porque estaba con su propio proyecto. Cuando trató de salir de la ciudad, lo mataron en el punto de control. Podría habernos pasado. (Maloletka se refiere al documentalista Mantas Kvedaravičius, que murió a los 45 años después de que su coche fuera alcanzado por un cohete ruso).

–Durante los 20 días que estuvieron en la ciudad sitiada, ¿qué noticias recibían del exterior?

–Muy pocas. Sólo teníamos un teléfono que sosteníamos sobre nuestras cabezas buscando algo de internet para retransmitir las fotos y vídeos. Lo que recibíamos sobre todo eran correos pidiendo que reportáramos a nuestro familiares que estábamos vivos, que todo estaba bien.

–¿Siempre quiso ser fotoperiodista?

–No especialmente. No entraba en mis planes dedicarme a esto pero la guerra vino a mí, y no pude huir de ella.

– ¿Ve un final cercano a la guerra de Ucrania?

–No. Creo que es el principio de algo más grande. Espero que no, pero es mejor estar preparado para lo peor. La supervivencia se basa en lo bien preparado que estés, me lo dice la experiencia.

–¿Qué papel está jugando Europa en la resolución del conflicto?

–Creo que en la actualidad los países europeos no están involucrados con Ucrania al cien por cien y desearían que lo estuvieran mientras estemos luchando. Necesitamos ayuda del exterior porque Rusia es un país muy fuerte y no podemos vencerlo solos. Es más grande, tiene más dinero y es evidente que no está habiendo sanciones a nivel internacional.

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