Las lágrimas que Angola esconde

20/10/2017

Borja Monreal ficciona desde testimonios reales el oscuro pasado de los años de la descolonización de la república del sur de África, en su novela El sueño eterno de Kianda, premio Benito Pérez Armas.

/ Las Palmas de Gran Canaria

Con el magnetismo de un imán, la mirada de Borja Monreal se detuvo ante la fachada del Cementerio de las cruces, en Luanda, la capital de Angola. Monreal iba a lomos de su motocicleta, la forma de locomoción más práctica en la urbe africana, y una pintada llamó su atención. «Aquí yacen víctimas del 27 de mayo», un reclamo para su curiosidad, una penetrante incógnita que se instaló en su cabeza para no salir nunca más. ¿Qué sucedió aquel día?

De sumergirse en la investigación sobre aquel día histórico nació El sueño eterno de Kianda (Editorial Salto de Página), el segundo libro de este escritor navarro afincado en Agaete, que ejerce de descodificador de un episodio silenciado durante años por el aparato gubernamental de un país en el que residió durante una década.

Antes de ir a los hechos, conviene esclarecerlos. El 27 de mayo de 1977, hace poco más de cuarenta años, incuantificables ciudadanos angoleños fueron arrestados, torturados o asesinados por el gobierno de Agostinho Neto, el líder del Movimento Popular de Libertaçao de Angola, por el simple hecho de manifestarse en las calles contra los pasos políticos que se habían ido dando en el país después de la cruda y bélica descolonización de un país víctima del régimen portugués de Salazar.

Tras esos acontecimientos, y una guerra civil que se prolongó hasta 2002, en Angola se recurrió a la vieja máxima del olvido y perdono. Sordina para una matanza aberrante.

Por eso Monreal se sumergió en la historia, por percibir la necesidad de expresar todo ese dolor contenido por un pueblo con callos en la garganta provocados por décadas de silencio. «Todo el libro está construido en base a las más de 70 conversaciones que tuve. Una cosa que me llamó la atención es que era muy difícil abordar el tema al principio. Me costó muchísimo encontrar verdugos que hablaran, gente que participó en la represión. Pero conseguí a dos personas. Uno había participado en la toma de decisiones, y otro participó en la purga. Uno de ellos, en una noche de borrachera, de repente empezó a hablar y nos pasamos toda la noche hablando de aquello. Para él fue una expiación de su culpa. He cogido todas las historias y las he ficcionado», expresa el autor.

El sueño eterno de Kianda cuanta la historia de una refugiada en Londres, hija de un revolucionario víctima de aquella infame jornada, y de una madre abnegada que tarda un mundo en descorchar la historia de su familia para ella. Una analogía de las dificultades con las que Monreal se ha topado para documentar su libro. «Se va abriendo una brecha, porque ya hay gente que ha intentado empezar a hablar del tema. Después de la guerra, en 1977, hay una purga interna en la que matan a casi 60.000 personas dentro del partido, luego pasa toda una guerra que va desde 1977 hasta 2002. Entonces, Angola decide usar el método de olvida y perdona. Borrón y cuenta nueva, igual que España después de la dictadura, y queda enterrado. Porque si reconoces a alguien como víctima tienes que preparar un plan de compensación y encima tienes que culpar a alguien. Y muchos de esos culpables siguen en el gobierno. Y es muy difícil abrir esa lata, porque supondría abrir una caja que no puedes cerrar de manera fácil», expresa.

Las lágrimas que Angola esconde

Monreal ha querido que su obra pivote sobre los dos personajes femeninos protagonistas, una vindicación de la mujer, doblemente castigada en África. «Algo especialmente injusto, porque ellas son las que sostienen el núcleo económico y familiar en la mayoría de los casos».

A lo largo del diálogo intergeneracional entre Kianda y su madre asoman muchas historias, florecen muchos personajes. Y, sobre todo, va quedando un fondo histórico de lo que ha sucedido en los últimos 50 años. «Los propios personajes son tipos de persona que he ido encontrando. Tienes a los militares que se aprovecharon de la revolución y que en el momento en el que se acabó la independencia se posicionaron para tener un puesto en el gobierno. Uno de los ejercicios que yo hago en la novela es el de deconstruir los mitos. Por ejemplo el de la corrupción. Porque parece que se es una persona mala y se nace corrupto. Y no es así, es gente que en realidad es buena, que quería hacer las cosas bien pero se mete en un sistema en el cual las malas decisiones le van llevando a ser un corrupto. También está el personaje que lucha por los derechos civiles y se jode la vida. Todo es más complicado desde el momento en el que decide no estar con el gobierno. Cada uno de esos personajes representa a un tipo de persona que puedes encontrarte en Angola y en África».

La novela de Monreal es un hallazgo histórico memorable, pero también un espejo para estos días en los que las fronteras se cierran al paso de los refugiados que buscan un mundo mejor. «En el libro ni siquiera sabían porque habían huido. Y eso es algo que vemos mucho en lo que ahora llamamos migrantes de segunda generación, que en realidad no son inmigrantes porque es gente que ya ha nacido allí. Es gente desconectada de la realidad pasada, que intenta conectarse a una realidad diferente y reinterpreta todo lo que pasó. Y esa reinterpretación a veces es positiva, y vuelven a movimientos culturales, como se está viendo ahora con los movimientos de colonizar la mente, que lo que hacen es coger las partes más radicales de esa identidad que no conocen muy bien», comenta.

Kianda y su madre sufren al llegar a Londres huyendo de Angola, un hecho que para Monreal sería todavía más difícil en el caso de ubicarlo en nuestros tiempos. «No hemos aprendido nada. Y se están juntando factores de riesgo que son multidimensionales y muy complejos. Tenemos el cambio climático, la pobreza, guerras y conflictos. Y eso está haciendo que sea el peor momento de migraciones de la historia; pero no solo no hemos aprendido, vamos para atrás. Hemos perdido capacidad empática y hemos enmarcado el problema de la inmigración como un asunto de seguridad interna, y no de derechos humanos. Y en base a ese marco viene ese fracaso de la Unión Europea al no acoger a los asentados de Siria», subraya.

Borja Monreal vivió diez años en África, por lo que ofrece una mirada cercana y documentada de la Angola actual. «Hoy existen varias Angolas. Tienes a la gente que vive en el vínculo, relativamente bien aunque es muy difícil con muchísimas complicaciones de agua, de luz, de energía. De todo. Pero tienen capacidad para vivir bien. Y luego tienes el 90% que vive en la miseria absoluta. Y luego tienes una tercera Angola, que es gente que encima de estar viviendo en la miseria han decidido tomar partido en esa situación y lo tienen todavía muchísimo más difícil», expone.