Dos genios unidos por un aniversario

24/01/2020

La pasión y los conocimientos musicales de Benito Pérez Galdós son algo evidente, que ha sido objeto de numerosos estudios y publicaciones. Ya desde su infancia y juventud en Las Palmas de Gran Canaria, el futuro escritor mostró su debilidad por el género e incluso llegó a estudiar música en el Colegio de San Agustín con el profesor Agustín Millares, notable músico de la época. También en su casa familiar la música tenía un papel fundamental. Se cuenta que su hermana más pequeña, Manuela, recibía clases de piano y que al finalizar le enseñaba a su hermano los conocimientos que recibía. Una formación que amplía tras su llegada a Madrid, mediante la amistad con muchos de los compositores de la época.

En su ciudad natal publicó su primera critica musical en el periódico escolar La Antorcha, sobre un concierto en el Teatro Cairasco de Las Palmas de Gran Canaria, al tiempo que fue protagonista de veladas musicales caseras, donde tocaba el piano. A poco de llegar a Madrid, en 1862, el Galdós estudiante ya escribe sus impresiones sobre diversas actividades musicales, que empieza a publicar en La Nación, cinco años antes de publicar su primera novela. Unas críticas que crearon tendencia para el futuro, al no hablar solo de la interpretación. Incluía más información, la recepción del público y les daba un toque didáctico.

Ya desde esa época sus gustos musicales apuntaban hacia Ludwig van Beethoven, según el propio Galdós, «el más grande de todos los músicos», una opinión que no cambió con los años. Tanta era su pasión por el músico alemán que se decía entre sus amistades que don Benito padecía beethovenmanía, tanta que no deja de asistir en solitario, ya mayor y enfermo, a los conciertos en cuyo programa figuraba alguna de sus obras. Una vez terminada la actuación, dejaba su localidad y volvía a su casa...

Cuando nace Galdós, en 1843, ya hacía 93 años del fallecimiento de Beethoven, pero ahora, el azar ha querido que se celebren al mismo tiempo sus centenarios: el 250 del nacimiento del músico alemán, y el 100 de la muerte del escritor grancanario. Buscar similitudes entre ambos genios es caer en la analogía, cuando no en el disparate, con decenios de distancia y mundos paralelos. Parafreseando, como especular no ocupa lugar, especulemos.

Ambos nacieron en pequeñas ciudades, alejados de los centros de poder y de la cultura: Bonn y Las Palmas de Gran Canaria. Dada esa lejanía dejaron su tierra natal para desarrollar su carrera y formación en Viena y Madrid, ciudades donde adquirieron su gloria y universalidad. Citar sus limitaciones físicas al final de sus días no resulta de buen gusto, pero así fue: sordo el músico y ciego el escritor, y pese a ello, no cejaron en su empeño de seguir activos en sus creaciones.

Siguiendo con la especulación –pero ya menos– de buscar algo que una a ambos creadores en la distancia de los siglos, aparece su profundo amor, respeto y defensa de la libertad. Aparte de su personal defensa de este principio, Beethoven dejó como legado para la humanidad un canto a ella en su Sinfonía nº9, estrenada en 1823. Conviene recordar que en esa época estaba en pleno apogeo la Santa Alianza, una unión que trataba de mantener el absolutismo en Europa. Desafiando a los tiempos, en su cuarto movimiento –la parte cantada– incluye un poema de Schiller, quien tuvo que sustituir la palabra «libertad» (freiheit) por «alegría» (freude). Poco más que añadir.

Poco nuevo se aporta con decir que la lucha por la libertad es una constante en la producción galdosiana, escrita sobre unos tiempos difíciles: el levantamiento del 2 de mayo, la Constitución de Cádiz y la restauración borbónica.

Retornando a la ficción. ¿De haber sido coetáneos, se habría basado Beethoven en algunos textos de Galdós para componer una ópera?. Dado que la única ópera hecha por el compositor fue Fidelio –el rescate de un condenado a muerte, injustamente, por razones políticas– se apunta que habría recurrido a los Episodios Nacionales. La apuesta es por El terror de 1824 donde narra las persecuciones, detenciones y ejecuciones de Fernando VII, tras la vuelta al absolutismo.

Uno de las muchos textos escritos por Galdós sobre el compositor encaja con lo señalado: «Gran psicólogo es Beethoven y portavoz ecualitario del humano dolor, exhalado de las almas humildes como de las que se tienen por linajudas... Abandonando sus oídos a la onda musical, y dejándolos que en ella se anegaran, Cintia y su caballero a un tiempo tocaban y oían la música de sus almas. Sin molestar a los circunstantes hallaron a modo de secretear cuanto quisieron y de comunicarse con susurro pianissimo».

De vuelta a la información. Acerca del aprecio de Galdós por la música hay testimonios materiales en su Casa-Museo de la calle Cano de la capital grancanaria, donde se encuentran y custodian documentos que atestiguan la afición del escritor. Entre ellos, dos que corroboran quién era su ídolo musical: «Entre los fondos de su faceta musical –señala Victoria Galván, directora del centro– figura un retrato del compositor hecho por el propio Gáldós, y un busto del mismo que le acompañó buena parte de su vida. Hay que destacar también un armonio y un piano de su propiedad, así como partituras de su colección, correspondencia con músicos de su tiempo, entre otros».

Todo este material, junto con otros conservados en la Biblioteca Nacional y la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), pudo contemplarse en 2016 en la exposición Pérez Galdós y la música, comisariada por Pedro Schlueter, autor de un libro del mismo título, que aporta novedades respecto a otros aparecidos con anterioridad.

En la muestra se seguía los pasos del autor por los caminos de la música en sus facetas de crítico, intérprete y organizador de veladas musicales. «En la exposición, por supuesto –comenta Schlueter– estuvo presente Beethoven, que era para Galdós el sumun de la música, y en numerosos escritos su figura queda destacada por encima de otros compositores. También aparece muy citado muchas tramas de sus novelas y Episodios Nacionales. Hay constancia de que él mismo interpretaba el Andante de una de sus sonatas con maestría, y que sabía copiar partituras. Galdós es el único autor a quien se le reconoce tanta cultura musical».

Entre su círculo de amistades, el autor de Fortunata y Jacinta siempre manifestó el deseo de que algunas de sus narraciones literarias, generalmente por sugerencia de compositores amigos o admiradores, fueran llevadas a la escena lírica: Marianela fue siempre su texto más deseado para tal propósito. Con texto de los Hermanos Quintero, tres años después de su muerte, sería Jaume Pahissa quien compondría la música de dicha novela, una partitura recientemente donada a la Casa-Museo Pérez Galdós. Desde hace años dicho centro posee otra, compuesta por Jesús Romo.

De pleno en años de fastos galdosianos por el centenario de su muerte, la pregunta de si hay alguna inciativa para poder verlas en escena, o en versión concierto, es obvia. Schueler comenta al respecto: «No tengo referencias de ese proyecto». Por su parte, Victoria Galván apunta que «Marianela fue siempre considerada como su novela con más posibilidades de convertirse en libreto de ópera. Hubo varias propuestas, tanto en España como en Latinoamérica, pero nunca se estrenaron, menos una con música de Jaume Pahissa que sí que llegó a la escena. Hace tiempo que oigo le idea de rescatarla del olvido y ejecutarla, pero nunca se ha materializado el proyecto».

Otro tanto sucede con las partituras de sus obras adaptadas a libretos de zarzuelas que duermen en sueño de los justos, pese al prestigio de algunos de sus compositores: Chueca y Chapí, entre otros. Tal vez, para un próximo centenario.

En este extracto de una entrevista de Galdós a un afamado periodista de la época, el Bachiller Corchuelo, se evidencia la modestia y socarronería del escritor grancanario: «Me han dicho que toca usted muy bien el piano, que es un virtuoso...», don Benito responde: «Virtuoso lo he sido siempre –dijo sonriendo intencionadamente–. Pero toco el piano regularmente, nada más». A la pregunta de: «¿Es verdad que hace pocos años se puso a aprender armonio y se compró uno?», el escritor isleño responde: «¡Psé! Fue un capricho».