Acto de memoria histórica

26/03/2018

El Teatro de La Zarzuela de Madrid ha repuesto ‘La tempestad’, de Ruperto Chapí. El actor Juan Echanove ejerció como narrador en esta versión concierto con una readaptación literaria de Conejero

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Acto de memoria histórica. Así califica el catedrático Emilio Casares la recuperación del melodrama fantástico en tres actos La tempestad, de Ruperto Chapí, que se estrenara en el Teatro de la Zarzuela, que ahora la repone, el 11 de marzo de 1882.

El libreto se debió a Miguel Ramos Carrión y estaba basado –e incluso fusilado de éste en parte– en el drama Le juif polonais (1869) de Emile Erckmann y Alexandre Chatrian. Se ha repuesto en versión de concierto y en readaptación literaria del dramaturgo Alberto Conejero, que elimina los diálogos hablados, sustituidos por la voz de un narrador; teóricamente uno de los personajes de la historia, el pescador Mateo, que realiza una rememoración de los trágicos hechos.

La partitura, una de las más extensas salidas de la mano de don Ruperto, consta de un preludio y veintidós números. Ya desde el mismo comienzo instrumental se advierte el oficio y aun la inspiración del maestro de Villena, que envuelve a la pieza en una sabia orquestación que busca la descripción de ambientes en una línea que podríamos considerar de extracción wagneriana, aspecto que resalta Luis G, Iberni (Diccionario de la Zarzuela (ICCMU, 2003). En esa página instrumental se escuchan ya varios motivos que habrán de aparecer con posterioridad, singularmente el que alimentará el dúo de tiples, una barcarola con protagonismo de la voz de dos saxofones, una originalidad de las muchas que pueblan la composición.

La apariencia de esta zarzuela es la de cualquier ópera romántica. Las melodías abundan también en referencias a la producción italiana de pocos años antes. Tiene esas hechuras el amplio concertante que cierra el segundo acto y que nos muestra el dominio de los conjuntos del compositor alicantino, que aprovecha ese momento para, después de un número coral, repasar temas anteriores y exponer otros nuevos en un implacable crescendo que se remata con una poderosa y furibunda stretta, muy efectista (en su acepción menos peyorativa), que se inicia con las palabras :«¡Sí a la justicia humana!».

Chapí va edificando por capas el fragmento, que se cierra a toda presión y que revela una vez más la pericia del autor para este tipo de construcciones. No es raro que el día de su estreno la música fuera ahogada por los aplausos. Como lo ha sido desde entonces; y lo ha sido también en esta exhumación.

Hay otros números destacables. Como la terrorífica descripción de un fenómeno natural, de tan bello perfil melódico, del Monólogo de Simón, cuyo intérprete ha de mostrar lo aguerrido de la emisión y lo afirmativo de las notas mantenidas. Es una excelente pintura de lo temores y, de paso, la catadura del torvo personaje, que a la postre acaba siendo el malo de la función, el autor del un remoto asesinato por el que inculpan indebidamente a Beltrán. Al final todo se aclara, como era de esperar. Esa atmosférica página, La lluvia ha cesado, nos introduce de nuevo en el clima wagneriano y escuchamos ecos de El Holandés errante, con ese turbio discurrir de las ominosas cuerdas graves, con ese lúgubre toque de oscuro color. Del mismo personaje es la balada ¡Din, don!, ¡din, dan!, considerada en su estreno como un número maestro.

Música magistral, descripción sardónica y triste con sorprendentes matices en el ritmo y en el tempo, advierte Casares. Un retrato vocal y orquestal en el que, subraya el mencionado estudioso, podemos percibir igualmente la mano de Gounod.

La salida de Beltrán supone un buen momento para el tenor protagonista, Eduardo Bergés, un cantante muy apreciable, en el estreno. Las largas frases del recitativo previo –¡Salve Costa de Bretaña!– dan ya ancho campo para que la voz corra a conciencia y son el pórtico de una romanza en dos partes, con dos temas contrastados muy pegadizos. Es graciosa la barcarola de os dos enamorados Ángela y Roberto –papel travestido para una mezzo–, Ángela mía; y muy refrescante en su fácil melodismo y sus alternancias. Siempre se la pone en relación con la célebre de Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, estrenada un año antes en París y de la que Chapí pudo tener referencias.

Una de las mayores originalidades de la partitura es el final, ocupado, sorprendentemente, por un melólogo, un melodrama, donde la música se alterna con la declamación. Ramos Carrión y Chapí construyeron un extenso soliloquio a cargo del conturbado Simón, que medita sobre su crimen. Cuando está sumido en un profundo sueño lleno de pesadillas, los autores previeron una escenificación paralela, fantasmagórica. «Una escena onírica» que en este caso no ha tenido lugar, pues, como se ha dicho, hemos asistido a una interpretación concertante en la que, además, se ha prescindido de los diálogos.

Echanove como narrador. De este modo las peripecias las vamos conociendo, como se ha dicho, a través de un narrador, lo que acorta la duración del espectáculo y transgrede las intenciones de libretista y músico. Pero es una solución plausible, aunque de esta manera, también, se modifiquen y se eliminen los pentagramas finales. En todo caso, esa solución nos permitió aplaudir con fuerza al actor Juan Echanove, encargado de la narración. Es difícil hacerlo mejor: entonado, medido, matizado, expresivo, supo regular y dar a cada frase el color, el acento, el peso adecuados.

Entre los cantantes hay que citar en primer término a Carlos Álvarez, parece que felizmente recuperado del todo de sus problemas en una cuerda. Ha readaptado su técnica de emisión, que es ahora más abierta, más franca, más libre, más sonora. La voz corre muy bien, igual y homogénea y el color, algo menos oscuro, sigue poseyendo mucho atractivo baritonal. Instrumento recio, consistente, rotundo. Arte de canto sobrio y preciso. Cantó estupendamente sobre todo su monólogo, que remató con un soberbio la bemol agudo.

Mariola Cantarero dijo con gusto, exhibió facilidad para el filado y mejoró actuaciones pretéritas, con la voz más en su sitio, aun con el temido vibrato al acecho. Se fue valiente al sobreagudo, en algún caso bastante desabrido, y expuso con finura su romanza Con él, mi esperanza va. A su lado, Roberto fue la georgiana Ketevan Kemoklidze, una mezzo lírica de lustroso metal, buen volumen y extensión, aguerrida y sonora, falta en algunos puntos de delicadeza, de suavidad, de refinamiento. Con ellas, el tenor José Bros compuso un buen trío, que se lució en el terceto ¡Valor, Ángela mía! El cantante catalán se ha instalado en el repertorio del lírico puro, aunque para quien escribe todavía tenga las hechuras de un lírico–ligero dadas las características de su timbre, poco sombreado, eminentemente claro. Eso sí, muy audible, con metal reconocible, emisión en punta, penetrante, y color homogéneo. Algunas notas agudas, sobre todo en la primera parte, fueron bamboleantes y le costaron un riñón.

Estuvo muy bien, torero y expresivo, el segundo tenor, cómico si se quiere, Carlos Cosías, de voz muy apreciable, para mayores retos, y gracia bien controlada. Alejandro López, bajo de buen espectro, algo mate de timbre y fraseo noble, hizo de juez.

El coro de la Zarzuela tuvo, en general, un buen día y resolvió con profesionalidad un cometido nada fácil. Lo mismo cabe decir de la orquesta. Uno y otra estuvieron en manos del madrileño Guillermo García Calvo, que reverdeció su éxito de hace cuatro años con Curro Vargas, como primer chapiniano del país que merece ser. Posee este maestro una admirable flexibilidad en el manejo del tempo, que siempre es firme pero elástico, con juicioso empleo del rubato expresivo. Sus amplios brazos saben recoger y abarcar. Acompaña con inteligencia y deja cantar.

Controló con mano férrea los grandes concertati, aunque se le fue algo la mano en el comentado del segundo acto y que antes hemos comentado donde se produjeron ciertos desajustes y borrosidades.