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Camille Saint-Saëns, como santo, de Kotra (1901). C7
Camilo Saint-Saëns y Pepe Monagas
Opinión

Camilo Saint-Saëns y Pepe Monagas

Uno de 'Los cuentos famosos de Pepe Monagas', de Pancho Guerra, poco conocido y casi olvidado, da pie a recordar la presencia intelectual y mágica del compositor en la isla, aún muchos años después de haber abandonado por última vez Gran Canaria.

Dionisio Rodríguez

Martes, 30 de abril 2024, 17:36

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Corría el invierno de 1909, año en el que el ayuntamiento de la ciudad de Las Palmas y otras sociedades de la capital homenajearon a Don Camilo, colmándole de atenciones. Sería su última estancia en Canarias, no por gusto, ya que las definió como su paraíso en la tierra; pero en Egipto y en la provincia colonial francesa de Argelia, donde murió, supieron atraerlo con atenciones de príncipe, reconocimientos, encargos musicales y resguardo de su anonimato.

No obstante, había sido tan importante la impronta que dejó en la sociedad grancanaria durante sus varias estancias de meses desde 1889, que su recuerdo, su aura de elegido de los dioses, su fino intelecto y colaboración social, continuó siendo un parangón insular; según vemos en uno de 'Los Cuentos Famosos de Pepe Monagas', del inefable Francisco Guerra Navarro (1909-1961) conocido literariamente como Pancho Guerra, y casualmente nacido en ese año de la partida definitiva del francés. Fue mi apreciado amigo y excelente músico Fran(cisco) Medina, tras una improvisada 'soirée' musical en su tierra palmera, el que me alertó, al saber de mis investigaciones, sobre un excepcional cuento de Pepe Monagas que hacía alusión expresa a Saint-Saëns. No quiso desvelarme la trama, por lo novedosa, cosa que tras leerlo agradecí, tan solo me dio los datos mínimos para localizarlo entre la numerosa producción del autor grancanario.

Se trataba del relato titulado: 'Cuando Pepe Monagas contó en la carpintería de maestro Manuel Lorenzo', una historia con un sentimiento como una malagueña. Hemos utilizado para este artículo, la edición de las 'Obras completas' del autor, editado por la Mancomunidad de Cabildos de Las Palmas en 1976, ilustrada con dibujos de Felo Monzón, Eduardo Creagh y Eduardo Millares 'Cho-Juá'. En la 'Nota preliminar' debida a Claudio de la Torre, amén de glosar al autor, añade el ilustrado prologuista: «Es inevitable al hablar de literatura canaria, especialmente de cuentos y relatos, recordar las figuras de sus gloriosos creadores, los hermanos Luis y Agustín Millares Cubas, […] las nuevas generaciones descubrirán con orgullo que ya hubo […]una literatura ejemplar en nuestra tierra, cuando éramos sólo una isla de paso en la que pocas miradas se fijaban».

Uno de los que sí se fijaron, fue sin duda Saint-Saëns, que tradujo al francés relatos de los hermanos Millares, publicándolos, con gran éxito, nada menos que en la 'Nouvelle Revue' de París, la revista cultural más importante del ámbito occidental durante esos años de la 'Belle Époque'. Al correr de los tiempos y décadas después, Pancho Guerra va a utilizar en su última tanda de cuentos diversos recursos «musicales»: como cuando narra el mal rato que pasó con un indiano conocido por 'El Mulo' escuchando zarzuelas y operetas en el teatro; la conmoción que causó en las mujeres el entonces famosísimo tenor Stagno a su paso por la isla; o de cuando discutía que la Banda de Santa Brígida era mejor que la de Madrid. Pero también una historia en la que envuelve al autor francés en un cuento conmovedor.

Caricatura de Camille Saint-Saëns, de Pablo Morales de los Ríos.
Caricatura de Camille Saint-Saëns, de Pablo Morales de los Ríos. c7

En el mencionado relato que hace Pepe Monagas a sus contertulios, no hay chanzas ni burlas, engaños y supercherías, como en muchos de sus relatos de pícaro; se trata de un tipo de historia, menos usual en sus cuentos, impregnada de bondad y sentimientos.

«[…] _ La fe es una cosa grande, cabayeros - había comentado Monagas. […] La voz de mi compadre, que solía tener siempre un deje ajelioso, cierto retintín, guasa, en fin, más que otra cosa, sonaba aquel día con acento insólito.[…] La tertulia se había desarrollado mansita, contra usos y costumbres. […] Monagas añadió, aprovechando el jasío: A mí me paso un caso, cabayeros, un caso de estos de fe grande, dino de ser sacao en papeles…».

Narra Monagas, como yendo de cacería con una partida, por Tejeda, llegaron a las inmediaciones del barranco de Acusa, teniendo a sotavento el Roque Bentaiga: «[…] divisemos a una mujer, una viejita reconcomía, pero con una sonrisa triste en la boca sin dientes, y los ojos asules tan limpios como los de un niño. ¡Oiga, daban ganas de queresla, igualito como si fuera una madre! Santas y güenas, agüela. Le digo. Adiós, mis niños. Contestó eya con una vos que era un guante».

A preguntas de Monagas, la viejita reconoce que sale al camino cuando oye acercarse a alguien. Espera a su hijo, emigrado, y del que hace tiempo no tiene noticias; pero confía en su fe.

« […] Estoy segura que tanto la Virgen del Socorro como mi santo me oirán el reso que yo les reso y mi jijo Juan, venerá un día de pa fuera, con sentenes pa compra una yunta y una mula y trabajá estas tierras que ustés ven alreor y que no quieren más que los brazos de un hombre pa floreser».

Preguntada la señora por ese santo milagrero, le confirma a Monagas que le ha concedido todo lo que le ha pedido, excepto la vuelta de su hijo, en la que confía:

«[…] él, saben vustedes, es güeno, como el pan nuevo. Si no ha venido ni ha escrito, sus razones tendrá, el pobre. Caa cual tiene las suyas y el mundo manda más que uno.

Caricatura de Camille Saint-Saëns, de J. Parera.
Caricatura de Camille Saint-Saëns, de J. Parera. C7

-Oiga -, comentaba Monagas -nos queamos con un intriga, un intriga asunto de lo de su santo.

- ¿Y se puede ver ese santo, agüela …?».

La abuela, instigada por Monagas y su cuadrilla les deja pasar a su humilde aunque pulcra casa para mostrarles la susodicha y milagrosa imagen. A la vista, un busto, cercano a la cama de la anciana, junto a la Virgen, adornados por unas ramas de retama e iluminados tenuemente, por unas mariposas de aceite.

«¿Ónde lo compró, agüela?. Le preguntemos .

-En la calle de la Pelegrina, mi niño, soltera yo, pollona entodavía… Fí a Las Palmas, por primera ves y la úrtima, se me antojó, pagué doce reales de bellón por él, y ende entonse jasta la fecha presente.

Los aserquemos. Era una figura de algo más de una cuarta de alto que tenía solo la cabeza y parte del pecho, cortada por los hombros. […] Tenía una cabeza cargada de pelo y una barba espesa que le serraba el cuello.

-Con su permiso… Le dije a la agüela, y me acerqué.

Al pie del busto había unas letras […] o el nombre del Santo. Leí en vos arta: «Saint Saëns…».

-¡Oiga me queé como si me vieran dao un tiro de sal y azufre!.

Era don Camilo Saint-Saëns, el músico famoso que ustedes saben que estuvo aquí, porque le cojió el gusto a esto… La vieja le resaba a San Saen y don Camilo le consedia lo que ella le pidiera… La miremos. Estaba callá y sonriente, con sus ojos asules, limpios como los de un niño, mirándonos a una banda.

No le dijimos náa… Los quitamos toos las cachorras, como si entráramos en una iglesia, y yo creo que jasta resemos. A mí, cabayeros, particularmente, se me jiso un núo y me entraron ganas de yoráaa… «.

No era la primera vez que el intelectual y compositor francés fue «santificado». Nuestro colaborador, gran amigo de Canarias - donde pasa sus vacaciones familiares - y gran especialista en Saint-Saëns, Stéphane Leteure, nos envía un testimonio extraído de su ya célebre libro 'Croquer Saint-Saëns' (Esbozar/Bosquejar a Saint-Saëns), donde analiza sus caricaturas y representaciones, incluyendo una larga nómina de autores españoles e hispanoamericanos, entre ellos, el grancanario Pablo Morales de los Ríos[ en razón de su bíblica caricatura del autor en 'Sansón y Dalila']. Dice Leteuré en la Introducción de su libro: «Unas semanas después de la muerte de Camille Saint-Saëns, el 16 de diciembre de 1921 en Argel, en un artículo publicado en Comoedia (4/1/1922), la 'cantatrice' Marguerite Heleroy (1875-1942) relataba una anécdota contada por el propio Saint-Saëns: 'Era en un lugar remoto de Bretaña, y había un niño enfermo, al límite de sus fuerzas. La madre, más que en la ciencia del médico, puso su esperanza en la intervención celestial. Para salvar a su hijo, hizo prender velas a todos los santos de Bretaña y de otros lugares.

Pero un día el médico encontró a la madre radiante; el niño estaba mejor y ella explicó este milagro por la intervención de un nuevo santo por el que había ido a encender una vela. Mostró triunfante el retrato de Saint-Saëns que había encontrado en una tableta de chocolate.

El médico intentó explicarle que Saint-Saëns no tenía ningún mérito como santo oficial, pero la buena mujer no lo aceptó. Cuando el médico le contó a Saint-Saëns el milagro que había obrado, se alegró muchísimo».

Su nombre de «Santo» (Saint) logró la «curación».

A comienzos del S XX, el escultor Charles Kotra, (1869-1942) lo inmortaliza como «Santo» en una caricatura-escultura en terracota, apoyado en sus obras, con aureola y lira. Uno de los ejemplares que se conservan figuró en la exposición del Palais Garnier de París, realizada con motivo del centenario de su muerte (2021); otro en la muestra del Château-Musée de Dieppe, con motivo de la misma efeméride; comisariadas, respectivamente, por Marie-Gabrielle Soret y Pierre Ickowiccz, colaboradores ambos junto a Leteuré en el Catálogo de la exposición: 'Camille Saint-Saëns en Gran Canaria', celebrada en 2022 en la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria.

En la exposición de Dieppe, figuró también otra aportación española que pudo verse, en facsímil, en la mencionada exposición grancanaria; el pintor e ilustrador José (Josep) Parera y Romero (1830-1902) lo había dibujado antes (1894) al pastel, en amplio formato, de cuerpo entero sobre peana con piano y sus obras, entre claves musicales, ángeles y coronado por un enorme signo musical de calderón, que musicalmente es la prolongación del sonido a juicio del intérprete o director. Al pie del dibujo puede leerse: J. Parera. Barcelona «Au gran Maitre le petit Parera» (Al gran Maestro el pequeño Parera).

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