Novedad editorial

Un Ricardo Blanco melancólico y existencialista

16/05/2017

José Luis Correa publica ‘El detective nostálgico’, una nueva aventura del investigador canario que inventó ya hace 20 años.

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Cuando los escritores más entregados hablan de sus personajes, lo hacen como si tuvieran vida propia y fueran ajenos a su voluntad. Esto le ocurre a José Luis Correa, que habla del detective que inventó hace casi 20 años como si fuera un vecino más de la capital grancanaria. En concreto, de la zona de Alcaravaneras.

«Ricardo Blanco me da pie a reflexionar sobre ciertos asuntos, que es lo que uno quiere: hacerte preguntas y cuestionarte. Me viene bien que esté nostálgico, porque está centrado en analizar la vida y otras cosas», comenta sobre la fase vital que atraviesa su personaje en su última aventura; El detective nostálgico (Alba, 2017).

El atípico investigador creado por Correa alcanza su madurez ya rondando los 60 años. «Hace balance y analiza lo que es importante y lo que no; si está donde quiere estar,... Aprovecho un tiroteo y le ve los ojos negros a la muerte», explica el autor que se ha atrevido a pegarle un balazo al protagonista de su saga en la línea número 15 del libro. «Llevo mucho tiempo escuchando la pregunta de cuándo vas a matar a Ricardo Blanco. No sé si me atreveré a matarlo». Pero, de momento, lo ha intentado en el noveno libro de su saga donde presenta a un detective cansado y reflexivo. «Se me están haciendo mayores. Gervasio se jubila en la próxima novela», anuncia el autor que no piensa eludir el envejecimiento de su personaje que ya en 1999 rozaba los 40 años. «Si te planteas una saga, el personaje tiene que evolucionar. A menos que juegues con las precuelas. Algo que no me convence. Me convencería si ganara un pastón por cada novela, pero eso no sucede».

Uno de los temas que le preocupa a Ricardo Blanco en esta novela es cómo afecta el mundo virtual -las redes sociales y los sistemas de mensajería- en el modo de relacionarse de los nativos digitales. «Es una situación a la que nosotros nos hemos intentado adaptar y nos sigue sorprendiendo. Venimos de la cultura del café, no de exponernos públicamente con la vehemencia y rotundidad de las redes sociales», explica Correa, preocupado por este aspecto en calidad de profesor y padre. «Nuestras relaciones personales y emocionales siempre fueron cara a cara. Tengo la sensación, hablando con mis amigos, de que vivo en un mundo que ya no es mío y es un mundo que llega para quedarse», reconoce el escritor que se define como un «inmigrante digital».

No es la primera vez que Ricardo Blanco reflexiona sobre este asunto, por ello Correa cree que la interferencia de las nuevas tecnologías en las relaciones humanas estallará de forma más contundente en una próxima entrega de la saga. «A veces -afirma el escritor- voy tocando temas poco a poco, y luego estallan. El tema de la violencia machista lo había tratado puntualmente y estalló en Mientras seamos jóvenes».

«Ahora se establecen relaciones y dinámicas diferentes. Los jóvenes prefieren encerrarse y mi generación es de callejear, sobre todo en una ciudad como Las Palmas de Gran Canaria. ¿Cómo puedes estar en casa con un día tan espléndido como el de hoy? No se entiende que prefieran estar conectados. El mundo digital es como una droga que les llena mucho espacio», recalca.

Denuncia social.

Aunque esta vez Ricardo Blanco ha tomado un tono introspectivo, para José Luis Correa el papel de la novela negra sigue siendo el mismo que ocupó en los años 50: estar apegada a la realidad social a través de la denuncia. «Un periodista sabe un montón de cosas que no puede decir porque le costaría el puesto y el escritor lo puede decir. Estás arropado por la ficción. El escritor puede llegar a donde el periodista no pueda», explica José Luis Correa sobre su rol de cronista de su tiempo.

Además, según el escritor, es un género muy agradecido porque tiene una legión de fieles. «Son lectores que te siguen, te mandan correos, te preguntan por la próxima novela. Ya he recibido tres o cuatro correos de gente que viene de vacaciones a Canarias y quiere que los vea para firmarles el libro», comenta sonriente.

Por otra parte, la afición al género negro ha ayudado a Ricardo Blanco a rebasar fronteras. «La primera edición extranjera fue en finlandés. Me llamó la atención. Hay finlandeses que leen mucho y veranean en Canarias. Luego, se tradujo en Alemania y en Italia. Siempre hay proyectos, aunque no terminan de cuajar (...) No descarto que hayan cuajado. Se iba a traducir al sueco y al búlgaro. También hay un proyecto para llevarlo al francés, pero es más bien en un ámbito universitario», explica Correa, cuya dedicación a la escritura es totalmente vocacional porque su medio de vida es la enseñanza. «La mayoría de los escritores de Canarias, salvo Alexis Ravelo, se dedican a otra cosa. Conozco a profesores que escriben, a periodistas que escriben, a abogados que escriben... Pero dedicarse exclusivamente a esto me parece muy difícil», sostiene Correa. De hecho, en sus encuentros con los estudiantes de los institutos, le suelen preguntar si se puede vivir de la escritura. «Les digo que un autor recibe un euro por cada libro vendido y, para cobrar 12.000 euros al año, pagando impuestos, hay que vender 14.000 libros todos los años. Eso es muy difícil», asegura.

Tampoco se queja de esta circunstancia. «Me da mucha libertad no vivir de la literatura. Escribo sin ninguna presión. No necesito tener una novela acabada porque, si no, no como. Tampoco tengo que escribir 50 sombras de Grey en La Isleta», dice con sorna.

Con esa misma libertad se expresa sobre sus preferencias lectoras cada viernes en la Cadena Ser. «Hablo de los libros que me gustan y, si entre ellos están los de mis amigos, genial», comenta el autor que recalca la falta de un corpus crítico en Canarias que «ponga a todos en su sitio. No soy yo el que los tiene que poner», comenta Correa.

En su caso, reclama la presencia de los autores en los medios como una vía para reivindicar su presencia frente a una maquinaria editorial copada por tres grandes grupos editoriales que promocionan por tierra, mar y aire a sus estrellas. «Uno quiere competir en igualdad de condiciones. No tengo por qué pretender que me lean a mí ni a mis colegas canarios, sino que sepan que estamos aquí y que vean que no somos tan malos».

Tampoco es partidario de las subvenciones a la edición que, a veces, perjudican a los autores porque los libros quedan amortizados sin llegar a las librerías. En este sentido, prefiere que las administraciones apoyen a los nuevos autores: «auténticos desconocidos» que están haciendo «cosas interesantes».