La cirujana de los libros heridos

26/04/2020

Cruz Lorenzo se disponía a planificar el trabajo del día seleccionando en uno de los compactos metálicos que albergan los húmedos sótanos de la Biblioteca Insular, algunos de los libros que integran el fondo Fernando González. Por azar. Así fue como la restauradora fijó su mirada en un insospechado ejemplar que le llamó entonces poderosamente su atención, que por error había sido ubicado con los correspondientes al siglo XVII. Lo tomó delicadamente en sus manos y descubrió que se trataba de una sorprendente edición fechada en la ciudad italiana de Venecia en 1540, escrita por el dominico reformista que murió ahorcado y luego abrasado en la hoguera por orden de la Iglesia, Girolamo Savonarola (1452-1498).

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El pulso de su corazón se aceleró. En aquel instante comprendió que su caprichosa decisión de haberse detenido ante aquella estantería concreta había provocado el descubrimiento del libro más antiguo y, quizás de uno de los más relevantes, de cuantos custodia la biblioteca que gestiona la Consejería de Cultura del Cabildo grancanario.

La encuadernación en pergamino del ejemplar escrito por aquel fraile rebelde que azotó con su lengua de fuego el viciado y corrupto poder de la curia romana bajo el pontificado de Alejandro VI, y de la influencia hegemónica de Lorenzo de Médici que abrió la puerta al Renacimiento, se trata de una joya escrita en italiano antiguo hace 480 años que contiene ricos grabados e impresa por Volpini que, junto al legendario Aldo Manuzio, impulsaron de manera deslumbrante el nacimiento del negocio de los libros en el centro del mercado globalizado que fue la Venecia del siglo XV. «Mis manos sostenían un objeto cuya fecha de edición había convivido en el tiempo con otros genios como Leonardo da Vinci, los miembros de la saga de los Borgia, Miguel Ángel o Cervantes», explica Cruz Lorenzo, quien acometió durante el pasado año la restauración de este centenario ejemplar de Savonarola.

Publicado con posterioridad a su poema titulado De ruina mundi y a su De ruina Ecclesiae, este libro del dominico presentaba algunas dolencias que Cruz Lorenzo fue curando con mimo en un taller habilitado en la propia biblioteca. La restauradora canaria, que también ha intervenido en algunos documentos de otro de los fondos más importantes que reside en la mencionada biblioteca, el musical de Orleans, analizó y valoró los daños y su etiología, para luego establecer un plan de intervención y recuperación que ha respetado todos los elementos y valores de este ejemplar, «cuya cubierta exterior estaba muy sucia, con añadidos impropios como cintas adhesivas y residuos de excrementos de insectos, entre otros males. Apenas unos minúsculos milímetros de vida en forma de hongos podrían terminar con la existencia de este ejemplar del siglo XVI», explica.

El que tenía delante dejó ver sin ningún pudor la edad de sus más de cuatro siglos toscamente encerrados por dos cordeles. Sin necesidad de desmontarlo fue limpiando su suciedad mecánicamente con soluciones hidroalcohólicas y ayudándose de un hisopo. Con sus brochas japonesas y ayudándose de un aspirador con filtro hepa especial empleado en la restauración museográfica, fue eliminando el polvo de sus delicadas hojas que, con el paso del tiempo y las pésimas condiciones de aquel sótano, se habían adueñado sin piedad de las mismas. Finalmente, tras reintegrar su deteriorada guarda trasera confeccionó un estuche de cartón rígido a medida con la finalidad de blindar el libro para siempre.

«Yo hablo atenta y pacientemente con los libros y les pregunto que qué les ocurre y necesitan», advierte esta especialista en documentos gráficos, que agrega que su misión no es otra que «recuperar el valor de los libros antiguos como legado cultural y artístico, porque la restauración otorga una segunda vida al libro, que renace como vehículo transmisor de cultura. Artesanía, delicadeza y minuciosidad son los parámetros que lo hacen resurgir», dice. «Se establece un diálogo entre la pieza y tú, difícilmente de describir, porque hablo de sensaciones íntimas. Me adentro en este Savonarola escuchando el sonido de sus hojas al pasarlas y me pregunto quién fue el pergaminero, el tipógrafo... Me fascina esa magia alrededor de sus enigmas.

En realidad, lo que hizo Lorenzo fue cuidar su cuerpo intentando evitar tocar su alma, lo que transmitió en su día, que es lo que siempre se esmera en conservar.

Cruz Lorenzo pudo comprobar personalmente que en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, existe un ejemplar de parecidas dimensiones y mismo año de edición al de la Biblioteca Insular, aunque ambos mantienen algunas diferencias. «Difieren en el mes de publicación y contenido de sus páginas, aunque curiosamente las ilustraciones son similares y se trata del mismo impresor. El que se conserva en Gran Canaria presenta en su portada interior una pequeña cruz, mientras que el de Madrid opta por un peculiar trébol de tres hojas», comenta la restauradora que asimismo ha trabajado en el valioso archivo de la Casa Museo Pérez Galdós.

Es cierto que el fondo bibliográfico Fernando González no abarca los volúmenes que dejan atrás la cifra de los astros o de la arena del desierto, que diría Jorge Luis Borges, pero sí contiene entre sus aproximadamente 18.000 volúmenes, genuinos tesoros con los que esta sanadora de libros está familiarizada. «No me extrañaría nada que en este fondo apareciera otra sorpresa tan interesante como este regalo. Aún queda mucho trabajo de restauración por realizar en la Biblioteca Insular», concluye.

Adquirido en 1970 por el Cabildo grancanario, el fondo Fernando González (uno de los ocho que salvaguarda el mencionado centro de la Plaza de las Ranas) conserva una sección epistolar de unas 1.700 cartas, entre cuyos remitentes destacan Juan Ramón Jiménez, Machado, Pedro Salinas, Gómez de la Serna, Eugenio D’Ors, Azaña, Baroja o Valle Inclán. Su valor patrimonial es incalculable, con ediciones curiosas y muy raras de Lope de Vega o Tirso de Molina, primeras tiradas de Unamuno, Blasco Ibáñez, Azorín, Miró, Pérez Galdós, Machado... La mayora de los libros tienen dedicatorias autógrafas de los propios autores.