Borrar
Vea la portada de CANARIAS7 de este viernes 14 de junio
Claudia Piñeiro, durante uno de los actos de Aridane Criminal. ANDREW GALLEGO
«No voy a cambiar mis ideas para conseguir que me lean más»

«No voy a cambiar mis ideas para conseguir que me lean más»

entrevista a claudia piñeiro, escritora ·

La autora argentina ha presentado su nueva novela en España tras pasar por Aridane Criminal el pasado mes de enero

Victoriano Suárez Álamo

Los Llanos de Aridane

Domingo, 5 de febrero 2023, 01:00

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Compartir

La considerada como una de las grandes maestras de la novela negra contemporánea ha regresado a las librerías con la novela 'El tiempo de las moscas' (Alfaguara), donde retoma a Inés, la protagonista de su primera novela, 'Tuya'. Esta entrevista se realizó en el marco de Aridane Criminal, festival desarrollado en la localidad palmera de Los Llanos de Aridane, el pasado mes de enero, bajo la dirección de Alexis Ravelo, escritor grancanario fallecido el pasado lunes, a los 51 años.

-¿Qué le llevó a mirar atrás y escribir 'El tiempo de las moscas', donde recupera al personaje central de su novela 'Tuya'?

- En realidad, por qué surge una novela es muy azaroso. Todas las reflexiones suelen ser a posteriori de la escritura. A veces me viene el editor de una novela y me dice de poner en la contratapa ciertas cosas y le doy la razón a la reflexión que se pone, pero no es que yo lo haya pensado cuando iba a escribirla. Generalmente parto de una imagen disparadora y de los conflictos de los personajes. En este caso sí que aparecen temas como el peso del pasado que no nos deja progresar en el presente, como una idea abstracta que no había pensado previamente. Sale de forma inconsciente. Suelo decir que hay algo de la materia de los sueños. Sueñas con algo y no sabes por qué lo has soñado. En la escritura hay algo de eso, pero en el caso de esta nueva novela existe un hecho concreto. Soy amiga de un escritor argentino que se llama Guillermo Martínez, al que quizás conozcas por 'Crímenes imperceptibles'. Fue a dar un año un seminario a Estados Unidas con tres novelas latinoamericanas y una fue 'Tuya'. Al volver me dijo que vos tenés que hacer una continuación. Le dije que cómo lo iba a hace si la mujer acaba presa al final de 'Tuya' y yo no me veía escribiendo una novela carcelaria, porque es un mundo que no conozco y no me resulta atractivo. Me dijo que hiciera como Patricia Highsmith en 'El talentoso señor Ripley', donde sabes que el personaje ha asesinado a alguien y a pesar de ello te encariñas con él. Dos años atrás, con la pandemia y donde todos estábamos pensando qué hacer se dieron dos cosas. Por un lado, hice un curso de entomología forense de forma virtual. Me parecía muy interesante lo de juntar la vida de los insectos para averiguar cosas de la muerte de las personas. Y comenzó a darme también vueltas la idea de Guillermo. Y me planteé intentarlo. Empecé a hacer cálculos y en 15 años Inés podía estar fuera y me salté toda la vida carcelaria. Cuento cuando una persona vuelve a la sociedad. En este caso una mujer que tenía unas características muy machistas, de aceptar el deber ser de una mujer de años atrás. Y vuelve a un mundo totalmente distinto. Ella está modificada por los años de cárcel y por las nuevas reglas de ser mujer.

«Me han atacado por mi defensa del aborto y desde las iglesias evangélicas por la serie 'El Reino'»

-¿Con esta ficción también quería mostrar y reflexionar sobre esa evolución de la mujer en la sociedad contemporánea o también vino a posteriori?

-Fue saliendo, pero era imprescindible. En el caso de este personaje era brutal, aunque ella en seguida comienza a entender que había otro tipo de mujeres desde que estaba en la cárcel. Quiero aclarar que 'El tiempo de las moscas' se puede leer sin haber leído 'Tuya'. En la primera ella era patriarcal, no tenía demasiadas amigas y a ellas les fingía que tenía una familia perfecta, por lo que nunca tenían diálogos demasiado profundos. Al entrar en la cárcel comienza a relacionarse con mujeres muy distintas a ellas, que le muestran un mundo diferente y otras formas de ser mujer. Muchas mujeres que ya han leído la novela me dicen que se sienten identificadas, porque a cierta edad, aunque coincidas en que los cambios son necesarios, te cuesta adaptarte cuando vienes de muchos años con una realidad distinta. Hay cosas que aceptás, otras que no aceptás. Y otras que te gustaría aceptar pero no podés. El proceso del personaje de Inés invita a acompañar esos cambios que fueron muy vertiginosos para muchas mujeres. A las que tienen la cabeza más evolucionada les cuesta menos, pero a otras les cuesta mucho más. Otras necesitan más tiempo y algunas lo aceptan, aunque no lo compartan, porque ven que el mundo va hacia ese lugar y sus hijas y nietas lo aceptan.

-Queda mucho camino por recorrer, sobre todo porque los avances no son los mismos en todos los países...

-Queda muchísimo. Aún hay países donde hacen ablación de clítoris a las mujeres, donde no pueden educarse, etcétera... Pero en los países donde eso está superado, la desigualdad aún es impactante. En Latinoamérica quedan muchos países donde aún se lucha por el aborto. En Europa, también y en Estados Unidos surge el tema de nuevo. Reaparecen ideas que parecían superadas. Una de las cosas más impactantes para mí que sigue existiendo es la violencia de género. Siguen existiendo crímenes en manada, hombres que matan a mujeres en senos familiares, mujeres a las que les cuesta acudir a las comisarías y que las protejan después. Y después están las leyes de cuidados. En las últimas mediciones en Argentina, un 20% del producto bruto interno es trabajo gratuito interno de las mujeres. Seguramente en España no es mucho menos. Eso demuestra que algo no está funcionando. Durante mucho tiempo nos han hecho creer que ese trabajo se hace por amor. Tenemos amor por esas personas, pero quienes los atienden también tendrían que compartir ese trabajo y si no hay con quien hacerlo, debería haber leyes del Estado que compensen ese trabajo gratuito.

-En sus novelas la reflexión sobre la sociedad es fundamental. ¿Llegó a la literatura para contar y analizar el mundo que le ha tocado vivir o fue el mundo que le rodea el que le ha impulsado a hacerlo?

- [Risas] Me gusta la segunda teoría. No sé dónde está el huevo y la gallina. Pero cuando terminé el colegio de Secundaria yo quería estudiar sociología. Tiene bastante que ver con la mirada que tengo del mundo para contarlo en la literatura. Cuando pensé en estudiar sociología era el año 1978, en plena dictadura militar que empezó en Argentina en el 76. Secuestraban estudiantes de sociología... Me hice un test vocacional y la psicóloga me dijo que fuera a la Facultad y preguntase qué opinaban. Me dijeron que iba a terminar muerta dentro de una zanja. Quedé muy temblorosa. Cuando tenía que entrar en la Universidad, cerraron esa facultad y otras carreras humanísticas, porque suponían que de ahí salían los subversivos. Cuando las reabrieron fue con profesores del régimen. La psicóloga me dio un consejo más de cuidado que de profesional. Creo que desde esa temprana edad ya tenía la vocación de contar la realidad. Cuando empiezo a contar historias, mis personajes salen a la calle y cuentan lo que ven. Y lo que ven está muy atravesado por lo que sucede.

-¿Ha sufrido presiones y reacciones adversas de los estamentos políticos y económicos a raíz de sus novelas?

-He tenido dos situaciones con muchas agresiones verbales desde distintos sectores. Una fue con la Ley de aborto en Argentina. No es algo de lo que escribo, pero si alguien me lee, sabe que en 'Tuya' el aborto estaba presente. Las mujeres que pedimos una Ley de Aborto seguro, legal y gratuito no significa que vayamos a abortar. Eso es para las que lo necesiten y lo deseen. La niña protagonista de 'Tuya' finalmente no lo lleva a cabo. La novela lo que mostraba era esos lugares clandestinos para abortar. La gente me leía sin pensar en ello. Cuando salió lo de la Ley del aborto y comencé a militar hubo gente que se sorprendió y escribían barbaridades. Creo que muchos que me decían que no me iban a leer más a raíz de eso, ya no me leían antes. Me preguntaban si no tenía miedo de perder lectores. Mi respuesta era que es algo irremediable, porque es lo que pienso. Leo a autores que no me gusta cómo piensan en algunas cuestiones políticas. Pero los leo igual. Hay otros a los que no los leo porque no me gustan y hay muchísimo para leer. Si alguien no me lee porque no le caigo bien por lo que pienso, no voy a cambiar o tapar mis ideas en función de eso. También es cierto que a raíz de eso se me acercaron muchísimas generaciones jóvenes. Me encontré en las ferias de libros con muchos chicas y chicos jóvenes que se habían interesado por lo que yo escribía. Cuando la Ley del aborto, yo presentaba a Leonardo Padura en Buenos Aires, en un acto organizado por una Fundación médica. Esa institución comenzó a recibir unos 200 llamados por día diciendo que me bajaran del acto porque iban a boicotearlo. Aunque la presentación no tenía nada que ver con el aborto. Cuando llamaron a Padura sobre esta situación, le dijo al periodista: «¿Pero cómo? ¿En Argentina no tienen legalizado el aborto, si en Cuba contamos con Ley de aborto desde hace años?» Desde fuera se ve Argentina como si todo fuera Buenos Aires, como si fuera un país progresista. Eso es un pedacito de la Argentina. En Buenos Aires también hay gente que no lo es ni tiene la mente abierta en favor de la defensa de las personas. Por suerte la editorial de Padura se mantuvo y salió todo perfecto. Ahí sentí algo muy directo. Cuando también tuve más agresiones fue con la serie de 'El Reino'. Es una ficción pero se representa a un pastor evangelista captado por los grupos políticos para ser vicepresidente de Argentina. Tuve muchísimas agresiones desde la religión. Vino de parte de personas que me decían que por qué me metía con el evangelismo. Yo no lo hacía. Una asociación de iglesias evangélicas sacó un comunicado donde decían que no querían censurarme, pero todo lo que ponían en el texto invitaba a ello. Es una asociación muy poderosa económica y políticamente. Tras leerlo me puse a llorar. Es una serie que escribí con distintas personas. Pero el comunicado describía la situación como si yo fuera la serpiente que llevó la manzana podrida al paraíso de Netflix y los convencí de que tenían que hacer eso. Y que lo hice porque soy abortera, que es como llaman despectivamente a los que defienden el aborto. No mencionan a Marcelo Piñeiro como el autor de la serie. Todo contra mí. La reacción de la sociedad fue muy positiva hacia mí, pero eso no quita que me diera miedo. A los dos o tres meses, uno de los directivos de esa asociación fue condenado y metido preso por 60 abusos, incluidos varios niños, dentro de la iglesia. ¡Qué caraduras para escribir eso sabiendo que tenían a alguien de muy alto rango que iba a acabar preso! También me llegó el apoyo de muchas personas que pertenecieron a esas iglesias y que han recibido terapia de conversión porque eran gays. También me contactó gente que me contaba su buena experiencia dentro de esas iglesias. Yo lo que hice fue contar una ficción, con un conflicto ficticio.

-Aunque no lo busque, ¿esas reacciones también ponen de manifiesto que va por buen camino analizando la sociedad con sus ficciones?

-Las agresiones hubiera preferido evitarlas. Pero sí que es cierto que cuando la serie se estrenó en Argentina, en el país no se hablaba de otra cosa. No en la magnitud del Mundial de fútbol, que va a durar todo lo que podamos [risas]. Era lo que se hablaba en la calle, en los colectivos y en todos los programas de la tele. Eso indica que vos tocaste con la ficción un tema latente, que la sociedad quería debatir pero que no se ponía en marcha. Eso no pasa todo el tiempo.

-Remueve conciencias y genera una sociedad más reflexiva y por tanto más inteligente...

-Lo que lo puso ahí arriba fue la religión. La serie toca muchos otros temas, como la manipulación de la política, la ultraderecha, la justicia que no puede hacer nada porque los intereses los tapan, los servicios de inteligencia que manejan algunos países desde fuera...

-¿Tiene solución Argentina?

-Estoy desesperada. Pensás que en los próximos años se logrará, pero a esta edad ya no lo sé. No sé cuál será la solución, si es que la tiene. Tenemos un grave problema por pensar de manera dicotómica. Pensamos que el próximo gobierno va a arrasar con todo lo que se hizo antes. Hay cosas que igual estaban bien, pero de todas formas se van a arrasar. No acabamos de implantar cosas a largo plazo. En la cultura... ni que hablar. Las cosas necesitan años de continuidad y ves que llega el nuevo y lo tira todo por la borda. Eso es complicado para la estabilidad del país. Si España está dos años sin presidente, las cosas funcionan porque las instituciones están afianzadas. En Argentina eso es impensable, porque es un sistema presidencialista y todo pasa por sus manos.

-¿El intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner fue un punto de inflexión?

-Debería serlo. Fue tremendo que quisieran matar a la vicepresidenta de un país. Lo vi casi en directo y quedé en estado de 'shock'. Lo vimos en directo en la televisión y a pesar de eso empieza aparecer gente que no lo cree, que dice que estaba todo 'armado'. La gente acomoda todo según su sesgo político. Para mí es un hecho gravísimo y tuvimos mucha suerte de que no acabara mal, porque el país estaría sumido en un desastre. Pero lo increíble es que no se habla del tema. No sé que pasó con las personas que fueron presas, quién las incentivó o si eran unos aislados. Necesitamos saber y saber rápido, porque la Justicia se toma mucho tiempo en la Argentina. El juicio de las Juntas, en la época de Alfonsín, se hizo en 14 meses. En un año juzgaron a los militares. Hoy, la condena por corrupción a Cristina Fernández fue en diciembre y ella la apeló. Pero no sabemos aún cómo los jueces llegaron a esa conclusión. Van a presentar lo que nosotros llamamos los considerandos en marzo. Eso genera que las instituciones sean muy débiles en Argentina.

-¿Novelará el triunfo mundialista de Argentina?

-[Risas] No creo. Da para una buena novela. Al día siguiente salí a la calle para ver si pasaba el equipo por dónde yo estaba, igual que 200.000 personas más. No pasaron porque se los llevaron en helicóptero. Pero estuve, con mis hijos y amigos, seis horas allí esperando. De esa locura participamos todos. Ahora bien, escribí un artículo corto con respecto a algunas cosas, a pesar de haber participado de las celebraciones y de que seguimos mandándonos imágenes del Dibu moviendo los hombros en los WhatsApp. Reconozco que al principio encaré el Mundial con muchos prejuicios y que no quería ver los partidos. Me parecía muy tremendo pedir por los derechos de las mujeres de Irán y no decir nada por las de Qatar. Igual que con los colectivos LGTBi y con los trabajadores que murieron en la construcción de los estadios. Me pareció atroz. Después, la gente a tu alrededor se volcaba y querés participar de esa felicidad. Terminé viendo los partidos y festejando. Pero eso no me hace olvidar. No debemos caer en el objetivo buscado por los que llevaron el Mundial para lavar en el exterior la imagen de Qatar.

Publicidad

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios