'La puerta del Faro', deJuan Hernández. / C7

Juan Hernández. La pasión de vivir

Pintura. El comisario de la muestra sobre el artista grancanario, que se puede visitar hasta el 18 de septiembre en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), analiza su trayectoria

CARLOS DÍAZ-BERTRANA

Artista precoz en la vida en la muerte, Juan Hernández fallece unos días antes de su cumpleaños 32, en la Gran Canaria de 1988. Encarna al artista romántico y su destino trágico.

Autodidacta y con un ímpetu vital exuberante, llega como un cometa al arte canario. Al principio su poética oscila entre el arte conceptual y la pintura informalista. En 1977 realiza sus 'Paisajes en blanco y negro'. Arte informal, expresionismo y abstracción de las tierras quemadas de Lanzarote. Un mundo primigenio, en expansión, de vacío, fuerzas y tensiones. En blanco y negro como el de Saura y Millares, los líderes de El Paso, pero sin su carga política. Más poético que ideológico, Juan Hernández merodea el expresionismo abstracto americano y su vindicación de la pintura gestual, de acción y espontaneidad; transmite urgencia vital, unifica el acto de pintar con su psiquis.

En 1980 pasa unos meses en París y un alud de color entra en su pintura. Matisse, Cezanne, los postimpresionistas, Seurat, Monet, revitalizan su poética, la llenan de luz y alegría vital. Amplía el tamaño de los formatos, compone con campos de color vibrante a lo Rothko, sensualidad cromática francesa y luz atlántica. En 1981 su linaje de expresionista abstracto se fecunda con una pincelada serial de tradición postimpresionista que dinamiza la imagen. Una pincelada amplia, un vértigo diagonal que se expande y superpone sobre las formas, una ventolera cromática que trae la técnica pictórica que lo define, su «forma de decir» a base de capas delicuescentes, friegas, lavados, veladuras, transparencias y colores puros, brillantes.

En Madrid

En 1983 llega a Madrid y se instala en 'La Nave'. Un viejo edificio industrial que fue fábrica de hielo y criadero de halcones, y ahora es 'meeting point' de intelectuales y artistas donde tenían sus estudios los hermanos Quejido, Enrique Leal... y Fernando Carbonell que publicó un hermoso texto sobre los años de Juan Hernández en Madrid. Era el tiempo de La Movida y la Transvanguardia, de efervescencia cultural, de apertura a nuevas ideas y experiencias.

Lewis Carroll se pregunta de qué color es la luz de una vela cuando está apagada y Juan Hernández pinta «con la tonalidad del lugar en que vivo». No hay playa en Madrid y «los amarillos desaparecen de mi pintura». Es más oscura y melancólica, dialoga con los temas clásicos, con los grandes maestros que estudia en sus frecuentes visitas al Museo del Prado y los que ve en exposiciones temporales: Velázquez, Zurbarán, Tiziano, Morandi... Concilia la experiencia sensorial con lo simbólico o historicista, con una reflexión más poética que crítica de la historia del arte. Los bodegones y las alegorías entran en su poética. Su inmersión en la pintura histórica es secuencial, primero en el expresionismo abstracto, después el postexpresionismo y el fauvismo, y ahora los clásicos del XVI y XVII. A Madrid llega con 4 cuadros de 'Las Infantas', compuestos al modo abstracto. Grandes campos de color y la silueta de la figura ocupan un espacio colorista de estructura minimal. De la profundidad espacial y conceptual de Velázquez a la síntesis y superficialidad de la modernidad.

Reinvención

Más compleja y metafórica es su reinvención de la 'Venus recreándose en la Música' de Tiziano. De la composición desaparece paisaje, perro y mujer desnuda. Sólo queda el organista y el objeto de su deseo ya no es Venus sino una cafetera común, la Bialetti Moka Express. La alegoría neoplatónica de los sentidos, de la vista y el oído que nos aproximan a la belleza, es diluida por el humor y la desmitificación. También el olfato parece decirnos con una sonrisa la cafetera. Los colores poco galantes, grises y negros, señalan que no intenta recrear la sensualidad y el erotismo del cuadro de Tiziano sino «avanzar hacia una utopía, el fin del arte no es ser original», dice. Y, para no distraerse, a veces su aproximación a los clásicos atiende más los problemas de composición y luz que los de color y voluptuosidad. Pero en otros cuadros de esta serie es Venus la que está sola, reclinada, desnuda, mirando una cafetera; flotante en un mar de pintura rota, en una composición quebrada por bandas de color. No pinta la belleza femenina sino el arquetipo de mujer y amor carnal.

Desde entonces la figura humana desaparece. La había pintado ocasionalmente y eran personajes de ficción; de la historia del arte venían sus meninas, organistas, Venus y Cupidos... «Pero el hombre está siempre en mis cuadros, representado por los elementos que a diario lo acompañan. Una trompeta, una mesa, una lámpara, una silla. Objetos creados por el hombre». En la vorágine de la existencia los objetos familiares nos dan cierta estabilidad, un 'asidero a lo real'.

El bodegón

El otro tema clásico que explora es el bodegón. Fernando Carbonell: «En el 84 fue la exposición de Morandi ¡Que impresión nos dejó su serenidad, su modestia, su oficio de pintor, su elegancia!». Juan Hernández la fecunda con la horizontalidad del 'Bodegón con cacharros' de Zurbarán que estudió en el Museo del Prado y le da vida propia. Vasos, copas, tarros, platos, tazas, cafeteras... Sin frutas ni animales, apenas unos pocos objetos modestos, habituales, colocados sobriamente en un espacio difuso. Sin apenas textura y volumen, con una gama pictórica reducida. Azules y blancos y negros en los objetos horizontales. La pincelada más amplia y suelta en las tazas verticales y en las cafeteras solas, el objeto que más pinta.

De las series más intensas de su etapa en Madrid son las cafeteras sobre mesas en el Lago y en el Prado, 'un paisaje de sombras y melancolía'. De estructura compleja e iluminación tétrica, supone un avance en su concepción espacial, ajustando las diagonales barrocas, unimismando paisaje y motivo. El bodegón se abre a la naturaleza que entra ahora en su poética y protagonizará su etapa final de playa y mar. La «escenografía» se amplía, pero del bodegón sólo quedan una mesa y una cafetera o unas naranjas. Menos objetos, la ambición pictórica trasciende el tema.

Los objetos y los animales van entrando en su poética y la cargan de simbología. Sus Animales solitarios, «meras siluetas de la vida y autobiografía», se construyen como 'Las infantas': masas de color fluido y turbio, figuras esquemáticas, dibujo hierático y nítido. A veces los rodea un cielo estrellado, 'la forma móvil de la eternidad', el fulgor, la multiplicidad y la noche, motor del deseo. 'Persiguiendo una estrella para Ely' titula su mural de 1985. Ya no hay animales, sólo estrellas brillando en el azul cerúleo.

Las series se suceden. 'Los calamares y peces', nostalgia del mar de Canarias e investigación del ritmo en la pintura, poesía abisal. 'La repetición cambia la percepción del tiempo y se transforma en estructura'. Las 'sillas' vacías con gatos, los barcos de papel, frágiles como el amor, a la deriva en un mar calmo o agitado, y siempre turbio, opaco, con muchas veladuras. Las 'lámparas', donde prosigue su indagación de la verticalidad, la luz, el espacio el color y la superación dialéctica de la dicotomía abstracción/figuración. La lámpara como todo objeto permite una lectura simbólica: decora e ilumina en el mundo real, en el de Juan Hernández su función es constructiva.

En 1986 vuelve a Gran Canaria, a las playas de su infancia, Las Canteras, Maspalomas. «El mar no lo veo como isla o como tema sino como fondo y luz». En realidad su 'tema' es la pintura, que informa de sus afanes: el amor, la muerte, la sensualidad, la pasión, la soledad, la obsesión que le lleva a pintar casi 60 lienzos de El Faro, y la velocidad e inmediatez que caracteriza su tiempo. La obra es una inmersión existencial en lo pictórico, como Goethe, «busca una forma que no sea rígida inmovilidad sino transcurrir y devenir, vida».

Emocional

Manuel Padorno, el gran poeta de Las Canteras y el mar, escribe: «Juan plantea de manera vibrante todos los problemas que tiene la pintura actual, la conjugación de la abstracción y la figuración, la verticalidad, la horizontalidad, la cantidad de pintura que debe tener el lienzo, así como la frescura del brochazo». La «danza curva del agua en la orilla» y El Faro, el deseo erguido, estático, la sexualidad alerta; el motivo vertical impera en la composición. Como se ha dicho de la música de los Beatles, una reivindicación de las sensaciones por encima de las certezas del pensamiento y la reflexión. Su pintura siempre es emocional.

El Poema del Faro, «experiencia estética del recuerdo» que se activa en Madrid y pinta obsesivamente, tal vez para atrapar la vida, el amor y el tiempo. El artista agorero: «Siento cada vez más que tengo poco tiempo, que por mucho que trabaje no tengo tiempo de realizar todo lo que tengo que hacer...pinto muchos objetos y pocos cuadros». El faro, una playa y el mar, un paraíso crepuscular. Repetición y ejercicio de estilo a lo Wittgenstein ¿Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo? Y en los últimos cuadros, más allá del litoral, alegoría del amor y de la muerte con los mismos protagonistas. La esterlicia, ave del paraíso a la deriva acuática y Cupido: cabalga juguetón una ballena blanca, la vida y la pureza, en un piélago del que emergen columnas y capiteles, tal vez de la improbable Atlántica... Abatido del cielo avanza por la Laguna Estigia ¿hacia el mundo de los muertos? Vaya usted a saber, en su poética lo narrativo es un dios menor y la simbología en las obras de arte suele ser más intuitiva que deliberada, fecundo azar e inconsciente colectivo: el mar según Carl Jung.