El tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz, en el patio de butacas del Teatro Pérez Galdós, donde anoche estrenó 'Los cuentos de Hoffmann', con ACO. / COBER

«Hoffmann es un rol destruye voces que requiere cierta madurez»

El cantante mexicano protagoniza este jueves y el sábado las últimas funciones de 'Los cuentos de Hoffmann', en el Teatro Pérez Galdós

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

El tenor mexicano Arturo Chacón-Cruz da vida a Hoffmann en el montaje de la ópera de Offenbach, que este jueves y el sábado, a partir de las 20.00 horas, cierra la 55ª temporada de ópera de Las Palmas de Gran Canaria Alfredo Kraus, en el Teatro Pérez Galdós. Comparte elenco en esta producción de los Amigos Canarios de la Ópera (ACO) con Carolina López Moreno, Aitana Sanz, Olga Syniakova y Rubén Amoretti.

-¿Cómo ha encarado este rol de Hoffmann, que incluso ha representado en la Scala de Milán?

-Es un papel que representé en Milán tras representarlo antes en Turín y Japón. A la Scala llegué con el papel un poquito fogueado y es que creo que es un rol que lo necesita. Sigue cambiando cada vez que lo hago. Y no lo digo porque existan distintas versiones. He hecho siete diferentes. El personaje es el mismo, pero solo depende de cómo se acomoden las piezas y cómo se decide terminar. En algunas ocasiones se suicida y en las demás se queda abierta la posibilidad de que vuelva a ser un poeta o se tire al vicio permanentemente. En esta producción utilizamos la partitura que considero la más completa y 'operática'. Así es un papel muy romántico, trágico y fácil de digerir. En las otras versiones que te decía, el público en Japón, por ejemplo, estaba atónico porque no se esperaba algo tan fuerte al final. Y eso que allí la cultura del suicidio está muy extendida, aunque toca más la autocrítica y la vergüenza. Aquí hacemos una versión más operística, donde para la gente es como si fuera al cine. No vas habitualmente a ver una película extraña y para los críticos, sino que vas a divertirte. Aquí venimos a sentir un trayecto de principio a fin, que te va llevando y purificando los sentimientos que traes y negocias con lo que piensas y sientes. Este Hoffmann es muy romántico, trágico, cómico incluso.

«No me impone cantar en la tierra de Alfredo Kraus porque de él se aprende que hay que cantar con el alma»

-¿Desde un punto de vista vocal es un rol difícil y exigente?

-Sí. Recuerdo mi debut en 2008, en Turín, donde en los meses previos lo estudiaba muchísimo y pensaba en el trío con los bajos, que es dificilísimo... Me decía: ¡Dios mío, cómo lo voy a hacer! Por maña o experiencia, ahora no me cuesta tanto. Pero sí que me costó mucho. Es un papel que no se puede dejar de respetar. Un momento de descuido te puede lanzar al precipicio y terminas afónico.

-Desde fuera, se percibe que a nivel interpretativo tampoco debe resultar sencillo, ya que Hoffmann pasa por una montaña rusa emocional durante el desarrollo de todo el montaje.

-Así es. Resulta muy complejo. El otro día, mi mujer por teléfono me decía: «Ten cuidado y no te vayas a deprimir con este Hoffmann, que te deja deprimido a veces» (Risas del tenor). Es cierto que a veces sales del montaje con el corazón espachurrado. Tienes que buscar un equilibrio, porque tengo que dar todas esas emociones y sentirlas. Si las finjo, el público no las percibe. Tenemos que enamorarnos las tres veces, como el personaje. Sentir el amor y el desamor, rompernos el alma y el corazón en cada acto. Y la diferencia entre el prólogo, en el que ya llega destruido, y el epílogo, donde es trizas y pedazos. Tenemos que lograr que el público sienta esa diferencia y sienta empatía y un poquito de desprecio hacia el personaje que tanto se ha equivocado, aunque al final llega esa Musa que le ofrece la redención y canta esa aria de 'Dios, después de esta embriaguez'. Termina con las palabras «musa amada, soy tuyo», lo que significa que todos tenemos una nueva oportunidad a pesar de haber caído en el lodo y el fango. Siempre tenemos la opción de limpiarnos el alma y la vida.

El mexicano Arturo Chacón-Cruz, en el Galdós. / cober

-¿Había coincidido antes con sus compañeros de reparto de esta ópera de Offenbach?

-En 'Los cuentos de Hoffmann', no. Rubén Amoretti y yo hicimos recientemente 'El gato montés' en Los Ángeles. He compartido noches alternas con Jessica Pratt en Roma, pero no hemos cantado juntos (la soprano australiana de origen británico finalmente ha causado baja por enfermedad y ha sido sustituida por la joven valenciana Aitana Sanz).

-¿Se siente a gusto en la temporada de los Amigos Canarios de la Ópera (ACO), que ya conocía por otras producciones?

-Sí. Aquí encuentro el aire de la gente. El día que llegué, iba caminando por la calle y me encontré con un grupo de gente bailando en una clase al aire libre. Después vi a niños cantando por la calle... Así crecí yo, hace 40 años. Eso no existe en otros lugares del mundo, ya que la gente va como robots por la vida. Aquí, a pesar de que se tiene toda la tecnología y la actualidad del resto del mundo, el alma de la gente aún está 30 años atrás y eso es de celebrar y lo aprecio muchísimo. No hay que olvidar que las comunidades con mucho arte son las más felices.

-Imagino que hasta a nivel profesional, eso se percibe en la propia temporada de ópera de la capital grancanaria, en el funcionamiento interno del teatro, donde no se genera la frialdad de los grandes festivales y los grandes teatros...

-Eso es muy importante y por eso este teatro y esta temporada, a pesar de no ser de los más grandes del mundo ni de España, como has dicho, atrae nombres importantes. Encontramos aquí esa vida y la conexión con lo más importante. Además, eso se traduce en espectáculos de gran calidad. En la mayoría de los grandes teatros, salvo algunas excepciones, se produce ópera como si fuera una fábrica. Eso deja un estrago de cinismo, cansancio y anestesia por lo que ya no sientes nada. Si produces 280 funciones al año... ¿quién sobrevive a eso?

Un momento del ensayo general de 'Los cuentos de Hoffmann'. / nacho gonzález-aco

-¿La pandemia de la covid-19 no ha ayudado a cambiar esas formas de trabajar? ¿No ha humanizado lírica?

-No estoy seguro. He visto en muchas ocasiones que sí que se ha logrado. Pero también es cierto que ha generado otros estragos, como la inseguridad económica. Hay menos producciones, menos dinero para los montajes y para todos los profesionales y la competencia se ha hecho muy fuerte. Yo no soy combativo, voy a lo que voy. Hago mi trabajo y regreso a casa. No voy perdiendo el tiempo en riñas por eso o por lo otro. Eso no quita que me haya dado cuenta de que he recibido en ocasiones golpes inesperados, cuando yo a esa persona no le he hecho nada. Es un estrago muy feo de la pandemia, que se nota no solo entre los cantantes, sino entre los directores también. Se aferran a todo lo que pueden y eso es nocivo.

-Otro de los estragos son las reticencias que aún tiene el público por acudir a los montajes escénicos y musicales. En ocasiones por miedo al contagio y en otras porque durante estos dos años de pandemia han perdido ese hábito.

-Se ha hablado mucho de eso. Pero tengo que decir que todas las funciones que he tenido en Europa desde que empezó la pandemia hasta ahora, porque yo estuve en Barcelona en diciembre de 2020 con el teatro a media capacidad, siempre se ha vendido todo. En Estados Unidos sí que se ha notado más esa escasez de público, por las discrepancias en la vacunación y porque las reglas son más difíciles de seguir. Hay que volver a conectar con el público. Que entienda que este tipo de cosas son necesarias, que el arte y la ópera en particular te puede permitir explayarte, convertirte en alguien libre de los prejuicios que te hacen ir callado por la vida.

-El principal soporte para captar al público es el poder del directo, el que cada noche es distinta y lo que se transmite directamente desde el escenario a las butacas no lo consigue ninguna grabación o pantalla...

-Ulises Jaén (director artístico de ACO) tiene una gran capacidad para sentir lo que cada cantante pueda expresar, más allá del nivel de carrera. Todos los que vienen a esta temporada tienen una gran capacidad de expresión y conexión con el público. Por eso esta temporada ha tenido tanto éxito durante tantos años.

-¿Le impone cantar en la ciudad natal del tenor grancanario Alfredo Kraus y en una temporada de ópera que lleva su nombre?

-No, porque si algo se puede aprender de Alfredo es a cantar con todo el alma. Es lo único que puedes hacer correctamente. Me pondría nervioso si viniera a cantar con dudas y puertas cerradas. Pero he venido con todas las puertas abiertas y eso el maestro Kraus lo celebraría. Mi maestro Ramón Vargas sí que estudió con él. Yo no tuve la fortuna de conocerlo, aunque lo admiro muchísimo. Con los años, me doy cuenta de su maestría y su entendimiento del oficio. No era muy efusivo físicamente, porque con su canto lo decía todo. Creo que nos hubiéramos llevado bien (risas).

-Conecta usted con él también en su defensa de la música popular. Kraus cantó mucha música popular y folclórica además de lírica. Usted hace lo mismo con la mexicana.

-Es cierto.

-Algunos puristas no lo acaban de entender...

-Los puristas son un mundo pequeño. Y los entiendo. Tienen su razón de ser. Pero espero que también puedan comprender mi punto de vista. La música es para compartir, para todos. Los puristas, la música que aceptan no es para todos. Nunca en mi vida le voy a faltar al respeto a una partitura de Mozart, Puccini o Verdi ni a su estilo. Nunca. Cuando me subo al escenario, lo canto al pie de la letra. Cuando canto una ranchera la canto al pie de la letra también. Durante la pandemia, mi mujer, mi hijo y yo hicimos más de cuarenta conciertos por facebook. Cantaba ópera, música española, mexicana, argentina... un poquito de todo. Llegamos a tener cuatro millones de espectadores. Dos años después me llegan aún mensajes diciéndome cosas como, «maestro Chacón, gracias a usted me acerqué a la ópera y estoy encantada y nunca pensé que me iba a gustar. Escuché cómo cantaba 'Cielito lindo' y después vi los demás vídeos y me acerqué a este arte». Esto es lo que yo quería, lo que necesita este arte. Yo solo no puedo, pero si los cantantes líricos lo hicieran, estaríamos ganando a los reguetoneros.

Arturo Chacón-Cruz y Carolina López Moreno, en el ensayo general del domingo pasado. / nacho gonzález-aco

-La ópera cuando nació era un arte popular, después llegó el elitismo...

-Ese cambio se produjo porque producir ópera y a un buen cantante de ópera requiere de mucho dinero y de muchísimo esfuerzo, una y otra vez. Producir a un reguetonero no te cuesta nada, le modulas la voz con unos aparatos. Pillas a uno por la calle que esté guapo y que repita: «mamacita, mamacita...» y ya está, porque la máquina lo hace todo. A los que buscan hacer dinero fácil es lo que les interesa y los meten en las series, en las películas y hasta en los noticieros.

-¿Como cantante lírico no se enriquece también cuando aborda un repertorio de música popular o folclórica?

-Claro que sí. El primer ser humano que cantó fue hace medio millón de años atrás o así. Esa persona cantó por un dolor o una alegría muy grande. El canto popular se basa en eso. La ópera se ha refinado y ha creado una técnica para poder subir y bajar. Pero si no nace de esa alegría o de ese dolor, no conecta. Por eso creo que este montaje de 'Los cuentos de Hoffmann' es una experiencia bonita, porque todos estamos cantando con muchas ganas y pasión.

-¿Qué roles tiene previsto estrenar próximamente?

-Mi próximo debut es 'El baile de máscaras', de Verdi, en Washington, y el año que viene 'Turandot', de Puccini, en Francia.

-¿Es consciente de que una carrera larga se sustenta en una selección adecuada de roles?

-He rechazado más papeles de los que he aceptado. Es común ver cantantes que surgen y tienen una voz preciosa y que caen rápido. Yo tengo la fortuna de contar con los maestros Plácido Domingo y Ramón Vargas que me asesoran. Yo hubiera querido decir que sí cuando me ofrecieron mi primer don José, en 'Carmen'. Yo tenía 27 o 28 años. Y recuerdo que Ramón Vargas dijo que no a mi agente. No lo hice yo, sino él. Le dijo: «¿Estás loco?» Y colgó el teléfono. Tal vez por la juventud y el ímpetu habría querido decir que sí, pero he aprendido que tenía razón. Hoffmann, incluso, estuvo cerca, si no hubiese encontrado ese caminito alterno. Me podría haber destruido. Es un papel destruye voces. Se requiere una madurez para entender una pérdida, el desamor, que te rompan el corazón. Por familiares y amigos puedes entender la vida de un alcohólico, pero con 25 años es difícil. Aunque creas que sí que lo puedes entender. No es así.