Calles del centro de Cádiz durante el primer estado de alarma. / Francis Jiménez

Las heridas demográficas que España no sabe cerrar

En la estela de 'La España vacía', nuevos libros reflexionan sobre el futuro de las grandes capitales, las ciudades medianas y los pueblos

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTO Madrid

En España, el ruido de la bronca política y el miedo a las sucesivas crisis económicas silencian otras tendencias que, en el medio y en el largo plazo, han cambiado el país, y lo siguen haciendo más que las decisiones de los sucesivos gobiernos. Descubrir dónde viven los españoles, cómo viven (o sobreviven) y si viven donde quieren, o donde pueden, es el objetivo de tres autores que han analizado las tendencias demográficas del país y que han publicado obras recientes que coinciden en las dos primeras palabras de sus títulos, 'La España...'. Ellos luego completan los puntos suspensivos.

En 'La España de las piscinas' (Arpa), Jorge Dioni López (Benavente, Zamora, 1974) recuerda que el urbanismo es también ideología, desde el París de Haussman hasta el desarrollo de las ciudades españolas en el siglo XXI. Los PAU, que resumen el espíritu de esta nueva época, son «islas muy grandes» que se caracterizan por la homogeneidad de sus pobladores, bautizados como 'pauers' por López (él mismo se reconoce en ese término). «En medio de esas urbanizaciones hay una piscina, que sirve para forjar relaciones de amistad entre los residentes, y todo está vigilado y es seguro: cualquier padre se tirará al agua si a tu hijo le ocurre algo», simboliza el autor. Pero bajo una apariencia ordenada y feliz, el PAU esconde la ideología: en las afueras de las ciudades, han crecido amparados por operaciones urbanísticas no siempre claras; sin infraestructuras básicas, como colegios públicos o transporte público.

Eso obliga a sus vecinos a buscar servicios privados y a utilizar el coche para todo. Se sienten población de frontera, «pioneros», luchadores que salen adelante frente a todo y frente a todos y que ven el mundo como un lugar «hipercompetitivo» en el que cada uno «tiene que buscarse la vida», afirma López. «Existe una visión de 'ascensor social', que implica solo al individuo, en vez de 'movilidad social', que agrupa a la comunidad», asevera. «Y muchas veces», continúa el autor, «las personas que se benefician de este ascensor cierran la puerta a quienes vienen detrás».

Madrid, un «caso exagerado» de 'España de las piscinas' «por sus planes urbanísticos desde el año 89 y porque hay suelo», es un ejemplo de ciudad global que «participa de los flujos financieros, comerciales, de personas y de turistas», opina López. Pero esa pujanza de las metrópolis, duras pero beneficiadas de la globalización, se contrapone a las «ciudades intermedias», capitales de provincia que se beneficiaron de la bonanza de la segunda mitad del siglo XX y que ahora se enfrentan a «un escenario muy preocupante porque se están quedando fuera de esos procesos», expone el sociólogo y profesor de la Universidad de La Rioja Sergio Andrés Cabello (Logroño, 1973) en el libro 'La España en la que nunca pasa nada' (Akal).

Y eso que la apariencia de estas ciudades es, posiblemente, mejor que hace dos décadas. Se han modernizado, están limpias, no hay conflictividad y reciben a miles de turistas cada fin de semana. «¿En Logroño vivimos bien? Sí, se vive bien, pero también es un mantra con el que nos hemos socializado: no todo el mundo vive bien y si tienes un proyecto de vida diferente, te tienes que ir. La ciudad está perdiendo industria, población, hay menos trabajos en buenos sectores, como la banca, que se sustituyen por la hostelería», argumenta Cabello, que cree que estas localidades se enfrentan al futuro en desventaja. «Les toca jugar al Fortnite con fichas del parchís».

Modelo 'Guggenheim'

Las urbes medianas «han querido copiar el 'modelo Guggenheim' de Bilbao, pero a casi ninguna le ha funcionado», apunta el autor, que avisa de que el malestar social en ciudades como Cádiz, Jaén o Logroño, con altercados de diferente signo durante la pandemia, «son avisos». «Que se extiendan a más ciudades dependerá de cómo se responda a sus necesidades», señala. «Puede haber un problema de cohesión territorial si no se toman medidas», avisa. «Sin caer en visiones bucólicas-victimistas, el Estado debe tener una planificación en estos territorios. ¿Queremos que se queden en ciudades de fin de semana?», se pregunta.

Hace cinco años, el escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) abrió un campo de reflexión con 'La España vacía', una denominación que ahora domina el debate público, por la posibilidad de que representantes de estos territorios despoblados del país concurran a las elecciones. «En principio, creo que es un error haberse constituido en un partido. Las plataformas como 'Teruel Existe' ya eran suficientes porque aceptaban todas las sensibilidades. Al convertirse en una formación, entran en un juego político que las debilita», cree Del Molino, que acaba de publicar dos nuevos libros, 'Atlas sentimental de la España Vacía' (geoPlaneta) y 'Contra la España vacía' (Alfaguara).

En cualquier caso, el escritor constata que «ha habido un cambio de sensibilidad en la sociedad española». «La despoblación era un fenómeno crucial en nuestra identidad y hasta la publicación del libro, se percibía como algo nostálgico. Pero ahora tiene una dimensión de conflicto. El libro dio un armazón público a muchas personas que hasta ese momento sufrían hasta un sentimiento de culpa privado por haber abandonado sus pueblos». «Lo más importante», cree Del Molino, «es que ahora miramos esa parte de nuestra historia».

Pero ¿hay solución para la España vacía? «Mi sueño es genérico y tiene que ver con toda la sociedad española: que se salve el bache entre la España vacía y la España llena. No es una cuestión material ni de repoblación, sino de derechos democráticos, de implantar el sentido de la igualdad, que ningún español se sienta de segunda y eso no se soluciona inaugurando planes».