Crítica

La Barraca 3.0

02/05/2018

En 1931 Lorca fundó La Barraca, un grupo de teatro que aglutinó a excelsos escritores, pintores y actores para acercar a los pueblos de España piezas del Siglo de Oro de contenido político y social. Aquella troupe se valía de todos los medios a su alcance para que las obras calaran.

Ese espíritu, traído al siglo XXI, impregna Esto no es la casa de Bernarda Alba, un montaje que, como una bomba de racimo, detona en la raíz de la obra de Lorca para expandirla por distintas formas expresivas en un espectáculo experimental que reivindica los lenguajes artísticos contemporáneos y los funde con el texto original.

El aterrador mensaje que lanza el poeta granadino se bifurca por distintos derroteros para desembocar en el mismo lugar: la atávica represión de la voz y la libertad de las mujeres, condenadas a representar un papel secundario en la sociedad.

Una cabeza parlante revela el cometido del teatro según Lorca: servir de espejo a la sociedad para no dejarnos caer en el sillón demoníaco de la indiferencia. Visto así, la sobreestimulante propuesta de Carlota Ferrer cumple su objetivo.

La palabra del poeta se contrae y se dilata para resaltar la vigencia de ciertos elementos del texto original. Así, el desprecio a una mendiga se liga a la violencia con la que se erigen los muros contra los emigrantes y el brutal linchamiento a una mujer se ilustra con imágenes reales.

Estas digresiones son continuas porque, al igual que en La Barraca, hay mucho arte que mostrar y un reparto brillante capaz de hacerlo. Por ello, en esta versión, cabe el humor acrobático, la música tocada sin dejar de bailar -como en el asombroso ejercicio de la única mujer del elenco, la violinista Julia de Castro- o la poesía en movimiento de esa anciana -encarnada por Igor Yebra- que sueña con la libertad del mar.

Todo enlaza con la palabra de Lorca en esta bella puesta en escena cargada de símbolos, aunque su forma actualizada choca con los tópicos de la tragedia. Es el caso del papel de Bernarda, interpretado por Eusebio Poncela. Su tono autoritario, pero elegante y civilizado, lo aleja de la brutalidad oscura de la rancia tradición y lo sitúa en las sofisticadas formas actuales del poder. También se echa en falta la fuerza del final lorquiano que impone el silencio a las mujeres y las condena de por vida. Por contra, un nuevo epílogo revela que la maldición pervive aún en una sociedad que no debe ni puede ser la casa de Bernarda Alba.