Aquellos inolvidables amigos: Tomás Morales y Néstor Martín-Fernández de la Torre

En el Colegio San Agustín se conocieron y junto con Rafael Romero, a la postre Alonso Quesada, se hicieron amigos del alma a los que después se sumó Saulo Torón.

DANIEL MONTESDEOCA Director-gerente del Museo Néstor

Aunque son tan distantes los recuerdos, aún resuenan en mi mente las carreras por el entarimado suelo de tea del Colegio de San Agustín; pero no el de la Calle Santa Clara -que creo hoy se denomina doctor Déniz-, ni tampoco por el de las dependencias del vetusto convento, pues nos tenían del tingo al tango por las carencias propias de aquella institución, que siempre andaba en la cuerda floja. A nosotros nos tocó en la calle de la Herrería, de empinada cuesta, la cual subíamos jadeando y lo contrario como un rayo. Allí conocí a los que se convertirían en mis amigos del alma, el todavía Rafael Romero -pues a la postre tornose Alonso Quesada para mayor gloria de las letras- y el insigne Tomás Morales. Por aquellos años sólo éramos unos chiquillos enjutos, espabilados y con ansias de devorar el mundo, a la manera de las escudillas de leche con gofio del magro desayuno de cada mañana.

Éramos felices creyendo en la eternidad. Alonso había nacido en 1886, Tomasito en 1884 y yo en 1887, esos pocos años no nos distanciaron en la búsqueda de la senda de las Artes. Con el tiempo se añadió al diletante grupo el bueno de Saulo Torón. El pobre tuvo el infortunio de vernos marchar. Lo dejamos abandonado sin remedio, sumido en los recuerdos, triste por verse huérfano de afectos. No obstante, ¡no adelantemos acontecimientos!

Entraba el siglo XX con el ansia de la modernidad, y nada más pisarlo Tomás decide marchar a Cádiz a estudiar medicina. Nunca lo entendí, pues la poesía corría por sus venas en una especie de hematología literaria que nunca pudo refrenar. No cabe duda que dejar tierras gaditanas le vino bien; gracias a los hados, en 1904 decide recalar por la Villa y Corte para ampliar estudios. Yo me había adelantado un tanto, desde 1901 a 1902 andaba liado en clases de pintura y visitas al Prado. Juntos recorríamos las tertulias del Café Levante y el Universal, donde conocimos a Valle-Inclán, Romero de Torres, Carmen de Burgos, Francisco Villaespesa, Gómez de la Serna, al magnífico Rubén Darío o a Martínez Sierra, y a mi querido Amado Nervo… el listado era interminable.

Madrid bullía de cupletistas, bailarinas de tronío, músicos y poetas. Ustedes no se pueden imaginar lo que supuso para dos jóvenes isleños salir de los apacibles contornos de nuestra ciudad para darnos de bruces con la bohemia. Nos codeábamos con la intelectualidad, tanto con aquellos sabios popes herederos del pasado, como con los que querían demolerlo con renovados bríos, ya fuera a golpe de pincel, gubia, tinta o con la misma palabra. Entre tanto, era preceptivo asistir a alguno de los estrenos en el Teatro Español de nuestro compatriota, don Benito. Era un deleite escuchar la grave voz de Fernando Díaz de Mendoza interpretar a 'El Abuelo', y ni mentar a la inigualable María Guerrero en el papel de Bárbara. Sin embargo, lo que realmente nos divertía era colarnos en el Teatro de la Zarzuela.

Nuestro encuentro en la castiza urbe fue algo pasajero, porque en noviembre de 1904 me embarqué en la aventura inglesa visitando a mi hermanastro Bernardo en Londres, para proseguir hacia París en 1905.

Sin apenas darme cuenta, me percato de que les hablo de un pasado que se me antoja muy lejano. Como una suerte de bruma de siglos Tomás me advierte, ¡Néstor, han pasado cien años! Nunca olvidaré aquel 15 de agosto de 1921. En esa época me encontraba ensimismado en ultimar la segunda parte del 'Poema del Atlántico' y en trasladar el estudio de Barcelona a Madrid. Fue un período de contradicciones, no hacía ni tres en que se había dado por finalizada la Gran Guerra. Un mes antes de tu fallecimiento, el 22 de julio, leíamos consternados las noticias del desastre de Annual. Miles de muertos, heridos o apresados. ¡Siempre la muerte truncando los destinos! Mas la esperanza asomaba de vez en vez apaciguando los ánimos. Sin salirnos de esas fechas, el 31 de julio se hablaba de un medicamento que salvaría a millones de vidas, la insulina. ¡Cómo te hubiera gustado administrarla Tomás!

Ahora se me antoja tan distante aquel día de 1908 cuando publicaste 'Los Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar', por el que me estabas guiando por la senda de lo que sería mi obra culmen, 'El Poema de los Elementos'. Al poco, no pasado unos días, recuerdo tu sonrisa aplaudiendo junto a Alonso en el estreno de 'Pascua de Resurrección', con música del maestro Valle en el Teatrillo de los hermanos Millares. Valle estaba exultante, los bravos resonaban por toda la sala con tal énfasis que a punto estuvimos de quedar sordos. Estaba dando los primeros pasos en uno de los campos en los que más disfruté, la escenografía, el diseño de figurines y la iluminación. Me entró tal gusanillo que en el mismo coliseo preparé los decorados para 'La Intrusa' de Maeterlinck en 1909.

¿Te acuerdas de la que montamos con Salvador Rueda en el Teatro Pérez Galdós? Creo no equivocarme de que fue un 15 de enero de 1910 cuando el Maestro Valle dirigió a la orquesta en homenaje al fecundísimo escritor malagueño. Los elogios de Luis Millares y los engolados encomios de Francisco González Díaz no pudieron competir con el recital de poemas que hiciste junto a Alonso. Cuando Felipe Massieu entró al escenario con la magnífica corona de laurel la cara de satisfacción de Rueda era indescriptible. Imagino que te habrás enterado que ya no se otorgan laureles a nadie de valía. Espero que en un futuro no muy lejano las nuevas generaciones recuperen retazos de épocas pretéritas.

En todo caso, el pobre Rueda partió para la Península exhausto de tanto agasajo. El banquete en el Hotel Santa Catalina, sufragado por el Gabinete Literario, tuvo su broche de oro, o como te gustaría escribir en gongorino modernismo, de diamantinos reflejos.

Ustedes fueron magníficos compañeros en este discurrir que llamamos vida, no queda lugar a dudas. Hasta tal punto que cuando mi nombre comenzó a resonar por todo el mundo, desde Caracas a París, gracias a mis triunfos como pintor, y revistas como 'La Esfera' publicaban mis lienzos a todo color, no recibí más felicitación de mi tierra que la de unos pocos. Ahí estabas tú Tomás, acompañado por Alonso y Saulo, defendiendo mi nombre en la prensa local. Saulo todavía guarda la carta en la que con tristeza agradecía vuestro incondicional cariño «… a los pocos, poquísimos amigos que a mí se han dirigido en esta ocasión».

Y vendrán los años, te enfadarás conmigo porque no tuve a tiempo el diseño para la portada de las 'Rosas de Hércules'. Tal era la premura, y yo tardo en el diseño, que no tuviste otra opción que recurrir a una ilustración antigua que había hecho tiempo atrás para el catálogo de la exposición de la Casa Lissárraga (1914). Por suerte, Hurtado de Mendoza te había hecho las guardas, y mi querido hermano Miguel algunas viñetas, con las que pudiste recomponer la edición. Nunca te agradeceré que me dedicaras versos tan sentidos en aquella Epístola «A Néstor».

No cabe duda que la fortuna te sonrió cuando conseguiste la plaza de médico en Agaete en aquel lejano 1911. El prístino paisaje, el límpido azul del cielo, la feracidad del Valle encumbrado hacia el infinito de Tamadaba, y el lejano horizonte de un mar ensalitrado, te llevaron a las musas. Mientras tanto refrescaba el ambiente los exóticos efluvios del canistel, la pitanga, el mamey, el alcanfor o el güiro en el remanso de paz del Huerto de las Flores, donde acudíamos en procesión para escuchar tus sonoros versos. Reconfortados por la naturaleza olvidábamos la tortura del trayecto empolvado desde Las Palmas en aquel carretón de coche que no pasaba de los 40 kilómetros por hora. Allí nos esperaba tu querida Leonor, de la que dijiste que hizo de tu vida una ilusión…

Empero, llegó agosto entristeciendo el alma de los que te queríamos. A tu muerte hemos llegado repasando la vida. Fontanillo dijo en la 'Gaceta de Tenerife' que se marchaba «el Poeta de las Olas». En tu lecho te vi tan pálido, como de cera tu rostro, que a mi mente llegó el ebúrneo color de las criselefantinas: «… El cielo será un palio sobre nuestra/fortuna, / un surtidor lejano dirá una serenata,/ y al sertirnos dichosos, bajo un rayo/ de luna, /abrirá nuestras venas un alfiler de /plata…» ('Criselefantina').