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Imagen de una serpiente pitón. EFE
Comer serpiente, la última propuesta para luchar contra el cambio climático

Comer serpiente, la última propuesta para luchar contra el cambio climático

Científicos australianos ponen sobre la mesa los beneficios de la carne de las pitones, en la línea de otras polémicas propuestas alimentarias, como los insectos o las medusas

Álvaro Soto

Madrid

Miércoles, 20 de marzo 2024, 07:13

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No parece sobre el papel el más apetecible de los manjares, pero quién sabe si en un futuro, próximo o lejano, las cartas de los restaurantes incluirán platos preparados con carne de serpiente, algo que, por cierto, ya es un común en algunos lugares del mundo. Científicos de Australia, un país donde uno puede encontrar estos reptiles hasta en el doble fondo del maletero del coche, aseguran, además, que comer serpientes puede ayudar a reducir el impacto de la alimentación frente al cambio climático.

Dan Natusch, herpetólogo de la Universidad Macquarie de Australia, ha documentado en la revista Scientific Reports los supuestos beneficios de comer serpientes. Comenzó a plantearse la idea cuando trabajaba, junto a otros investigadores, en un proyecto en granjas comerciales de pitones en Vietnam y Tailandia para averiguar si podían distinguir los ejemplares criados en libertad de los que lo hacían en cautividad. Cuando estudiaban a estos animales descubrieron que las pitones de granja crecían a gran velocidad.

«Como biólogos de serpientes, ya sabíamos que las pitones tenían una fisiología impresionante. Tras hablar con los criadores de pitones y seguir controlando sus tasas de crecimiento, sus notables fisiologías se hicieron aún más evidentes», explica Natusch en la revista. Como todas las serpientes, las pitones son animales ectotermos o de sangre fría, y su temperatura corporal depende del entorno. Para que su organismo pueda mantener sus funciones vitales toman el sol, por lo que no necesitan producir ellos mismos ese calor, lo que supone una importante fuente de ahorro energético que les permite convertir el alimento en masa corporal.

En el experimento, Natusch y sus colegas observaron pitones reticuladas (Malayopython reticulatus) y pitones birmanas (Python bivittatus) en granjas, y analizaron lo que comían y lo rápido que crecían. Y así vieron la gran resistencia de las pitones durante los ayunos prolongados, lo que les permitía pasar meses en ayuno sin perder demasiado peso. Esa cualidad, apuntan en el estudio, podría ser muy valiosa en caso de crisis del sistema alimentario, como en los primeros días de la covid-19.

«Dado que prevemos una volatilidad económica y climática mundial aún mayor en el futuro, las pitones podrían ser una solución para esos retos futuros», afirma Natusch. «La cría de pitones podría ser una gran parte de la solución para una parte del mundo que ya sufre una grave carencia de proteínas», como África, señala este investigador.

Sin embargo, la posibilidad de que la utilización de la carne de pitón como fuente de proteínas se extienda más allá de donde ahora es común (mil millones de personas en el sudeste y este asiático y en zonas de Latinoamérica o África ya comen serpiente) queda todavía muy lejos. Primero, porque todavía hace falta mucha información sobre el impacto ambiental de su cría y de su contenido nutricional, tanto en proteínas como en micronutrientes. Pero sobre todo, por las reticencias culturales de la población occidental hacia este plato. Por el momento, Natusch, que ha probado la carne de serpiente, asegura que es «bastante sabrosa».

La investigación de estos científicos australianos parece continuar la senda de otras polémicas alimentarias. Así, en los últimos años, diferentes organismos han puesto sobre la mesa, nunca mejor dicho, la posibilidad de comer insectos o medusas o de reducir el consumo de carne, propuestas que han encontrado el rechazo frontal de una buena parte de la población. De fondo, la necesidad de dar un giro a la industria alimentaria para luchar contra el cambio climático. Los científicos esgrimen que las reses criadas para consumo humano representan hasta el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, que los residuos de la industria porcina contaminan los ríos y que el cultivo de alimentos para las granjas produce deforestación.

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