El Consistorio ha dejado pasar los años sin evitar que más gente se meta en las deplorables habitaciones de la casona. / Cober

La ruinosa Casa de la Condesa

Personas sin recursos se han hecho un hueco en la emblemática casona donde veraneaba el condado De la Vega Grande y que ahora está en manos del Ayuntamiento

Juan Pérez Benítez
JUAN PÉREZ BENÍTEZ Telde

Si Alejandro del Castillo y Del Castillo supiese como ha acabado la Casa de la Condesa, quizás nunca se la hubiese vendido al Estado para que las administraciones la usasen, se suponía, como un lugar de recreo y de crecimiento cultural. Muy lejos quedan ya las celebraciones por el Día de Canarias y demás actividades que las paredes de la casona vieron algún día. Este lugar, donde en su momento hubo una finca que durante décadas tiñó de verde este valle hasta que fue plantado de 114 bloques de casas, es hoy un almacén de residuos y excrementos donde reinan los escombros, la basura y la desidia política.

Imagen de una de las estancias. / cober

La emblemática casona, cedida por el Gobierno canario al Ayuntamiento de Telde para su gestión durante 50 años, continúa en declive desde 2011, cuando la administración local decidió clausurar el espacio debido a deficiencias en su estructura. Ahora, más de una década después, este lugar, en condiciones de insalubridad y peligro, da cobijo a casi una decena de sintechos que no tienen nada mejor a lo que acogerse para vivir.

Un ejemplo está en Estrella, de 45 años, y su pareja Jonathan, de 43, quienes «por circunstancias de la vida» ahora no tienen los recursos necesarios para mantener una casa estable. Por ello, tras buscar por diferentes rincones de la ciudad, han decidido instalarse en unas habitaciones contiguas a la casona, un espacio que hasta hace nada la Corporación local pensaba destinar para crear un tanatorio que finalmente quedó en agua de borrajas.

«Antes vivíamos en una caseta de playa, pero hace dos meses encontramos esto y lo estamos limpiando y reformando», explica Estrella. «Mi novio está arreglando todo con la ayuda de un amigo y pronto tendremos hasta una habitación para poder dormir», revela sobre el interior de la que ya llama «su casa», la cual es una cámara donde aún huele a madera quemada de un antiguo incendio que se produjo en su interior. La han pintado y han instalado una pequeña cocina y un baño con agua.

Ella es camarera de piso y declara que están «bien» aquí. No es la primera pareja que llega a esta situación en este lugar, aunque puede que esta sea la última. Hace poco más de una semana la Policía Local tapió las puertas de las habitaciones aledañas para evitar nuevas llegadas, aunque esto aún parece insuficiente.

Estrella y Jonathan están viviendo en una de las habitaciones del tanatorio que nunca se inauguró. / Cober

Por la parte frontal de la icónica estancia habitan también varios indigentes. Dos de ellos son chicos saharauis que hace unos años llegaron a Canarias en patera en busca de una mejor vida. Tras salir del centro de menores buscaron un lugar en el que vivir y se quedaron aquí. Ahora comparten techo dentro de uno de los cuartos de la casona junto a varios perros denominados como animales peligrosos, aunque ellos aseguran que no hacen nada.

Tito es otro de los okupas que no tienen «otro lugar mejor donde meterse». Aquí lleva más de tres años y espera seguir mientras pueda. Se gana la vida con lo mejor que sabe hacer: la mecánica. Él siempre actúa «de buena fe», aunque a veces, explica, «la gente se quiere aprovechar de mi situación».

Todos ellos han sido notificados por asuntos sociales para tratar sus situaciones, aunque alguno ya no confía en que alguien les pueda ayudar a salir de esta trágica y precaria situación, por lo que no piensan marcharse de aquí todavía.

Datos

  • 31 de agosto de 2018, día que el Consistorio dio de plazo para que todas las personas y asociaciones abandonasen las instalaciones para que fuesen reformas. Cuatro años después, una comunidad de okupas habita la casona rodeados de basura y ruinas.

Según ha podido saber este periódico la casona alberga en su interior ciertas actividades económicas no registradas como un gimnasio y una peluquería, en las que los cuerpos de seguridad ya están investigando.

Ni estas personas merecen vivir así, ni el histórico edificio estar en ruinas. En agosto de 2018 se suponía que debían salir todas las asociaciones y personas que aquí convivían para, unos meses después, empezar con las reformas de la histórica casa. Casi cuatro años después no solo no se han ido ni se ha empezado a mejorar las infraestructuras del lugar, sino que se han multiplicado los okupas.