Gabriel Hernández posacon algunos de las herramientas que usaba como pintor de coches. / JUAN CARLOS ALONSO

«Quiero vivir sin ser una carga para mi familia»

Tras diagnosticarle leucemia por error, Gabriel Hernández, de San José de Las Longueras, lucha ahora por su vida y sus derechos al contraer lupus, una patología incurable que no le permite trabajar de lo suyo

Juan Pérez Benítez
JUAN PÉREZ BENÍTEZ Telde

Gabriel Hernández Morales, vecino de 32 años del barrio de San José de Las Longueras ha vivido el peor año de su vida, aunque no está dispuesto a rendirse por nada del mundo. Su hija y su mujer son su motivación para salir adelante. Tras tener que sobreponerse a un erróneo diagnóstico en el que le comunicaron que tenía cáncer, la vida le volvió a dar una segunda oportunidad. Ahora debe aprender a convivir con el lupus, una enfermedad autoinmune crónica que ha cambiado su vida en todos los sentidos.

Pintor de coches de profesión, su nueva enfermedad no le permite volver a exponerse a productos tóxicos ni a rayos infrarrojos. Su empresa ya le ha dicho que cuando tenga el alta le va a echar y ahora busca la manera de que el Estado le dé alguna prestación por incapacidad para intentar seguir viviendo dignamente.

Su historia

Todo comenzó a principios de 2021, cuando a Gabriel le salió un bulto en el cuello. Preocupado, acude a su médico de cabecera, quien le manda a hacerse una analítica. Primero le dicen que solo es mononucleosis -comúnmente llamada enfermedad del beso- y que lo que le ha salido es benigno. No conforme con este diagnóstico, decide ir a una clínica privada para que le den una segunda opinión. Aquí le confirman que no tiene nada peligroso, aunque le dan dos hojas enteras «llenas de pruebas» para que se las realice por la Seguridad Social. Tampoco ven nada, pero Gabriel decide pagar por un seguro privado por si acaso.

Un día, a finales del verano del año pasado, se levanta de la cama muy enfermo. Recuerda haber tenido fiebre, diarrea, vómitos, fatiga y estar bañado en sudor. Va a urgencias por la sanidad privada que había contratado y le dejan ingresado, ya que su páncreas e hígado empiezan a fallar. Al cabo de los días le diagnostican leucemia. «Estaba solo. Sin mi familia. Nadie podía entrar en los hospitales en esa época. Tuve que llorar solo. Le dije al doctor que no me quería morir todavía», explica haciendo memoria con los ojos vidriosos.

Fue cogiendo fuerzas y mentalizándose de la lucha que tenía que comenzar para volver a ver a su familia, entre ellos su hija, hasta que varias semanas después le dicen que el seguro privado ya no va a seguir haciéndose cargo de sus pruebas. «Lo más duro es que la Seguridad Social tampoco quiso recogerme. Mis padres con 40 años cotizados cada uno y yo ocho años y medio, para que en ese momento, en el más duro de mi vida, la sanidad pública me dé la espalda de esa forma», critica.

Dos semanas tuvo que permanecer en la clínica privada, donde solo le atendían para darle de comer y cambiar las sábanas de su camilla. Felizmente su doctor consiguió que le aceptasen en el hospital público. Allí le hacen pruebas, le confirman que tiene un linfoma, pero no saben de dónde procede. Le seguirían estudiando, pero ya con el alta y yendo cada mañana al hospital de día. En un nuevo análisis le detectan que sus riñones vuelven a dejar de funcionar como deberían y es ingresado nuevamente. Esta vez en urgencias. «Eso es la guerra», exclama el afectado. «Estábamos amontonados en el pasillo porque la planta estaba colapsada. No existía la privacidad y las condiciones eran nefastas», atestigua.

Tras cuatro días esperando, la doctora de guardia le diagnostica firmemente, por fin, lo que tiene: lupus eritematoso sistémico. Para Gabriel fue como quitarse un peso de encima. La alegría le invadió al saber que no tenía cáncer, aunque pronto esa felicidad se convirtió en incertidumbre y respeto al no conocer exactamente qué era lo que tenía.

El lupus no tiene cura

Esta es una patología en la que el sistema inmunitario ataca por error el tejido sano. Todavía no existe cura, aunque, dependiendo del grado en el que afecte a la persona, puede tratarse en mayor o menor medida. Gabriel está en un nivel tres sobre cuatro. Le afecta a los órganos (riñones), las articulaciones, las defensas y la piel. Todas las mañanas le cuesta un mundo levantarse por su propio pie y no puede exponerse al sol ni a productos tóxicos.

Este último condicionante significa un gran contratiempo para este joven teldense. Hace más de ocho años que trabaja como pintor de coches y ahora, sin previo aviso, ya no puede volver a dedicarse a ello. Las pinturas y los rayos infrarrojos que utilizan en su taller agravarían su malestar. «No quiero ir al trabajo a morirme», implora.

Solo pide vivir dignamente

Es por ello que ya está luchando para poder recibir una pensión por incapacidad permanente. La Seguridad Social no ve, en principio, esta enfermedad crónica como un impedimento total para desarrollarse laboralmente. Actualmente se encuentra en medio de una batalla jurídica en la que su objetivo es que se le reconozca una discapacidad parcial que no le deja desarrollarse al completo laboralmente. «Todavía soy joven y quiero vivir dignamente. No puedo volver a hacer lo que sé y ya me ha dicho mi empresa que van a despedirme cuando me den el alta. Solo pido que me ayuden de alguna manera. Tengo muchas ganas de vivir, pero no quiero ser una carga para mi familia», expresa.