El escultor posa con una de sus obras en su casa de Playa del Hombre. / Arcadio suárez

Máximo Riol, el artista de acero que siembra cultura

Reconocimiento. El escultor murciano ha sido nombrado Hijo Adoptivo de la ciudad, a la que llegó hace 43 años. Tiene 12 obras en el municipio

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

Desprende tanta sensación de fortaleza y energía, de aplomo, como sus esculturas, obras contundentes, de materiales duros, como el acero corten, pero también minimalistas, que conquistan el paisaje urbano en el que se asientan. Son, en cierta manera, una proyección de la personalidad de Máximo Riol Cimas (1948), este canario, aunque murciano, de Lorca, por casualidad y nacimiento, que siempre acaba siendo protagonista allí donde esté, de una mesa de trabajo o de una sobremesa, por mucho que ni siquiera lo pretenda. Entre sus obras más conocidas figuran 'Portada', que preside la rotonda de entrada a Julio Luengo, en la capital, desde 1997; 'Al Padrito', un homenaje al Padre Claret en la Avenida Marítima, también en Las Palmas de Gran Canaria (1999); 'Goro', junto a la GC-1, a la entrada del polígono industrial del mismo nombre, en Telde; o 'Forestas y Prótego', en Artenara (2007).

La última salida a escena de Riol se la ha ganado a pulso, por su obra, su trayectoria y su compromiso. Y no fue precisamente en una plaza, una rotonda o un jardín, en uno más de esos espacios ennoblecidos por este especialista en escultura urbana. Fue en el salón de plenos del Ayuntamiento de Telde, en la sede de la soberanía del pueblo que le acogió hace 43 años, donde todas las voces fueron una para otorgarle una de las mayores distinciones que una ciudad puede conceder a uno de sus vecinos. Le nombraron Hijo Adoptivo de Telde. La corporación aprobó por unanimidad esta declaración en su sesión plenaria del pasado 27 de diciembre. Todos y cada uno de los portavoces de los distintos grupos políticos enfatizaron su contribución a la cultura en el municipio, no solo por las doce piezas que tiene distribuidas por la localidad, cuatro de ellas cedidas gratuitamente, sino también por su implicación personal en múltiples actividades, la última, como presidente del Círculo Cultural de Telde.

«Para mí es un orgullo», subraya en una terraza interior de su casa de Playa del Hombre, el barrio al que Riol y su mujer, Maribel García, se mudaron desde Schamann (Las Palmas de Gran Canaria) en 1978. «En Telde tengo muchos amigos y eso es lo más importante». Y eso que, confiesa, no tuvo mayor relación con este municipio hasta que él y su mujer hicieron de la playa que da nombre a este núcleo urbano uno de los escenarios preferidos para sus primeras salidas en pareja. Entonces, recuerda Riol, la cala era un lugar casi recóndito, había muchas menos casas y estaban habitadas por extranjeros. Hasta entonces, esta ciudad era para él solo un lugar de paso desde la capital, donde residía con su familia, cuando de niño acompañaba a Marcelino, su padre, que era militar, en sus desplazamientos al aeropuerto.

Pero aquellos eran otros tiempos. Ahora Telde forma parte inseparable de su vida, donde tuvo a su único hijo y donde sigue disfrutando de sus dos nietos. «Me he sentido muy querido aquí y me he integrado muy bien». Y tiene su mérito para alguien que, como hijo de militar que fue, se pasó su infancia de destino en destino. Nació en Murcia y con apenas dos años su familia se trasladó a Tacoronte, en Tenerife. Allí vivieron dos años, hasta que se mudaron a Mahón, en Baleares, y luego a Melilla, donde pasaron otros seis. Fue en 1961 cuando recalaron de forma definitiva en Gran Canaria. Riol tenía 13 años.

El escultor muestra imágenes de las numerosas obras que tiene repartidas por la geografía de la isla. / Arcadio suárez

Fue también en Telde donde colocó en 1987 su primera pieza en la calle, 'Domus Aurea', una obra hecha en hormigón armado que está en los jardines de la Casa de la Cultura, hoy Teatro Municipal Juan Ramón Jiménez. Pero sus primeros escarceos con el arte fueron en otra isla, la de Menorca. «Tenía cinco años y nunca lo olvidaré. Mi madre me compra una caja de lápices Alpino de 12 colores; con ellos empecé a dibujar». Y desde entonces no paró. El arte, y el dibujo, para el que tenía un gran talento, fue siempre su pasión, y ya nunca se desconectó del todo. Ya desde el colegio Corazón de María, en la capital, donde estudió, le cogieron para ilustrar las revistas Ardilla y El Mosquito, y allí hizo también su primer mural. Y deslumbraba a sus profesores de dibujo. Sacaba matrículas. «No tenía mérito, es que no me suponía un gran esfuerzo. Percibo con facilidad el espacio, los planos y el volumen». Su crítico de arte y casi biógrafo, Jonathan Allen, sitúa el inicio formal de su carrera artística cuando, siendo todavía un joven estudiante, fue seleccionado para participar en Tenerife en la X Bienal Regional de Pintura y Escultura.

Pero Máximo Riol hizo caso a su padre, que le pidió que se garantizara primero los garbanzos. «Quería haber hecho Bellas Artes, pero él me dijo: 'Alma de cántaro, ¿a qué te vas a dedicar, a hacer retratos a los turistas en Santa Catalina?'». Y siguió el consejo. Probó primero en Ingeniería Electrónica, donde no hizo sino coleccionar ceros, y luego se sacó el título como arquitecto técnico en la Universidad de La Laguna. Le sirvió para la quincena de años en los que se dedicó al mundo de la construcción, del que no guarda buen recuerdo, pero también para aplicarlo después a sus obras. «Hay mucho de arquitecto técnico en mis piezas. Somos especialistas en materiales».

Algunas de las piezas que conserva en su estudio. La primera de la derecha es Cristo (-), de 2005. / Arcadio Suárez

Con todo, su destino profesional definitivo, donde dice que ha sido «el hombre más feliz del mundo», fue en la hoy Escuela de Arte y Superior de Diseño de Las Palmas, donde ejerció de profesor durante 24 años hasta su jubilación. Se preparó las oposiciones en tres meses y entró en 1985. Le permitió compatibilizar su trabajo con su pasión. Desde entonces no ha parado de producir obras, muchas de ellas expuestas en la calle. De hecho, debe ser de los escultores con mayores piezas urbanas en la isla. Cumplió así uno de los fines de aquel colectivo al que perteneció, el Grupo Espiral. «Nos dedicábamos a algo elemental, que si se mira mi currículum, está claro. Hemos usado el arte para divulgar la cultura y las artes plásticas. Eso marca mi trabajo».

Y Riol, que se autodefine como escultor de «ideas y concepto», ha sido fiel a ese principio sin que, como él mismo reconoce, haya tenido una formación artística académica, pero sí forjada por la huella que le dejaron maestros a los que nunca olvidará, como Miguel Caballero Estrada, de quien dice que le metió el dibujo técnico en la cabeza; Rudolf Ackermann, de quien aprendió, a sus 13 años, con su primera caja de óleos, que la espátula se usaba para pintar y no para mezclar colores; Fernando Soler, en la Escuela de Ingenieros Técnicos; Jesús González Arencibia, del que fue alumno en los dos años que estuvo cursando Magisterio; y Felo Monzón, que le daba clases en la Escuela Luján Pérez. A todos ellos debe mucho de lo que hoy es Máximo, que mantiene una intensa actividad creativa pese a que, según se queja, la legislación actual, tras haberse prejubilado, coarta su labor profesional al impedirle ganar dinero de su faceta artística.