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Puerto de Sardina, un aula de mar grancanaria

Puerto de Sardina, un aula de mar grancanaria

Tribuna libre ·

El Puerto de Sardina es un buen paradigma de lo que la mar supuso a lo largo de los siglos en Gran Canaria, en toda la isla, y no sólo en la Bahía de Las Isletas, luego Puerto de La Luz

Juan José Laforet

Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria

Sábado, 2 de marzo 2024, 13:18

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La mar no estaba en calma ese día. El Atlántico bravío, «titán de hombros cerúleos e / imponderable encanto» -como lo describiera Tomás Morales-, se estampaba con fuerza en los roquedales de la accidentada costa del norte grancanario, del litoral galdense, que la «presencia del mar, que nunca es otra que la del Atlántico, está en el aire, en el ambiente, en la propia anatomía de Gáldar» -según apreciaban los hermanos Francisco y Antonio Rodríguez Batllori, en su obra 'Sardina, puerto del Atlántico' (1979) y reeditada ahora por ACCOMAR-. Pero al llegar a la antigua y recoleta rada del Puerto de Sardina, la mar, estremecida por la mirada pétrea y atenta de los acantilados circundantes, parecía calmarse y llegar más sosegada a las playas que se abren a uno y otro lado del viejo muelle, que Juan de León y castillo proyectara y entregara en 1898. Allí el océano norteño, en su sonoro bramido, parecía reiterar incesante los versos de Paul Valery, «¡El mar, el mar siempre recomenzado!», a lo que el aire, encauzado en las grietas y barranqueras, le respondía con versos de Alonso Quesada, «y el mar… como invitando a lo imposible!».

No ha vivido Gran Canaria nunca de espaldas a la mar, como en ocasiones se ha querido sugerir con insistencia. Pensemos que ya «…los antiguos pobladores de Canarias llegaron a Las Islas por mar. Desde la cercana costa de África nos separan 60 millas, una travesía cuyo éxito parecía imposible en una época en la que apenas se conocían rudimentos muy básicos de navegación», como apunta Daniel Rodríguez Zaragoza en su magnífico libro 'Embarcaciones históricas y tradicionales de Canarias' (2022). Luego ignotos o poco conocidos navegantes recalaran en las Islas desde tiempos y épocas inmemoriales. Navegantes fenicios, romanos, vikingos y, ya en la edad media, mallorquines, dejaron huellas indelebles. Luego, establecidas las islas en verdadera e ineludible encrucijada atlántica, pasan a ser eje de una historia y un devenir atlántico que cambiará su propio destino, que incluso las instituye en eslabón principalísimo en el proceso de globalización, iniciado por navegantes como Cristóbal Colón o Magallanes y Juan Sebastián Elcano, y que culmina a finales del siglo XIX, cuando puertos como el de La Luz será punto ineludible en los viajes de los primeros trasatlánticos que trazan las vías del moderno comercio global.

Pero en ese proceso a través de tantos siglos serán algunos pequeños puertos, en apartados y tranquilos fondeaderos isleños, los que tengan un protagonismo enorme en esa conformación atlántica y naval de las islas, como es el caso de Sardina del Norte, que entre los siglos XII y XIV vio asentados varios poblados de la sociedad aborigen, y que entre los siglos XV y XVII fue protagonista de numerosos incidentes y acciones vinculadas a los ataques y la defensa de Gran Canaria. En 1859, su estratégica ubicación y su protagonismo en las navegaciones insulares le valieron la creación de una Ayudantía de Marina, establecida en Gáldar, con jurisdicción entre Arucas y Mogán.

El Puerto de Sardina es un buen paradigma de lo que la mar supuso a lo largo de los siglos en Gran Canaria, en toda la isla, y no sólo en la Bahía de Las Isletas, luego Puerto de La Luz. Y lo es hoy y lo será en el futuro, pues una vez más ha sabido reinventarse y adaptarse a las circunstancias actuales, con iniciativas necesarias y novedosas, que parecen estar en el ánimo de los versos de Valery, y «el mar siempre recomenzando». Aquí el Atlántico nunca fue frontera para el grancanario, sino camino que le unía y acercaba a los pueblos hermanos y amigos de tres continentes, fuente de progreso y motivo de inspiración, ilusión y esperanza para un alma que casi siempre nace isleña y marinera. Hoy su devenir transoceánico, naval, marinero, hace de ella punto neurálgico para esa denominada 'economía azul' que ahora abre los senderos del futuro, y del progreso.

Una historia naval, marinera, atlántica, que ha conformado la identidad y hasta los sentimientos grancanarios -y aquí surgen los versos de Saulo Torón: «El mar es a mi vida/ lo que al hambriento el pan;/ para saciar mi espíritu/ tengo que ver el mar»-, debe presentarse y exponerse de forma permanente a propios y foráneos, por lo que hay que recibir con entusiasmo, reconocimiento y respeto, una iniciativa tan acertada e imprescindible, que era reclamada desde hace años por muchos sectores y voces en Gran Canaria, como el Aula de Mar, que, planteada a iniciativa de la Asociación Canaria de Coleccionistas Marítimos (ACCOMAR), logró que recogiera el testigo el Ayuntamiento de Gáldar, con el apoyo decidido del Cabildo de Gran Canaria, y que se inauguró, en presencia de amplias representaciones institucionales y de la sociedad civil, el pasado miércoles 28 de febrero, en las entrañas del histórico Puerto de Sardina. Un emplazamiento altamente elocuente para lo que la mar significa aquí, y lo que el propio espacio museográfico desea transmitir. Al mismo tiempo, como ha señalado la UNESCO al referirse a los museos en la actualidad, puede «desempeñar un papel preponderante en el desarrollo de la economía creativa local y regional».

El Puerto de Sardina, cuyo nombre más que a la tradicional y consumida especie pesquera isleña, parece vinculado al de un almirante portugués de nombre «Sardinha» que desembarcó por allí -según expone uno de los primeros paneles que se encuentran al entrar a este Aula museográfica-, fue testigo del comercio, de azúcar, de vino, de cochinilla y de plátanos. Pero también de la comunicación de cabotaje e interinsular, sin faltar a las navegaciones que llevaron a miles de isleños, en diferentes épocas a lejanas tierras. Todo ello sugiere que denominar 'Aula' a este recinto es señalar su vocación de ir más allá de un mero sitio expositivo, e intentar ofrecer, periódicamente, actividades docentes y divulgativas, o exposiciones temáticas temporales. El espacio no es mucho, en aquella amplia y acogedora cueva, excavada en el enhiesto risco costero, pero se puede apreciar que el ámbito del 'Aula' va mucho más allá, dado el entorno tan significativo escogido para ubicarla. Parte de ella es el viejo muelle, son las instalaciones portuarias actuales, es la playa y lo son las actividades que allí se realizan tanto deportivas y turísticas, como la de concursos como el de fotografía submarina, y lo es la propia mar que llega incesante a las mismas puertas de la cueva. El Aula es ese amplio espacio que conforma el Puerto de Sardina, que representa la esencia de la historia marinera y atlántica de Gran Canaria.

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