El historiador Jesús Rodríguez Calleja, en una calle de la capital. / JUAN CARLOS ALONSO

De cuando la iglesia hacía caja con la muerte

Investigación. El historiador Rodríguez Calleja detalla el ritual funerario en Tunte en el siglo XVII. Se cobraba por todo. Y si el difunto no tenía, se subastaba hasta su ropa

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO San Bartolomé de Tirajana

Hubo un tiempo, siglos atrás, en que las defunciones eran todo un negocio para la iglesia. Cobraban por las misas, las pausas en el cortejo, las tumbas... Nada quedaba libre de pago. Entonces no existían los cementerios y todo el que daba el último suspiro dormía para siempre bajo el suelo de los templos. Así pasó también en la parroquia de San Bartolomé de Tirajana, en Tunte, cuyos archivos sirvieron de base al doctor en Historia Moderna Jesús Emiliano Rodríguez Calleja para una investigación sobre la población de esta zona. Con parte de ese trabajo dio este viernes una conferencia con la que se cerraron las primeras Jornadas de Patrimonio Histórico de San Bartolomé. Versó sobre el ritual funerario en esa parroquia en el siglo XVII.

El concienzudo estudio de Rodríguez Calleja, que se queja amargamente de la falta de interés de las administraciones públicas por apoyar estas investigaciones en archivos, revela que durante esa centuria se dio sepultura en la iglesia de Tunte a 1.248 personas, sin incluir a los niños. Dado que esa práctica, la de la inhumación dentro de los templos, estuvo en vigor en San Bartolomé hasta 1823, cuando abrió el camposanto, estima que bajo el suelo de la iglesia debieron enterrarse 10.000 personas.

Advierte de que entonces, hace 400 años, la jurisdicción de esta parroquia bajo la advocación de San Bartolomé abarcaba toda la superficie actual del municipio sureño y su vecino de Santa Lucía, por lo que todo el que moría en la caldera de Tirajana se enterraba en este pequeño templo. Falleciesen donde falleciesen, lo llevaban a Tunte. Así fue hasta 1814, cuando se separó Santa Lucía, que desde entonces tuvo parroquia propia.

Según Calleja, el ritual funerario al que aludió en su charla se fraguaba en tres procesos: antes, durante y después. De todo eso ha quedado constancia documental en el registro de defunción de la parroquia, con un sentido más económico que demográfico. Recalca este investigador que estos registros de Tirajana son los más antiguos que se conservan en la isla y en Canarias, solo superados por los de Moya y Arucas. Datan de 1632, pero hay datos desde 1575 porque un obispo ordenó en 1598 al cura de Tirajana que revisase los testamentos con mandas a la iglesia hasta entonces. El más antiguo es de 1575.

La primera parte del ritual se hacía en vida, cuando la persona definía cómo querían que le enterrasen, dónde o cuántas misas quería que se le dijeran. Se podía hacer mediante testamento, para lo que hacía falta un escribano, pero como en Tirajana no había, se recurría a las memorias de defunción, con ayuda de quien sabía escribir, el cura o el sacristán». Otras veces no tenían ni papel ni tinta, y se hacían declaraciones, una especie de testamento oral con dos o tres testigos. La mayoría, señala el historiador, no testaba nada porque no tenía que testar. Pero es curioso que «el porcentaje de gente que hacía testamento o memoria en Tirajana era superior que en Telde o Agüimes, donde sí había escribanos». Debían ser más previsores.

Los cadáveres llegaban a Tunte y los colocaban delante de la puerta de la iglesia. A finales del siglo también llegaron a salir de casa de algún vecino o amigo, pero siempre en Tunte. De uno u otro lado partía el cortejo con el cura, al que solían acompañar el sacristán y los monaguillos. Esto y todo lo demás a partir de ahí se pagaba, salvo casos de pobres, muy pobres, que se enterraban en limosna.

El resto no se libraba. Por ejemplo, apunta Rodríguez Calleja, se abonaban las pausas que hacía el cura hasta la tumba (solían ser tres, con un responso en cada parada). También se compraba la sepultura, más cara cuanto más cerca del altar. «Las más caras en Tirajana valían entre 22 y 26 reales, las más baratas, 2, y estaban en las puertas de la iglesia; era como una deshonra, por allí pasaba todo el mundo».

Se enterraban sin caja, envueltos en una sábana blanca. Otros lo hacían vestidos con un hábito de fraile o de monja. Dependía del dinero del difunto, pero la costumbre era decirle tres oficios, el de sepultura, el del cabo de 9 días (el funeral actual) y el del cabo del año, pero se hacían sobre la marcha para que cuanto antes lo hacían, antes se beneficiaba su alma de las oraciones. La tumba la adornaban con velas, con cera virgen. La debía poner la familia, pero lo que sobraba se lo quedaba el cura. Como muchas veces no tenían, la alquilaban a las cofradías. Más gastos. En casos de finados muy pobres, el sacerdote llegaba a subastar la ropa o el ajuar del muerto en la misma puerta de la iglesia.

Y luego estaba el después del entierro. En los testamentos o memorias la gente disponía cuántas misas quería que se les dijeran y por qué santo o virgen. En Tirajana se pidieron por hasta 50 o 60 advocaciones diferentes. Y todas había que pagarlas. Cada misa a principios de siglo costaba 2 reales. A mitad del XVII subió a 3. Según los apuntes de los curas que ha estudiado Rodríguez, durante esa centuria se dijeron 4.000 misas en Tunte. «Son muchos reales, muchos euros de ahora». Y había personas que dejaban un encargo por un año, cinco o diez, y los más ricos creaban capellanías. Eran misas perpetuas, para las que se dejaba una finca, unas horas de agua o una casa como aval. La iglesia nunca perdía.