El historiador Germán Santana, tras su conferencia en las jornadas. / C7

Devotos de Santiago por los corsarios

Huellas del corsarismo. El historiador Germán Santana apunta que la desconfianza del canario en el moro tiene su raíz en las relaciones tumultuosas de siglos atrás

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO San Bartolomé

La leyenda decía que el culto a Santiago llegó a Tunte de la mano de unos marineros gallegos. Su barco estuvo a punto de hundirse al verse sorprendidos por una gran tormenta al sur de Gran Canaria. Como eran tan devotos del apóstol, se encomendaron a él y les salvó, de ahí que le prometieron llevar su figura a lo más alto de la tierra vista, o lo que es lo mismo, a Tunte. Eso dice la leyenda, pero ¿y la historia? Pues hay hipótesis como la planteada este viernes por el doctor en Historia Moderna en la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), Germán Santana, quien vincula el arraigo a su devoción en estas tierras entonces más lejanas y más indefensas del sur de la isla al miedo a la amenaza corsaria, buena parte de la cual tuvo como protagonistas entre los siglos XVI y XVIII a moros llegados de Berbería, muchos de la ciudad-estado de Salé (hoy Rabat) o de Argel.

«El Santiago de Tunte es un Santiago matamoros», apuntó este viernes Santana en conversación con este periódico pocas horas antes de pronunciar su conferencia 'La influencia del corsarismo en Canarias: el papel de la comarca sur de Gran Canaria', en el marco de las primeras Jornadas de Patrimonio Histórico de San Bartolomé de Tirajana, que ha organizado el ayuntamiento sureño.

«El milagro de Santiago se produjo en la península, en la batalla de Clavijo, en la que, según la tradición, ayudó a los cristianos contra los musulmanes, pero aquí tuvo sentido por la presencia de los corsarios norteafricanos, que eran los enemigos de la fe y del cristianismo, pero sobre todo eran también los que venían a hacer capturas en la zona sur», explica este historiador, gran conocedor del corsarismo en las islas.

La iconografía del patrón del municipio es la del Santiago Matamoros, no la del peregrino. / C7

Fruto de aquella permanente exposición a esos ataques cita Santana otra consecuencia no menos significativa «que quedó como una huella en la propia mentalidad de los canarios: la desconfianza en el moro, que ha llegado a ser muy fuerte». Ese sentimiento enraizado en una parte de la población, sobre todo hace unos años, «no viene de la nada, viene de unas relaciones tumultuosas en ambos sentidos». Y se explica. «Nosotros fuimos a asaltarlos y ellos a corsearnos». En este sentido, recuerda también las cabalgadas que se organizaron desde Canarias a tierras del Norte de África entre finales del siglo XV y durante todo el XVI, que aunque no eran ejecutadas por corsarios, en realidad eran expediciones corsarias.

Al hilo de esta apreciación, el historiador apostilla que es precisamente «esa desconfianza y esa mentalidad negativa previa la que es aprovechada y rescatada por algunos grupos políticos en la actualidad sin mucha lógica ni mucha racionalidad».

Pero no solo eran norteafricanos los corsarios que atacaban a las islas. Aunque para Santana fueron los de esta procedencia los que más afectaron a Canarias, también los hubo europeos, principalmente de Francia, Inglaterra o de Holanda. Lo cierto es que el fenómeno, el corsarismo, fue una constante en el devenir de Canarias durante siglos. Es más. «desde mediados del siglo XVI a principios del XIX, casi sin excepción, no hay ni un solo año en que no se produjeran al menos una o varias acciones de corsarios que afectaran a las islas o a la navegación en Canarias». ¿Por qué? Porque el corsario, que no actúa por cuenta propia, como un pirata, sino con patente de corso de un estado, formaba parte de la estrategia bélica de un país contra otro y el problema es que la corona española se pasó en guerra casi tres siglos seguidos, desde el XVI al XVIII, de ahí que los ataques corsarios sobre Canarias fueran constantes.

Como consecuencia también de esa amenaza permanente, salvo la capital, ningún pueblo histórico de los municipios de la isla, tampoco en el sur, estaba en la costa. El riesgo cerca del mar era entonces muy alto. Los corsarios, explica Santana, atacaban embarcaciones del tráfico mercante y de pesquerías entre islas, o con Madeira o la península, pero aclara que también hacían «incursiones en tierra para capturar a algún pastor, pescador o salinero». El negocio consistía en la venta posterior de esas embarcaciones, pero los norteafricanos también cogían prisioneros y luego reclamaban un rescate.

Al sur de la isla acudían sobre todo a abastecerse de agua o leña o a reparar navíos. Aprovechaban que sus costas estaban despobladas, lo que no evitó que se produjeran graves enfrentamientos con las milicias, que eran las que defendían la isla. Santana reseñó un choque en 1627 entra una galeota de Salé que, tras capturar canarios en las salinas de Agüimes, atracó por la zona de Meloneras. Al caer la noche le cayeron milicianos al grito de Santiago. Mataron a 15 norteafricanos y capturaron a 5. En 1622 arribaron otros de Salé que pidieron un rescate por 26 prisioneros. Y en 1821 algunos corsarios norteamericanos arrojaron desnudos en las costas del sur al deán de la catedral de Perú y a un diputado.

Esa costa fue tan del agrado corsario que, sostiene Santana, es una de las hipótesis para explicar el nombre de Playa del Inglés. «No se llama así por los turistas. En teoría se relaciona con las incursiones de ingleses o de holandeses». Visto lo visto, el corsarismo sigue de alguna manera muy presente.