Carmen, de 85 años, con el álbum de fotos de su estancia en Caracas. / Javier Melián / Acfi Press

«Juré no volver más a Venezuela, pero lo hice y en el mismo barco»

Carmen Umpiérrez Fajardo es una de las pocas majoreras que vivió cinco años en Caracas a mediados del siglo XX, buscando trabajo y huyendo de las miserias. Volvía a dar a luz a sus hijos en La Oliva. Nunca se adaptó a estar fuera de Fuerteventura

Catalina García
CATALINA GARCÍA Puerto del Rosario

Carmen no lo tuvo fácil desde que nació: a las seis de la mañana del 24 de mayo de 1937 en Villaverde, con su padre ya movilizado para participar en la Guerra Civil. La postguerra tampoco le dio una infancia mejor, ni una juventud más esperanzadora. Finalmente, huyendo del abrazo de las hambrunas que traían las sequías, los primeros años de matrimonio y de maternidad los marcó la emigración a Venezuela, convirtiéndola en una de las pocas majoreras que cogieron camino, viviendo cinco años en Caracas, de donde regresaba para dar a luz. «Juré no volver más a Venezuela al nacer mi segunda hija, pero lo hice y en el mismo barco: el Begoña».

El padre vio por primera vez a su hija Carmen Umpiérrez Fajardo cuando tenía seis meses y su madre la pudo llevar a Las Palmas de Gran Canaria. Al poco, el progenitor partió para entrar de lleno en la Guerra Civil, llegando a estar en la Batalla del Ebro, «donde peor lo pasó».

Durante los dos años que permaneció en el frente, la madre de Carmen se mudó a casa de su padre en Villaverde, que estaba solo porque -el hambre seguía apretando a Fuerteventura- sus tías y abuela se habían ido a Gran Canaria a trabajar en los tomateros. Los abuelos maternos de Carmen tuvieron once hijas y ella fue la segunda de otros once vástagos, dos de los cuales murieron pequeños.

«La posguerra era de hambre y miserias»

A los dos años, el padre regresó del frente. Carmen -hoy 85 años lúcidos- mira a los ojos al recordar y entonces exclama «ay, la posguerra era de hambre y de miserias». La hambruna se mitigó un poco porque, en 1940, al progenitor lo nombraron panadero de intendencia y se encargaba de elaborar y llevar el pan a los soldados distribuidos por las costas majoreras. Para entonces, la familia se había trasladado a La Oliva.

«Pan teníamos, pero nada más. No habían coches, sólo un camión viejo que, cuando traía millo, eran tan poco que los vecinos no podían ni molerlo en el molino. Mi madre tostaba el par de kilos que nos tocaba y, en el mismo cilindro, los coloca en la mesa y nos decía mis hijos cómanse esas floritas y después se beben un vasito de agua a ver si de aquí a la noche aparece algo más. Y así casi todos los días porque, aunque uno tuviera con qué, no había nada de comida y cuando venían los años ruines, si no llovía, no había sementera, ni de nada, pues a pasar hambre».

A un tío suyo que venía de Lanzarote, su madre le compraba un kilo de porretas y repartía dos o tres a cada hijo, «éramos tantos que tenía que contarlas y compartirlas. Secas, feas y ruines, las movían y sonaban como sonajeras. No las comíamos igual con un vasito de agua encima y a ver si aparecía algo más tarde».

Si no había comida, mucho menos telas o zapatos. Carmen se acuerda de tener un solo traje, hecho por su madre, de muselina, roto por todas partes. « Para lavarlo, me lo quitaba y yo me acostaba en la cama hasta que se secaba».

Fotos de la vida durante la travesía en el 'Begoña'. / Javier Melián / Acfi press

Cuando fue creciendo, «de mujercita» como ella prefiere decir, irrumpió la artesanía del calado y la vida viró a un poco mejor. Recuerda con risas que tuvo unos zapatos reservados en la tienda por lo menos un mes para ver si terminaba el calado. «Total, que llegó la fiesta y no me los pude poner porque no había terminado el calado».

Ya había llegado la época de los bailes y las salidas, pero también «el machismo». El padre no la debaja salir sin su abuela. « Desde que supo que tenía novio, que se lo escondí todo lo que pude, era mi madre la que acompañaba. Ella, con tanto chico, no podía ir».

Esperando escondidos en un risco al barco para Venezuela

Entonces, con los quince años de Carmen sonó por primera vez Venezuela como oportunidad. Su padre viajó hasta La Palma para coger un barco que les llevaría hasta allí. «Fue como ahora los inmigrantes. Estaban esperando escondidos en un risco al barquito que les llevaba al más grande. Primero dio un viaje cargado de gente y, cuando iba a dar el segundo a por ellos, estaba la Guardia Civil acechando y el barco se largó y lo dejó en La Palma».

Con el novio que escondía, Antonio Darias, se casó en 1955 con 18 años. El matrimonio no duró mucho unido porque, a la llamada del trabajo en Venezuela, el marido se fue cuando Coqui, la primera hija, apenas tenía once meses. Casi dos años más tarde, reclamó a Carmen y a la niña, y finalmente ella reclamó a su padre, que se fue también para Venezuela.

Sus cinco años en Caracas, esta mujer los resume en « aquí no había trabajo y hubo que salir. Había que ganar dinero para mantener a los que estaban aquí, lo mismo que ahora los inmigrantes que llegan a Canarias». Primero estuvo dos años, luego volvió a La Oliva a dar a luz a segunda hija, Marisa, y regresó de nuevo tres años más, hasta que se quedó embarazada de su hijo Toño y de nuevo se subió al barco con las dos niñas para el parto en Fuerteventura y cumplir su sueño de no volver más.

Con las cartas, fotos y postales de su vida en Venezuela. / javier melián / acfi press

«Nooo, no me gustaba Venezuela». Hasta la abundancia que encontré en Caracas le parecía casi un insulto al hambre que dejó en su Fuerteventura. «Llegué a Caracas y vi esos supermercados llenos de comida, puestos de frutas y de carne por todos lados. Yo, en pensar que mi familia estaba aquí sin tener qué comer, me daban hasta ganas de llorar».

En la Fuerteventura rural de entonces, la miseria era el pan de cada día, pero se vivía sin conflictos. «En La Oliva dormíamos con la puerta abierta y sin miedo. En Caracas, no faltaban ladrones, revueltas, tiros, y una no estaba para eso».

El segundo embarazo marcó el regreso a casa y se subió al buque 'Begoña' con su primogénita. Salieron del puerto de La Guayra con normalidad hasta que se le cayó la hélice al buque, que estuvo dos días a la deriva. Un remolcador los llevó hasta la isla de Curazao donde permanecieron quince días sin noticias de cuando partían. «Entonces, se pusieron en huelga a bordo para que nos sacaran de allí, rompieron las bombillas del barco y, cuando peor estábamos, pasó un barco por Curazao que venía de Cuba cargado de curas y monjas que venían huyendo de la revolución de Fidel».

Cuando se volvió de Venezuela de forma definitiva, todavía su marido Antonio tardó tres años en regresar. / javier melián / acfi press

Como pudieron, ella embarazada de seis meses y Coqui pequeña, se cambiaron de barco y tardaron un mes completo para llegar a Fuerteventura. Entonces, se dijo aquello de que no volvería a Venezuela. «Yo no tenía ganas de regresar, pero sí de estar con mi marido. Y, si regresaba él, era para pasar las mismas miserias que estábamos pasando».

Se fue de nuevo y en el mismo barco para permanecer tres años más durante los que vivió «otro susto enorme más: el terremoto. Hasta mi hija pequeña, Marisa, enfermó del susto y la envié con mi cuñado para Fuerteventura. Tuvimos que dormir una semana en la camioneta con la que trabajaba el marido». Antes, había vivido el golpe de estado contra Rómulo Betancourt en 1948, «que fue otro susto, oía los silbos de las balas, solita en casa con mi hija mayor porque fue la primera vez que viajé a Venezuela. La gente asaltaba los supermercados y les pegaban tiros, pero ellos no soltaban la comida«.

Aunque empezó a trabajar desde casa cosiendo para una fábrica de ropa y luego en una de pelucas, seguía sin adaptarse y, encima había mandado a la primógenita para Fuerteventura, quedándose sola con el marido. En medio de esa soledad, recuerda a las amigas emigrantes, sobre todo a una mujer de Gran Canaria que arribó a Venezuela «¡en barco de vela y tras tres meses de travesía durante los que sufrió un aborto!«.

El tercer embarazo fue el del varón y volvió a La Oliva para tener a Toño. «Y ya sí me dije que no volvía a Venezuela y me quedé en Fuerteventura». Su marido la siguió tres años más tarde. Para entonces, había comida y trabajo en El Aaiún, en los tomateros en Gran Tarajal y en la conservera de Lanzarote: «la vida aquí había cambiando».