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Los alfareros Silverio López, a la izquierda, y José Ángel Hernández, con tofios y otras cerámicas de los fondos del Museo Arqueológico de Fuerteventura (MAF), en Betancuria. Javier Melián / Acfi Press

La importancia de un tabajoste (o tofio)

Alfarería ·

El alfarero Silverio López, junto a José Ángel Hernández, explicó los fondos de cerámica indígena y popular del Museo Arqueológico de Fuerteventura. El tofio o tabajoste es una de las piezas más características de la alfarería

Catalina García

Betancuria

Domingo, 28 de abril 2024

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Cuando al alfarero Silverio López se le pide destacar una pieza de entre la cerámica indígena y popular, no duda en elegir el tofio o tabajoste. Junto al también alfarero José Ángel Hernández, explicó los fondos del Museo Arqueológico de Fuerteventura, en Betancuria, dentro del ciclo cultural Erbania que busca dar a conocer las piezas no expuestas

El tofio o tabajoste es una pieza «muy representativa» de la alfarería de Fuerteventura, que desde épocas de la cultura de los mahos se usaba para recipiente de ordeño. «La función sigue siendo la misma, lo que ha cambiado es la tipología y los acabados», indican López y Hernández. El proceso de elaboración es el mismo también.

Rayco León, consejero de Patrimonio Histórico, y los alfareros Silverio López y José Angel Hernández, en el Museo Arqueológico. Javier Melián / Acfi Press

En la cultura indígena, el tofio o tabajoste estaba muy decorado, tenía una serie de incisiones y acanaladuras. «Es una pieza importante en cuanto a su forma, que es una de las características de la cerámica indígena, que rompe los esquemas en cuanto a las formas». Normalmente, la alfarería indígena de otras islas es circular, aunque según se han ido encontrando cada más piezas, rompen esta tendencia inicial y tienen un desarrollo «oval o no uniforme, como es el caso del tofio o tabajoste, incluso con decoraciones en el interior», destaca Silverio López.

Centro locero del Valle de Santa Inés

El autor de 'Manual de alfarería canaria', que va por su segunda edición, explica que, en cada isla, había uno o dos centros loceros. En Gran Canaria, estaban los de Hoya de Pinedo, Lugarejo, Santa Lucía y la Atalaya de Santa Brígida, «que es tal vez el más importante». En Fuerteventura, el que se conoce es el del Valle de Santa Inés, en el municipio de Betancuria, «de donde salieron muchas mujeres que después continuaron en otras islas como es el caso de la Atalaya de Santa Brígida, donde hay referencias de majoreras y majoreros que trabajaron allí la loza; y también en Candelaria, en Tenerife, donde Juan Bethencourt Afonso habla de majoreras que estaban allí».

Tofio o tabajoste reconstruido en el Museo Arqueológico, en Betancuria.
Tofio o tabajoste reconstruido en el Museo Arqueológico, en Betancuria. Javier Melián / Acfi Press

Muchas de las últimas loceras de Tenerife, «como es el caso de Adela, de la Victoria de Acentejo, tenía familias majoreras que incluso pasaban por otros centros loceros de Tenerife como fueron San Andrés de las Hoyas y Candelaria», asegura López.

Calidad del barro, cocción a fuego directo

Las peculiaridades de la cerámica de cada isla estaban en función de la calidad del barro: a mayor calidad, las piezas tenían otro desarrollo, aunque la técnica viene siendo la misma con variantes. «Por ejemplo, el barro de la Atalaya de Santa Brígida era un barro más plástico, con lo que se podían hacer determinadas técnicas de acabado que no tenían en Candelaria, que era otro tipo, con lo que la técnica también era distinta».

Silverio López, con varias piezas de los fondos del MAF, entre ellas dos tofios o tabajostes. Javier Melián / Acfi Press

Uno de los elementos diferenciadores de la cerámica indígena y popular era la cocción, apunta Silverio López. «Aunque era a fuego directo, como en todas las islas, es decir que no existía horno, salvo en Candelaria que usaba un horno que separaba el fuego del material combustible. En Fuerteventura, las características eran fuego directo y a cielo abierto, sin horno alguno, ni estructura que cubriera las piezas». Esta técnica también se usaba en Lanzarote y se conocía así mismo en La Palma.

«La tradición alfarera murió con las últimas loceras»

La alfarería tradicional canaria «no existe como tradición porque la tradición murió con las últimas loceras», sostiene este alfarero. Por eso, la cerámica actual es «una continuidad, una evolución de la técnica empleada durante cientos de años». Muchas veces se ha ido simplificando esta técnica y se reduce prácticamente al método del 'churro', «cuando realmente era una técnica muy rica que denotaba un conocimiento del territorio y su entorno».

Silverio López explica a los participantes del ciclo Erbania, en el Museo Arqueológico de Fuerteventura. Javier Melián / Acfi Press

La loza se traspasaba de madres a hijas y, desde muy pequeñas, ya tenían el conocimiento, participando en los distintos procesos e integrándose después en la producción de las piezas, que siempre tenían un uso culinario y doméstico como ordeño de los animales o traer el agua. «Este uso no está permitido hoy en día por las instituciones porque los barros canarios, al ser muy porosos, recomiendan no usarla porque pueden desarrollar elementos patógenos con el uso continuado, por tanto las piezas deben estar esmaltadas, con lo que perderían todas sus características y su belleza de no tener esmaltes sino estar hechos con productos de la zona».

La segunda edición del 'Manual de alfarería canaria' de Silverio López la publica la asociación Pueblo Majo de Lanzarote y el Gobierno de Canarias. José Ángel Hernández y Toño Armas amplían el libro con su investigación sobre la loza de El Mojón, en Lanzarote.

Presentación de la segunda edición del Manual de alfarería canaria. Javier Melián / Acfi Press

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