La Tierra vista desde el espacio. / Zero2infinity

El coste del turismo espacial, más allá de su precio

CO2, hollín de carbono, óxido de nitrógeno y cloro es la huella que dejan los viajes de Jeff Bezos y Richard Branson

José A. González
JOSÉ A. GONZÁLEZ Madrid

«Es un día precioso para viajar al espacio». Estas son las palabras que pronunció Richard Branson, empresario y pionero del turismo más allá de la atmósfera terrestre. El pasado mes de julio, el multimillonario inglés se subió a su nave de Virgin Galactic para ver de cerca las estrellas. Nueve días después fue el turno de Jeff Bezos, fundador Blue Origin. «Es sorprendente la fragilidad de la Tierra», revelaba el que fuera CEO de Amazon tras regresar a la superficie terrestre.

En época de restricciones de viajes por las medidas sanitarias por culpa de la aparición del SARS-CoV-2, el turismo espacial se calienta y despega. Los planes de Virgin Galactic pasan por ofertar 400 vuelos, Blue Origin aún no ha hecho público su hoja de ruta ni tampoco Space X de Elon Musk.

Solo con la planificación del equipo de Richard Branson, los vuelos espaciales se multiplicarán por cinco con respecto a los lanzamientos de los últimos años. Para alcanzar la cifra de Virgin habría que sumar todos los viajes del periodo 2017-2020, según datos de Space Launch Report. Un cambio de rumbo y de política medioambiental del sector aeroespacial.

Conquista espacial ecológica

En la cruzada ecológica para frenar la contaminación ambiental y proteger el planeta, el mundo de la aviación juega un papel fundamental. Las autoridades nacionales y supranacionales, cada vez más, apuestan por medios alternativos, como el ferrocarril, antes que el avión en trayectos cortos para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera.

Sin embargo, al otro lado del Atlántico en Cabo Cañaveral (Estados Unidos) o el Kennedy Space Center de Florida (Estados Unidos) tienen más trabajo. A esta fiebre por el turismo espacial hay que sumar la conquista del espacio con constelaciones de satélites y viajes a la Estación Espacial Internacional.

Si el impacto de un vuelo comercial está en el foco, los suborbitales lo están aún más. «Las emisiones de dióxido de carbono para cuatro turistas en un vuelo espacial será de entre 50 y 100 veces más que las 1 o 3 toneladas por pasajero en un vuelo de avión de largo recorrido», denuncia Elois Marais, profesora de Geografía Física en la universidad UCL de Londres, en un artículo publicado en The Conversation.

Los cohetes espaciales producen diferentes emisiones, pero las más habituales son, especialmente, perjudiciales con la atmósfera. CO2, hollín de carbono, óxido de nitrógeno, cloro y otros componentes sulfúricos es la lista de ingredientes de esta receta mágica.

El lanzamiento de cohetes genera emisiones por lo que puede suponer una amenaza para el entorno si los vuelos espaciales turísticos se convierten en algo cotidiano. No obstante, Blue Origin recuerda su «apuesta por la reutilización y los combustibles limpios a la hora de diseñar nuestros vehículos de lanzamiento y motores».

Su solución para llevar al espacio a los turistas es una mezcla de hidrógeno y oxígeno líquido, «el único subproducto de la combustión del motor de New Shepard es el vapor de agua, sin emisiones de carbono», puntualiza Brett Griffin, responsable de comunicación de la compañía fundada por Jeff Bezos.

Menos respetuosa es la solución de Virgin Galactic que emplea un combustible basado en carbono, polibutadieno terminado en hidroxilo y óxido nitroso. Space X emplea queroseno y oxígeno líquido.

Solución española

Como alternativa a las soluciones estadounidenses, Villacarrillo en Jaén quiere situarse como el gran centro de lanzamientos en el Viejo Continente. «Tiene que ser desde un punto donde haya poco viento», explica José Mariano López-Urdiales, CEO y fundador de Zero 2 Infinity. «Ese es el lugar perfecto», apostilla.

El sueño de López-Urdiales viaja en globo directo a las estrellas, «estamos en búsqueda de la financiación, pero esperamos estar en marcha en doce meses», revela el fundador. De momento, sus primeras pruebas se han realizado sin tripulación.

Por poco más de 100.000 euros, los viajeros de Zero 2 Infinity podrán ver la curvatura de la Tierra y «el cielo como lo ven los astronautas», comenta López-Urdiales. «Nuestro viaje a diferencia del resto dura ocho horas y dos de ellas estás viendo la Tierra desde arriba», añade.

La solución española se distancia de los competidores estadounidenses. Zero 2 Infinity huye de las soluciones espaciales convencionales y se apoya en los globos aerostáticos impulsados por helio. «Es un viaje sostenible, no tiene impacto ambiental», detalla

Su trayecto, no obstante, queda lejos de los 107 kilómetros de altura registrados por Blue Origin y de los 85 km. de Richard Branson con su Virgin Galactic. «El cliente ver el cielo negro que ven los astronautas y eso pasa a 30 kilómetros, por eso nosotros lo hacemos a 36», responde López-Urdiales.

Investigar la contaminación

Durante el lanzamiento, los cohetes pueden emitir entre cuatro y diez veces más óxidos de nitrógeno que la planta de energía térmica más grande del Reino Unido, durante el mismo período.

Dos tercios del combustible emitido se libera en la estratosfera. Allí, los óxidos de nitrógeno y los elementos químicos formados por la ruptura del vapor de agua convierten el ozono en oxígeno, reduciendo la capa que protege la vida frente a la radiación ultravioleta del Sol.

«Cada vuelo que hacemos permite medir la composición de la atmósfera y ver cómo está y qué cuidados necesita», explica López-Urdiales. «Sabemos que el paciente está malo, pero no conocemos su gravedad», añade.

Esta información se enmarca en el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) número 15.